Columna invitada

El día que Dios marcó mi vida

Francisco estaba distante de la Iglesia, hasta que vivió una experiencia que le cambiaría la vida
"Dios cuida mis pasos para que yo pueda corresponderle con ayuda y servicio a los demás".
"Dios cuida mis pasos para que yo pueda corresponderle con ayuda y servicio a los demás".

Por Francisco Posada

Tengo 18 años y estudio en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM. Soy alegre y perseverante. Provengo de una familia unida, practicante de la fe católica, por lo que tuve contacto con la religión desde muy pequeño: al asistir a Misa los domingos, al ser educado bajo los principios cristianos. Recibí los sacramentos de iniciación, que hoy considero claves en mi vida, como un primer paso hacia la conversión.

Mi relación con Dios, si bien era constante, también era distante. Sabía que Él estaba ahí, pero no lo sentía por completo. Así transcurrieron mis primeros quince años de vida, hasta que ocurrió lo que considero mi primer encuentro con Él: una experiencia tan relevante que dividió mi vida en dos, que marcó en mí un antes y un después. Eso representó para mí el haber asistido a la peregrinación al Cerro del Cubilete, ubicado en Guanajuato, a finales de enero del 2016.

Acompañado por numerosos jóvenes, pude disfrutar ese pequeño viaje; quedé impresionado por la cantidad de personas que asisten, aprendí cosas nuevas y tuve la capacidad de vivir en mi calidad de joven y seguidor de Jesús: divertirme, convivir, abandonar mi zona de confort, salir y hacer lío.

A partir de entonces, comencé a disfrutar la Misa en su totalidad, cuando antes me causaba cierta aversión. Muchas de mis dudas empezaron a desvanecerse, y comencé a tomarle sentido a la celebración Eucarística, a tal punto de esperar ansiosamente los domingos. De igual forma decidí incorporarme a la Pastoral Juvenil de la parroquia a la que mi familia y yo asistimos desde 2007. Con ellos recuerdo que no estoy solo, que no soy el único joven que ha decidido seguir al Señor.

Mi fe ha podido consolidarse a través de las misiones de Semana Santa, experiencia que dichosamente he podido vivir a lo largo de tres años consecutivos, dos veces en Oaxaca y una vez en el estado de Veracruz.

Es en las misiones donde he hallado a los más grandes anfitriones, personas humildes que te reciben con los brazos abiertos y te brindan sus más sinceras atenciones. Como misionero, he podido entender el verdadero significado del amor, la felicidad y el servicio; he podido conocer a mis mejores amigos; he recibido el amor de Dios por medio de infinitas sonrisas, y he logrado encontrarme con Santa María.

En los momentos de incertidumbre y flaqueza, recuerdo que Dios siempre ha estado conmigo. Así me lo ha demostrado al librarme de múltiples adversidades, a tal grado que he podido descubrir en ello la misión que me ha sido encomendada: Él cuida mis pasos para que yo pueda corresponderle con ayuda y servicio a los demás. Las herramientas que utilizo para mantenerme firme son la Adoración Eucarística, el Santo Rosario y la oración, misma que suele ir acompañada de música.

El principal reto que tenemos como Iglesia es recordar que somos la luz del mundo, que emana de los dones que Dios nos ha dado y no debe permanecer oculta. Estamos llamados a la fraternidad, a la consolidación de una verdadera comunidad, tanto local como global