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El sueño, la noche

¿Le he dicho ya, señor, que me gusta la noche? Pareciera que, cuando oscurece, el mundo se va a dormir. Los pájaros se recogen en las copas de los árboles y las otras aves se acurrucan en sus nidos, dándose calor unas a otras.

Ya sé que la noche es como una maldición para los insomnes, pero para mí es una breve eternidad, si me puedo expresar así. Gracias a la bendición del sueño, la noche todo lo cura.

En una ocasión estaba yo atormentado por algo que había dicho sin querer en presencia de un político poderoso, y la idea de las represalias que iba a tomar contra mí francamente me atormentaba. ¡Ya se sabe de lo que son capaces estos señores! Mis amigos me decían:

-Sí, sí, tú dijiste eso. A nosotros nos consta. Fuiste con él muy desconsiderado.

Y yo me defendía al tiempo que sudaba:

-¡Pues no lo dije por él! Ni siquiera en el mundo hacía yo al político ése; ¿cómo, pues, pudo haber pensado que lo que dije lo dije por él?

Yo deseaba que mis amigos me consolaran diciéndome que no me preocupara, que todo tenía solución: en fin, lo que suelen decirse los amigos en casos como en el que me encontraba. Pero lo que no pudieron –o no quisieron- hacer mis amigos, lo hizo la noche, la reparadora noche. ¡Al día siguiente ni siquiera me acordaba de aquel político insensato!

¡Qué milagro es la noche, amigo mío! ¡Qué bendición! Representa para los mortales como un nuevo comienzo de todas las cosas. Morimos todas las noches y resucitamos todas las mañanas.
En otra ocasión pude descubrir en el dedo índice de mi mano derecha un ligero temblor. “¡Dios mío! –pensé-. ¡Lo que me faltaba! ¿Qué me está sucediendo?”. No tenía ningún control sobre ese temblor y yo estaba asustadísimo. Incluso repetía para mí mismo el apellido fatal, y no una, sino varias veces: Parkinson. Fui corriendo con un médico amigo y le dije:

-Mira cómo me tiembla el dedo. ¿Será lo que estoy pensado? ¿Será lo que me imagino, al menos en sus primeras manifestaciones?

Mi amigo me revisó el dedo y esbozó una sonrisa; por último, dijo:

-Vas a tomarte estas vitaminas hasta acabarte el frasco a razón de una tableta cada día. Ah, y vas a dormir bien. ¿A qué hora acostumbras acostarte?

-Hacia la una y media –respondí como quien confiesa una grave culpa.

-¿Siempre?

-Siempre, sí. O casi.

-Bueno, pues a partir de ahora te acostarás a las once. Como mucho, a las once y media.
Así lo hice. ¿Y qué cree usted, amigo mío? Que a los dos días el dedo ya no me temblaba. ¿Ve qué maravillosa es la noche? Es un don de Dios: un milagro que, por ser cotidiano, no es justamente agradecido.

A los monjes les avergüenza dormir la noche entera, y San Basilio Magno (330-379), monje él mismo en su juventud y maestro de monjes, aconsejaba interrumpir el sueño para orar a gusto. He aquí, amigo mío, lo que escribió a este respecto:

“Cuando te sientes a la mesa, reza; cuando tomes el pan, agradece al Dador; cuando refuerces tu débil cuerpo con vino, piensa en Aquel que te concede estos dones para alegrarte y fortalecerte en tus debilidades; y a pesar del poco tiempo de que dispones para el alimento, recuerda siempre al Bienhechor, jamás te olvides de Él. Cuando te vistas, agradece a Aquel de quien recibiste el vestido. Si acabó el día, agradece al Señor que nos dio el sol para trabajar, y en la noche la luna para iluminar.

Cuando contemples el cielo y admires su hermosura, entonces ora al Señor por todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo. Por todo ser viviente que descansa en la noche, nuevamente reza a Aquel que interrumpe nuestra actividad con el sueño y, luego de un breve descanso, nos permite recuperar nuestras fuerzas. La noche, pues, no será toda para dormir. No permitas que la mitad de tu vida pase en sueño inútil, sino que distribuye la noche entre el sueño y la oración” (Tesoro espiritual, 3).

¿Qué quiere que le diga, amigo mío? Estoy de acuerdo en que no debe uno malgastar la mitad de la vida durmiendo: esto sería demasiado. Pero una tercera parte al menos, ¿por qué no? Y, por lo demás, ¡qué hermosos son los consejos de San Basilio! En ellos está todo lo que se necesita para formar almas contemplativas. Y, sin embargo, yo no podría no dormir. ¡Ya estuve yo en un hospital hace tiempo por no poder hacerlo como es debido!

El sueño, amigo, no es sólo la interrupción de la vida, sino en cierto sentido, como ya se lo he dicho, un nuevo comienzo. ¡Se viene a este mundo todas las mañanas! Así pues, tratándose del sueño, he decidido, a ejemplo de San Agustín (354-430), más agradecerlo que interrumpirlo. Como es sabido -¿o no lo sabía usted?-, San Agustín rezaba todas las mañanas esta bellísima plegaria compuesta por San Ambrosio (340-397), obispo de Milán:

Dios Creador de todas las cosas, Señor de los cielos
que vistes el día de espléndida luz y bendices la noche con el regalo del sueño
para que los miembros cansados se repongan para la tarea de cada día,
para que se alivie la mente y se disipen los lutos de la ansiedad, etcétera.

¿No es una hermosa oración? Pues sí: esto es lo que hace la noche. Así que bendigámosla juntos en vez de maldecirla.

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