Desde la familia

La violencia en las calles inició en casa

Moy era amigo de mis hijos desde la adolescencia. Durante muchos años convivió frecuentemente con toda mi familia. Compartimos con él momentos importantes de su vida, su matrimonio y el nacimiento de su hija.

Un día cualquiera, lo interceptaron, lo bajaron de su coche, y nunca más lo volvimos a ver. Su búsqueda fue infructuosa, la esperanza de encontrarlo se fue desmoronando a pedazos ante la falta de respuestas. Es imposible entender y describir el dolor de una familia que ha perdido en estas condiciones a un ser querido y que debe resignarse a vivir con la incertidumbre de lo que le sucedió hace más de seis años.

Hoy las desapariciones de personas son sólo una arista más de los males que hoy enfrentamos. Lentamente nos hemos convertido en una sociedad adormilada, indiferente y ciega ante la violencia y el dolor que ésta provoca a diario en nuestro país. Poco o nada nos conmueven las imágenes, cada vez más explícitas de asesinatos, asaltos, enfrentamientos, los rostros cansados de los migrantes o las fotografías de niños desaparecidos.

Con absoluta claridad lo ha dicho el padre Javier Ávila SJ, en la Misa de cuerpo presente de los sacerdotes asesinados en la Sierra Tarahumara: “Es muy fácil ser humano, pero es muy difícil hacerse humano”.

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La violencia inició en una casa

No es otra cosa que un llamado al compromiso por el Bien Común y a salir de nuestro egoísmo para enfrentar la realidad que todos vivimos, sufrir con los que sufren la violencia, exigir a las autoridades justicia y paz para todos los ciudadanos, construir desde la sociedad como verdaderos cristianos amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos; y reconstruyendo el tejido social desde la propia familia, porque “la violencia que se vive en las calles, inició en una casa”.

Quizá lejos de combatirla, muchos católicos respondemos con violencia a los violentos, alimentando la división y agrandando las distancias. Frases como “los trapos verdes”, o las “aborteras”, no van dirigidas sólo al combate de la ideología, sino a la persona que calificamos como enemiga, y no como un semejante. Pero aún más, fomentamos la división entre los católicos: “progres”, “zurdos”, “ultra”, “los de derecha”, e incluso, entre los que defienden al Papa Francisco o quienes lo critican y ofenden y se dicen católicos.

Es tiempo de reflexión, la violencia nos pisa los pies y nos exige ser constructores de paz si no queremos ser víctimas de la injusticia y la impunidad. Todos tenemos algo por hacer desde nuestro propio campo de acción: en la familia, como padres educadores en valores y virtudes; desde la escuela, formando honrados ciudadanos y buenos cristianos”; desde nuestro trabajo y profesión, practicando el Bien Común; desde nuestra comunidad, porque lo que le sucede a uno, le afecta a todos, y desde nuestra vocación personal o apostolado.

Ya no es suficiente compartir quejas y críticas, nuestra voz tiene que oírse fuerte y tiene que ir acompañada de compromiso y acción social, de respeto y decisión. Nuestra Iglesia, en la que recibimos la mejor doctrina de Amor, es más fuerte que cualquier ideología, y constantemente nos llama a través de la voz del Papa y de nuestra jerarquía, a la unidad, al perdón y a la reconciliación.

Las muertes del padre Gallo y del padre Morita no serán en vano si logran despertarnos y unirnos en el ideal del reinado de Cristo.

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*La autora fue presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia. Actualmente preside la Alianza Iberoamericana de la Familia.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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