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Lot en Sodoma

Abraham –dice el capítulo 13 del libro del Génesis– era muy rico en oro y plata. También Lot, que acompañaba a Abraham, poseía ovejas, vacas y tiendas. La tierra no era suficiente para los dos y ya no podían vivir juntos, porque sus rebaños habían aumentado mucho. Hubo pleitos entre los pastores de Abraham y los de Lot”.

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Abraham y Lot, por lo que podemos saber, eran parientes y se estimaban mucho. No se deseaban el mal, pero, así y todo, hubo un día en que explotó la discordia, y es que los ganados de uno y otro se mezclaban en los campos y los pastores de cada cual andaban a la greña. Abraham se mostró por esto muy preocupado, y un día, armándose de valor, fue a la tienda de su pariente y le dijo:


“-Que no haya pleitos entre tú y yo, ni tampoco entre nuestros pastores, pues tú y yo somos hermanos. Tienes todo el país por delante; sepárate de mí. Si te vas por la izquierda, yo me iré por la derecha, y si tú tomas la derecha, yo tomaré la izquierda”.

En otras palabras, Abraham defiende la idea de trazar un límite. “No es bueno –parece decir a su sobrino- que vivamos como lo hemos hecho hasta ahora. En un principio creímos que, puesto que nos estimábamos y queríamos, no tendría que haber ninguna diferencia entre lo tuyo y lo mío. Ya vemos que las cosas no eran tan sencillas como parecían. ¿Te sienta bien la idea de que tracemos una línea divisoria aunque sólo sea imaginaria? Conviene que vivamos separados, pues si seguimos juntos acabaremos por hacernos daño y, tal vez, Dios no lo quiera, hasta odiándonos. Así pues, si tú tiras hacia allá con tus hombres y tus ganados, yo tiraré hacia acá. Como tú quieras. Te doy el derecho a elegir el territorio que prefieras”.

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¡Razonamiento de hombre práctico que sabe de la vida! Sí, es necesario que existan los límites. Yo te quiero, pero no por eso tengo derecho a invadir tu espacio privado, tus territorios íntimos. Tú me quieres, pero eso no te da derecho a abrir mis cartas y mucho menos a leerlas. Muchos pleitos entre hermanos tienen su origen en esta malhadada costumbre de no respetar los límites y, así, mientras uno se pone la ropa del otro, éste empieza a abrigar por aquél sentimientos de ira nada confesables. “Que no haya pleitos entre tú y yo; sepárate de mí”.

Pero prosigamos con el relato bíblico. A Lot, para decirlo ya, las palabras de Abraham no le desagradaron y, puesto que le dejaban escoger, la idea acabó encantándole. ¿De veras podía elegir la tierra que él quisiese? “Lot, entonces, levantó los ojos y vio que todo el valle del Jordán, hasta llegar a Soar, era de regadío (esto sucedía antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra): era como el paraíso o la región fértil de Egipto. Y Lot escogió todo el valle del Jordán y se trasladó al Oriente, y así se separaron el uno del otro… Abraham se estableció en Canaán, y Lot en las ciudades del valle, donde plató sus tiendas”.

El lector de la Biblia, cuando llega a esta altura de la narración, no puede sino exclamar, presa de la más honda indignación: “¡Qué aprovechado fue Lot! ¡Mira que quedarse con las mejores tierras!”. Y, sin embargo, lo que más llama la atención, lo interesante del asunto es que Abraham ni siquiera se queja. No dice absolutamente nada, ni trata de vengase; tampoco se arrepiente de haber dicho lo que dijo: parece aceptar el trato injusto de mil amores.

Ah, pero Dios sabe dar su merecido a los aprovechados, pues lo que Lot no sabía era que “los habitantes de Sodoma y Gomorra eran malvados y pecaban gravemente contra el Señor”, de manera que al final todos ellos fueron destruidos, junto con sus ciudades y todo lo que poseían. A Lot le gustó la casa, por decirlo así, pero no tomó en cuenta la calidad moral de los vecinos, cosa ésta que también se debe considerar a la hora de elegir morada. En fin, las ciudades fueron sepultadas en un mar de lava ardiente y nada quedó de ellas, más que el recuerdo. ¿Y las tierras de Lot, entonces? Las perdió, como se pierde siempre al final las cosas que se adquieren mediante la chapuza.

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En una hermosa meditación sobre este pasaje del Génesis, Ronald A. Knox (1888-1957), el clérigo que pronunció en 1936 el discurso fúnebre de su amigo Gilbert K. Chesterton en la Catedral de Westminister- escribió lo siguiente: “Los caminos de Lot y de Abraham no podían ya ser los mismos. ¿Y qué hace entonces Abraham? Deja el derecho de escoger a su sobrino, más joven que él. Lot podrá hacerse con la parte del país que más le pluguiera y dejar lo que no quisiera para Abraham. Como era de esperar, Lot escoge con criterio mundano. ‘Alzando los ojos vio la hondonada del Jordán, enteramente regada, antes de que destruyera Dios a Sodoma y Gomorra, que eran como un jardín del Señor’. No cabía dudar; la elección estaba hecha. Escogió las fértiles llanuras que bordeaban el lago profundo, por el que corría el Jordán. Las estériles alturas y el desierto del Sur se los dejaba a Abraham. No pudo prever la noche de terror, en la que Dios haría llover fuego y azufre sobre los pueblos de la llanura; noche en que un cataclismo de la naturaleza enterraría todo el fruto de su trabajo”. Y termina diciendo: “Lot escogió y escogió mal; Abraham renunció al derecho a escoger y encontró la seguridad en esta renuncia”.

A veces sentimos que los demás se han aprovechado de nosotros, que no nos han dejado más que lo malo, lo que nadie en su sano juicio querría poseer. Bien, entonces debemos alegrarnos. El que escoge por sí mismo y para sí, casi siempre se equivoca; el que deja que Dios elija por él, ése no se equivoca jamás y, contra toda apariencia, acabará siempre ganando.

En el ámbito de lo mundano, el que gana, pierde; en el ámbito religioso, por el contrario, el que pierde siempre gana.

Nuevo libro del P. Juan Jesús Priego

Nuevo libro del P. Juan Jesús Priego

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.