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El amor en equilibrio

Adán, en el paraíso, se sentía solo. Sí, todo cuanto le rodeaba era amenísimo y nuevo, pero no podía evitarlo: había en su corazón, una tristeza, una nostalgia que no se le quitaba con nada. Y al ver a Adán sin nadie que estuviese a la altura de su corazón, dijo el Señor Dios: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a proporcionarle una ayuda adecuada” (Génesis 2, 18). “Entonces el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño, y mientras dormía le sacó una costilla y llenó el hueco con carne. Después, de la costilla que había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre” (Génesis 2, 21-22). Sin embargo, según el libro santo, no fue esto lo único que Dios dijo, sino que ordenó también a los humanos recién creados: “Crezcan y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra” (Génesis 1, 28).

Meditando estos antiguos textos, la Iglesia ha comprendido que dos son los fines del matrimonio: uno, el apoyo mutuo y el mutuo cariño; y otro, la generación o procreación de los hijos. Y si bien es verdad que en los documentos eclesiales recientes no se habla explícitamente ya de fines, también es verdad que implícitamente sigue reconociéndolos.

¿Por qué los hombres no caímos del cielo como gotas de lluvia o copos de nieve? ¿No hubiera sido esto mucho más sencillo? Y, sin embargo, Dios quiso que no apareciésemos así en nuestro pequeño planeta, sino que nos fuésemos formando en el vientre de una mujer a la que luego llamaríamos madre. Es verdad que Dios pudo haber hecho que las cosas sucedieran de otra manera, pero no lo quiso. ¿Por qué? Bueno, eso habría que preguntárselo a Él, conocedor de todos los secretos.

Tal vez tenga razón la Iglesia al no hablar ya de fines del matrimonio. Pero si no habla ya de fines, sí habla de una doble razón de ser del matrimonio, que son, al fin y al cabo, las mismas que encontramos ya en las primeras páginas de la Biblia.

Esto significa que una familia es familia de veras cuando están presente en ella el padre, la madre y el hijo o los hijos. Hay, por ejemplo, quien dice: “Como yo lo que quiero es un niño, voy a ir a una clínica de inseminación artificial y así cumpliré mi gusto”. “Sí, pero, ¿y el padre?”. “¡Que se quede sin padre! ¡Los hombres son todos unos brutos!”. Estoy de acuerdo en que la mujer que así habla desconfíe de los varones. ¡Quién sabe qué experiencias no habrá vivido! Pero, a pesar de esto, el niño necesitará siempre un hombre en casa.

Es loable de su parte que se sienta capaz de sacar adelante a un hijo con sus solas fuerzas, pero la verdad es que no puede hacerlo sola. El echará de menos la presencia del varón. O bien, hay esposos que no quieren tener hijos, y prefieren adoptar un perro. “¡Mire a nuestro hijo! -me dijo hace poco una simpática esposa-. Se llama Max”. Y sacó del moisés un hermoso perro de orejas estiradas. Hay quienes se dan por satisfechos cumpliendo con sólo uno de los fines del matrimonio: la ayuda mutua. Los esposos se quieren y salen a bailar. Parecen novios. Y qué bueno que lo sigan siendo, pero a su matrimonio, si se me permite decirlo así, le falta algo esencial.

Empero, aquí no acaba la cosa. En el lado opuesto se encuentran los que están tan concentrados cumpliendo el primer fin del matrimonio que se olvidan del segundo. Quiero decir: están tan atareados trayendo hijos al mundo, que se olvidan de sus cónyuges. Ellos son, ante todo, padres. ¡Esposos, lo que se dice esposos, han dejado de serlo hace mucho tiempo, desde que les nació el primer hijo! Pues bien, tampoco es esto lo que Dios quiere. Porque los hijos se irán y los esposos seguirán allí, como al principio, conviene que no falte la ayuda mutua, el cariño entre los dos y, si se me permite utilizar este término, también la pasión.

“¿Madre o esposa?”: así tituló el famoso médico René Biot un artículo aparecido hace décadas en el semanario La Croix: “Encontramos, en efecto, mujeres que, espontáneamente, son más madres que esposas, como también otras –aunque a nuestro parecer con mucha menos frecuencia- que están más apegadas a su marido que a sus hijos. Fácilmente se podría hacer la misma comprobación en la psicología masculina. Hay maridos que ven principalmente en su esposa a la madre de sus hijos, y otros que son más atentos para la mujer. Y sería vano preguntar cuál de estas dos tendencias es preferible, pues es precisamente su armonía la que constituye el verdadero rostro del amor… Sería una gran desgracia, madres de familia, si abandonarais a vuestro marido, como si sólo estuviese en el hogar porque ha sido necesaria su presencia para que la vida floreciese en vosotras. Él sufrirá al sentir que no ocupa en vuestro corazón el lugar que en derecho le pertenece. Padres de familia, guardemos siempre para la madre de vuestros hijos las mismas atenciones que tuvimos para la recién casada: sería motivo de grandísima tristeza para ella si no la amásemos más que porque ha poblado de niños nuestro hogar”.

Hay padres que, cuando los hijos se marchan, ya no saben de qué hablar entre ellos. Han sido sólo padres, pero no esposos. Casi se diría que ya no se aman, si es que se han amado alguna vez. ¡Y nada hay más traumatizante para un hijo que unos padres que ya dejaron de quererse! Los hijos, cuando se van -y se irán tarde que temprano-, esperan marcharse sin remordimientos; pero, cuando sus papás ya no se quieren, lo hacen con culpa, pensando que quizá los estén dejando solos, a merced de sus ultrajes cotidianos y recíprocos.
Una vez más, como en todo, la perfección está en el equilibrio.

 

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