Opinión

La CEM y el pacto educativo

Mary es maestra de sexto de primaria en uno de esos pueblos llenos de historia de Los Altos de Jalisco.

Aunque tiene ya un doctorado y es también maestra universitaria, durante casi 15 años se ha desempeñado como docente en diferentes primarias públicas de su municipio, con una vocación firme que se extiende más allá del salón de clases y los horarios escolares, visitando en su casa a los alumnos que no asistieron a la escuela, aconsejando a los papás y exigiendo a las autoridades condiciones e instalaciones dignas para los niños.

La escuela en la que trabaja Mary está situada en una zona marginada, carece de servicios sanitarios, de agua potable y de bebederos.

La situación no es fácil en un poblado marcado por las diferencias sociales: ahí hay riqueza, pero también hay muchas, muchas familias que viven sumidas en la pobreza; hogares en los que la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, las drogas, son lo cotidiano, y el abuso a menores es más frecuente de lo que podemos ver.

Algunos de sus alumnos viven en las periferias y otros en los ranchos cercanos, pero tienen que caminar más de media hora para asistir a clases. Muchos no tienen en casa internet, ni computadoras ni celulares, ni siquiera televisión; sus papás son analfabetos y no muestran interés en los avances académicos de sus hijos.

En estas circunstancias, ya de desventaja, la pandemia llegó fuerte, como en toda la región, amenazando su porvenir y truncando quizá su única oportunidad de salir adelante y forjarse un mejor futuro por medio del estudio y la educación.

El contexto que viven los alumnos de Mary es seguramente muy parecido al de los niños de Guerrero, Michoacán, Oaxaca o Chiapas, estados más rezagados en el tema educativo de nuestro país que, por cierto, ha permanecido en los últimos lugares de la OCDE en calidad educativa. “México es el segundo país que tras la pandemia tendrá el mayor abandono escolar, entre los 6 y 17 años” (Animal Político, 17 de diciembre 2020).

Mientras otros países han buscado diversas maneras de resolver el tema educativo para aminorar el daño causado por la pandemia a las nuevas generaciones, México continúa paralizado, en una situación crítica, sin posibilidades de medir el daño ni implementar mejores opciones, pues el INEE (Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación) fue el primer órgano público autónomo que desapareció el actual gobierno, que pareciera querer dar soluciones simplonas como son las clases en TV, a problemas sumamente complejos.

En este escenario desolador para México, en el que se calcula que más de tres millones de niños y adolescentes han desertado de la escuela, Su Santidad Francisco hizo un llamado en octubre pasado a un Pacto Global Educativo ya adaptado a la realidad mundial que estamos viviendo como consecuencia del Covid.

“Es hora de mirar hacia adelante con valentía y esperanza. Que nos sostenga, por tanto, la convicción de que en la educación se encuentra la semilla de la esperanza: una esperanza de paz y de justicia. Una esperanza de belleza, de bondad; una esperanza de armonía social”.

Su llamado es para todos: padres de familia, maestros, religiosos, sociedad civil, aportando lo que a cada uno le corresponde y poniendo siempre en el centro a la persona, se requiere, dice, un nuevo modelo cultural.

“Creemos que la educación es una de las formas más efectivas de humanizar el mundo y la historia. La educación es ante todo una cuestión de amor y responsabilidad que se transmite en el tiempo de generación en generación”.

En consecuencia y respondiendo a la voz del Papa, la Conferencia del Episcopado Mexicano nos anima a unir esfuerzos y plantear alternativas mediante un mensaje a la comunidad educativa del país:

Cómo podemos responder al llamado de nuestra Iglesia?, ¿cómo construir esperanza en un México herido y fracturado? ¿Qué puedo hacer yo? ¿qué puedes hacer tú?

Mary sabe que la mayoría de sus alumnos no tienen los medios para conectarse a las clases en línea o de televisión, y a veces ni siquiera el apoyo de sus padres, así que después de cumplir con las reuniones y capacitaciones de la Secretaría, visita a sus alumnos en sus casas y les lleva fotocopias, que ella paga, con ejercicios y lecturas que les permitan avanzar un poco en el programa, pero sobre todo, mantener el vínculo con la escuela y evitar su deserción.

Lo que sin duda logra, es hacer sentir a cada niño o niña que visita que es importante como persona, que a la maestra le interesa su futuro y que debe luchar por él; a los papás los alienta para apoyar a sus hijos, y ella logra hacer de su profesión una vocación de servicio que puede transformar vidas.

Pareciera un esfuerzo aislado e inútil, pero ¿si todos los maestros católicos se esforzaran por dar más allá de lo que les marca la obligación laboral?, una visita, una llamada, un consejo.

La esperanza, dice Francisco, es una semilla, y debe sembrarse en los principales actores de la educación: padres de familia, maestros, alumnos. Nadie que pueda sembrar en este enorme campo puede quedar excluido; toda iniciativa de las pastorales, grupos apostólicos, padres de familia organizados y de organizaciones civiles es necesaria para la construcción de una nueva cultura humanista y de un mejor mañana para nuestros niños y jóvenes.

“Recordemos, hermanos y hermanas, que las grandes transformaciones no se construyen en el escritorio. Hay una “arquitectura” de la paz en la que intervienen las diversas instituciones y personas de una sociedad, cada una según su propia competencia, pero sin excluir a nadie. Así tenemos que seguir: todos juntos, cada uno como es, pero siempre mirando juntos hacia adelante, hacia esta construcción de una civilización de la armonía, de la unidad, donde no haya lugar para esta virulenta pandemia de la cultura del descarte” (Papa Francisco, Pacto educativo global).

 

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

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