Opinión

El asesinato del jesuita Francisco Javier Saeta

Eusebio Francisco Kino, S.J. (Trento, Italia, 1645 – Magdalena, Sonora, 1711) narra en su libro la Vida del Padre Francisco Javier Saeta, S.J. Sangre misionera en Sonora:

“El sábado Santo, día 2 de abril del año 1695, a los 31 años de su edad, el padre Saeta recibió a sus verdugos con su acostumbrada dulzura, pero viendo que los enemigos bárbaros enarcaban para matarle, se puso de rodillas, con los brazos abiertos, a imitación de Cristo crucificado… recibió dos flechazos… en el pecho, se levantó, ya herido de muerte… tomó en sus manos un Santo Cristo de bulto se sentó un poco sobre una caja y, después sobre la cama.. y entrando los bárbaros, con más flechazos y con un macanazo le acabaron de matar”.

Escribe esta obra el mismo año del asesinato de Saeta. De él dice que nació en Piazza Armerina, Sicilia, Italia, en 1664, que entró en la Compañía de Jesús en Palermo, Sicilia, en 1679. Pasó a la Nueva España en 1691 y a las misiones de la pimería en 1694. Ese año el mismo Kino lo acompaña a la misión de la Concepción de Nuestra Señora de Caborca, Sonora, lugar al que lo envían sus superiores, para hacerse cargo.


Kino en el intento de entender cómo ocurrió el asesinato sostiene que indios ópatas ligados a la misión de San Pedro Tubutama, Sonora, abusaban de la autoridad que tenían y se aprovechaban de ella, para humillar y golpear a los pimas (otro de los pueblo indígena de Sonora y Chihuahua). En ausencia del padre responsable de la misión intentan castigar a un pima. Éste huye y convoca a sus familiares que matan a uno de los ópatas y luego a dos más.

El grupo de pimas que interviene en estos hechos “procuran luego formar partido” con los de Oquitoa y el apoyo de unos gentiles vecinos y deciden pasar a Caborca. Ahí se dirigen a la casa del padre Saeta y lo agreden con flechas. Junto con él matan a cuatro de sus colaboradores indígenas. Las autoridades del lugar temerosas ante el número de los agresores deciden no intervenir. En mayo, el cuerpo del jesuita se entierra en la misión de Cucurpe, Sonora.

Un misionero ejemplar

Saeta en 1682, tres años después de haber ingresado con los jesuitas, solicita al padre general ser enviado como misionero sin especificar lugar. En 1687 en otra de las cartas, donde reitera su petición, menciona su deseo de ir a la Nueva España  o las Filipinas. En 1691, después de nueve años de insistir, se le destina como misionero a lo que ahora es México. Aquí en 1692 se ordena sacerdote. En 1694 ya estaba en el centro misional de Matapé, Sonora.

Las cartas e informes de Saeta a sus superiores dan cuenta que desde un inicio realiza un exitoso trabajo misional que combina la enseñanza del catecismo y la impartición de los Sacramentos, con la instrucción, para que, entre otras cosas, los indígenas reproduzcan el ganado que se ha introducido a la misión, mejoren sus técnicas agrícolas y construyan viviendas más confortables.

Kino plantea que los integrantes del pequeño grupo de pimas que mata a Saeta habían sido antes víctimas de injusticias y actos de crueldad de los mayordomos ópatas de la misión de San Pedro Tubutama. En su análisis hace una clara distinción entre ese contingente y el conjunto de los pimas. Intenta explicar, sin aprobar, las razones que tenían los asesinos. Los feligreses de la misión de Caborca no están implicados en los hechos y ellos también son víctimas.

En el texto se reproducen cartas de jesuitas de distintos lugares de la Nueva España donde sus autores sostienen que la muerte del padre Saeta, que la entienden como martirio, va a rendir frutos y el trabajo misional entre los pimas se va a extender y multiplicar. Es también la posición de Kino. Afirman que el mártir desde el cielo va a interceder ante Dios, para que más pimas se conviertan al cristianismo y crezca también el trabajo temporal de los misioneros.

 

Twitter: @RubenAguilar

Rubén Aguilar Valenzuela es profesor universitario y analista político.

 

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