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La muerte del delfín

“El pequeño Delfín está muerto, el pequeño Delfín va a morir”… Quien haya leído las Cartas desde mi molino, de Alphonse Daudet (1840-1897), seguramente señaló con algún tipo de marca, consternado, este relato a la vez tierno y terrible.

Sí, toda Francia guarda silencio porque el Delfín agoniza en una de las habitaciones de su palacio. “En el invernadero se encuentran reunidos numerosos médicos vistiendo la toga. Se les ve, a través de las vidrieras, agitar sus largas mangas negras e inclinar doctoralmente sus pelucas”. ¿Qué discuten, qué se dicen entre ellos? El Delfín no pasará de esta noche; el Delfín morirá esta tarde o, cuando mucho, mañana al amanecer. En esto están todos de acuerdo, por primera vez.

Su madre, la reina, llora. Sabe que tiene que ser fuerte, pero no puede, y “solloza en voz alta ante todos como haría una tendera”. Para la muerte las clases sociales no existen, como tampoco existen los niños: todos, para ella, desde que nacieron están listos para la partida, así tengan cinco años o cien.


El Delfín, desde el lecho, escucha los gemidos de la reina, se vuelve hacia ella con su rostro pálido y le dice:

“-No lloréis más, mi señora reina; olvidáis que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así”.

¡Ojalá tuvieras razón, pequeño! Pero los Delfines, por si no lo sabes, también mueren, como todos. ¿No lo sabes? Deberías saberlo.

“-¡Eh! –dice el Delfín-, no quiero que la muerte venga a buscarme; ya sabré yo cómo impedir que llegue hasta aquí. Que hagan venir al momento cuarenta lansquenetes vigorosos para mantener la guardia en torno a nuestra cama… Que cien cañones vigilen día y noche con la mecha encendida bajo nuestros balcones. ¡Y ay de la muerte si se atreve a acercarse a nos!”.

Querido mío, ¿qué idea tienes de la muerte? ¿Crees que es una ladrona que intentará llegar a ti subiendo escaleras, cruzando puentes, sorteando fosos, abriendo ventanas? Tus lansquenetes, por vigorosos que sean, no podrán nada contra ella; el rugido de tus cañones ni siquiera la espantará.

“Para complacer al niño, la reina hace una señal. Al momento se oyen los cañones rodando por el patio; y cuarenta recios lansquenetes, empuñando sus partesanas, acuden a situarse alrededor de la habitación. Son viejos soldados con bigotes grises. El pequeño Delfín palmotea al verlos”. Ahora sí se siente seguro.

Cree que ahora la muerte no podrá hacer nada contra él. Llama a uno, al más fuerte, y le dice: “Déjame ver tu sable… Si la muerte quiere llevarme, habrá que matarla, ¿no es cierto?”. El soldado llora, pero, secándose las lágrimas, mueve la cabeza hacia arriba y hacia abajo y le dice: “Sí, monseñor”.

Justo en ese momento se acerca el capellán del palacio, que se sienta a su lado en la cama y le muestra el crucifijo. Le habla de la muerte, de la otra vida, acaso también del cielo, pero el Delfín no comprende. ¿Por qué ha de morir, si ahora la habitación está segura y bien guardada? Y, además, ¿por qué ha de morirse él y no otro? Hay en su reino muchos niños, miles de niños que podrían morirse en lugar suyo ¿Por qué no se lo piden a alguno de ellos? ¡Tantos hay que estarían dispuestos a dar la vida por su amado Delfín! ¿Por qué no se lo preguntan? ¿Por qué no van a buscarlos? ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido esta buena idea?

“-Entiendo lo que me dice –dice por último el moribundo- Pero, ¿no podría morir mi amigo Beppo en mi lugar dándole mucho dinero?

El sacerdote sonríe dulce, tristemente. No, no, eso no es posible. Nadie puede morir en lugar nuestro. Cada quien debe vivir su propia vida y morir su propia muerte. Querido mío, esto que dices es, en efecto, una buena idea, pero irrealizable. Beppo morirá también, sí, pero no ahora, y sin que haya que darle una sola moneda. No habrá que pagarle por morir, pero morirá igualmente. ¿Cuándo? Sólo Dios lo sabe. Y si quisieras que él muriera también, ciertamente morirá, pero tú con él. Su muerte no ahuyentará la tuya.

El Delfín está desconcertado. ¿Así que no hay remedio y tiene que morir de todos modos? Se vuelve nuevamente hacia su madre y le dice:

“-Que me traigan mis mejores vestidos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo. Quiero estar guapo para los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín”.

El sacerdote vuelve a hablarle y le dice algo que ya nos podemos imaginar. El Delfín lo escucha, malhumorado, y le grita a la cara:

“-¡Entonces ser Delfín no cuenta para nada!”.

“Y, sin querer oír más, el pequeño Delfín, vuelto hacia la pared, llora amargamente”.

Y yo lloro con él, porque ser Delfín, porque ser médico, porque ser sacerdote, porque ser rey no cuenta para nada. ¡Todos somos iguales para la muerte! A ella no le importan nuestros uniformes, ni la hacen retroceder nuestras insignias.

Dijo San Agustín: “A veces el canceroso no muere de cáncer, ni el leproso de lepra. Lo que sí es cierto es que todos morimos de haber nacido… Al nacer,  nacemos con un virus: el virus de la muerte. Esta enfermedad es mortal de necesidad” (Sermón 77, 14).

Y también: “No trates de engañarte a ti mismo. Te guste o no te guste, no eres más que un invitado, un transeúnte, un peregrino en este mundo. Puedes, pues, endulzar tu marcha, pero, por más que te empeñes, no podrás nunca convertirte en residente” (Comentarios a los salmos 120, 14).

Y todavía: “Como un torrente congrega las aguas de lluvia, y corre, y ruge, y se desborda, y al correr se precipita en el mar, así ocurre con la vida humana. Este estadio intermedio que llamamos vida, recoge las gotas del tiempo, ruge también, y se va” (Comentarios a los salmos 109, 20).

Delfín, Delfín querido: ante la muerte, los que más nos aman nada pueden: acaso únicamente tomarnos de una mano mientras con la otra, en silencio, siempre en silencio, nos dicen adiós…

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

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