Lo que esperan los fieles de sus sacerdotes

El propósito de mi sacerdocio, no es otro que apuntar hacia la meta que es llegar a la Casa del Padre en la vida eterna; pero no sólo indicar el camino sino recorrerlo junto con los laicos.
Foto: Diócesis de Ávila.

En estas semanas algunos sacerdotes en Ciudad Juárez, debido a los cambios hechos por el obispo, están llegando a tomar posesión de sus nuevas parroquias. Es emocionante tomar posesión de una parroquia.

Esta experiencia la he tenido en tres ocasiones, lo que siempre me ha puesto a temblar por el alto grado de responsabilidad que tiene. Nos podemos preguntar, ¿cuál es la misión del sacerdote en un mundo secularizado? ¿Qué esperan los fieles católicos de sus párrocos? Aprovechando que el 4 de agosto celebramos a san Juan María Vianney, modelo de santidad para los párrocos, es oportuno tratar de responder a las preguntas.

El sacerdocio diocesano ha pasado por momentos de crisis en su identidad. En los años posteriores al Concilio Vaticano II los sacerdotes empezaron a percibirse como agentes de cambio social. La Teología de la Liberación enfatizó que, en medio de una lucha de clases, el papel del sacerdote era facilitar la liberación de las estructuras sociales, que se consideraban opresoras. Esa visión ha quedado superada para regresar, en los últimos años, a un cierto clericalismo que enfatiza al sacerdocio como una élite que está por encima de los laicos, lo que también es una visión inadecuada del sacerdocio.

El sacerdote, sin duda, tiene un llamado de Dios muy particular para actuar “in persona Christi” al servicio del Pueblo santo de Dios para evangelizarlo, santificarlo y acompañarlo en su camino hacia el encuentro último con Dios. Es cierto que aquí en la tierra el sacerdote forma parte de una Jerarquía constituida por Jesucristo para gobernar la Iglesia, pero tal Jerarquía no existe con fines de poder autoritario, sino con la única finalidad de prestar un servicio santo para que los bautizados se santifiquen. Personalmente me conmueve la confianza que Dios me ha tenido para entregar a mi cuidado una pequeña porción de su Iglesia, y pienso muchas veces que no estoy a la altura de esa misión.

Un sacerdote no es automáticamente un santo por el hecho de tener el sacerdocio. Él mismo se ve envuelto en fragilidades y miserias que deberá de combatir en su lucha por la santidad. A los ojos de Dios lo más importante no es el servicio que alguien desempeña en la Iglesia, sino la lucha por la santidad con la que vive la persona que presta su servicio. De manera personal puedo ver, en medio de mis miserias, a muchas otras personas de mi parroquia que viven una vida de unión con Dios que, creo que es superior a la que yo tengo con el Señor. Esto no me desanima sino, al contrario, me alegra y motiva para empeñarme más en unirme a Jesús y a estar a la altura de la misión que me ha encomendado.

Hay una anécdota en la vida del Cura de Ars que me gusta porque sintetiza la misión del sacerdote. El reverendo, luego de ser asignado a la parroquia de Ars, viajó hacia allá por primera vez. En medio de una densa niebla perdió el camino hasta que encontró a unos niños pastores a quienes les preguntó cuál era el camino a Ars. Uno de ellos le señaló la ruta correcta, a lo que el padre le contestó: “Amiguito, tú me has enseñado el camino a Ars; yo te enseñaré el camino al Cielo”. Si Jesús quiere para los hombres la felicidad, que es el Cielo, nosotros los sacerdotes estamos en medio de un pueblo para mostrar el camino que conduce hacia la meta, al paraíso, a la vida eterna y a la felicidad.

Muchas veces cuando me siento perdido o confuso en medio de la complejidad de las ocupaciones de tengo como sacerdote, viene a mi mente la frase de nuestro santo patrono: “Yo te enseñaré el camino al Cielo”. La frase me ubica nuevamente en el propósito de mi sacerdocio, que no es otro que apuntar hacia la meta que es llegar a la Casa del Padre en la vida eterna; pero no sólo indicar el camino sino recorrerlo junto con los laicos.

¿Qué esperan los fieles de las parroquias de nosotros los sacerdotes?

Lo que dijeron unos griegos a Felipe Apóstol: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Dice el cardenal Sarah: “Pide que lo conduzcan a Jesús, que lo pongan en contacto con él. Los bautizados quieren conocer a Cristo personalmente. Quieren ver a Cristo en los sacerdotes. Quieren escuchar su palabra. Quieren ver a Dios. Si el sacerdote no lleva a Jesús en el corazón no puede dar nada. Si el sacerdote no reza, su ofrenda es una cáscara vacía, un acto social y mundano. Poco a poco los fieles se van alejando, porque el pozo en el que esperaban encontrar agua se ha secado”.

Lo peor que podría sucedernos a los sacerdotes es convertirnos en cisternas secas o rotas, incapaces de contener el agua viva de Dios para darla a los demás. Abandonar la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la caridad y el cultivo de la vida interior nos abriría la puerta a todos los pecados. Sería una tragedia que mostráramos el camino al Cielo a los laicos sin nosotros caminar con ellos por ese sendero, cuesta arriba, hacia la cumbre de la montaña. La ruta no es fácil. El camino a veces se vuelve escarpado y hay momentos en que podemos perderlo.

Oremos por los sacerdotes, para que imitando el ejemplo heroico de nuestro patrono, san Juan María Vianney, permanezcamos unidos a Jesús en una vida sacerdotal santa y a Él lo mostremos a aquellos que quieren verlo.

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