Opinión

Lebarones perseguidos

Como pan cotidiano, el horror y la impotencia se apoderan del corazón de los mexicanos. La masacre de tres mujeres y siete niños de la Colonia Le Barón, entre la frontera de Sonora y Chihuahua ocurrida el 4 de noviembre, ha provocado una ola de indignación en el país. ¿Por qué hemos caído tan bajo? Nos escandaliza el grado de perversión a la que llega el ser humano cuando, rota su relación con Dios, se entrega radicalmente al servicio del mal. Masacrar a sangre fría y calcinar tres vehículos en los que viajaban mujeres y niños ha sido monstruoso, y nos hace ver lo que se conoce como el “misterio de la iniquidad”, es decir, misterio del mal en su crudeza.

Como Iglesia no podemos dejar de manifestar nuestra cercanía y condolencias a la Comunidad Le Barón, localizada en el municipio de Galeana Chihuahua, cerca de nuestra Diócesis de Ciudad Juárez. Aunque ellos no pertenecen a la fe católica sino que son una rama de los mormones, la Colonia Le Barón se ha ganado el respeto de los chihuahuenses por ser gente de trabajo y muy emprendedora. Sin embargo desde el año 2009 ha sufrido fuertes acosos del crimen organizado, hasta llegar, esta semana, al más absurdo de todos. Hoy su dolor es también el nuestro, tanto por los crímenes de sus mujeres y niños el lunes pasado, así como por el clima de inseguridad y violencia en el que vivimos en México.

Nos sumamos al reclamo de millones mexicanos que viven en el miedo para pedir, de manera enérgica, a los gobiernos federal y de Chihuahua, acciones efectivas contra el crimen organizado. En este cementerio en que el país se ha convertido, hasta hoy no tenemos clara una estrategia contra la delincuencia. De hecho percibimos una gran falta de inteligencia y coordinación por parte de nuestras autoridades civiles y militares. Nos desconcierta, además, que el mismo presidente de la república afirme que no perseguirá al crimen como lo hicieron sus antecesores. ¿No habrá, entonces, justicia y continuará la impunidad? No lo tenemos claro.

La vida humana es el bien más precioso en la tierra y exige ser custodiado y defendido. La dignidad que tenemos los seres humanos es incomparable y por eso la masacre de las mujeres y niños lebarones nos ha dolido en el alma y nos ha causado una gran conmoción. Es comprensible que existan seres humanos que desprecian la vida y sean mercaderes de la muerte, pero es intolerable que las mismas autoridades sean indolentes ante el sufrimiento de su pueblo a causa de la violencia generalizada o, pero aún, contribuyan a la misma aprobando leyes contra la vida desde el vientre materno.

Que el Espíritu de Dios consuele y fortalezca a la Colonia Le Barón en medio de su dolor, y que inspire a nuestros gobernantes para tomar urgentes acciones que combatan al crimen organizado para que los mexicanos podamos, con tranquilidad, vivir en la paz que merecemos y así buscar los bienes eternos.

*El padre Eduardo Hayen es sacerdote de la Diócesis de Ciudad Juárez.

Los textos de nuestra sección de Opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

Este texto fue publicado originalmente en el Blog del padre Hayen.