Opinión

Educar el corazón es construir el futuro

El corazón duele. El 2020 era para muchos de nosotros un año lleno de proyectos, retos y oportunidades. Las cosas alrededor no iban muy bien, pero quizás sólo bastaba señalar lo malo, denunciar los sucesos preocupantes, alguna labor social y aportar nuestro “granito de arena” para la construcción de un mejor mundo.

Habíamos vivido muchas experiencias difíciles, pero la vida continuaba, y con ella los sueños y el trabajo por construirla. Todo se detuvo: y si la humanidad no se había hermanado en ideales, el 2020 nos unió en incertidumbre…

Algunos países, los más avanzados, van saliendo poco a poco de la crisis que les provocó la pandemia, pero en México la realidad se muestra lacerante; la muerte ha lesionado a miles de familias, y nuestro país está herido por la violencia, la pobreza y la división, mientras siguen avanzando las iniciativas y políticas que atentan contra la vida, la familia y los derechos inalienables de los padres de familia.

Ya no es suficiente pretender “Ser buenos” y trabajar en nuestro propio proyecto de vida. Para los creyentes, las obras de misericordia se convierten en un clamor que exige voltear hacia el hermano que sufre y mitigar su dolor compartiendo un poco de lo que tenemos y de lo que somos.

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El mensaje de nuestros Obispos “Abrazar a nuestro pueblo en su dolor” nos da una gran luz cuando afirman: “Sólo si estamos unidos y haciéndonos cargo los unos de los otros, podremos superar los actuales desafíos globales y nacionales, buscando cumplir la voluntad de Dios, que quiere que todos sus hijos vivamos en comunión y a la altura de nuestra dignidad”.

El corazón duele al ver destrozadas tantas familias por el padecimiento de la enfermedad y de las pérdidas, pero también por las familias que sufren por la pandemia de la violencia que las ha destrozado desde sus entrañas y la han contagiado a la sociedad. En las imágenes violentas que a diario vemos a través de las redes y las noticias, debemos reconocer en cada victimario a una víctima de una familia disfuncional y de una sociedad indiferente.

En su homilía dominical, el Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes, a propósito de la parábola del trigo y la cizaña, señaló: “la mejor forma de iniciar un proceso educativo consiste en experimentar ser amado. Esta es la tarea del matrimonio y de la familia, ser la cuna del amor para los hijos”.

Hoy estamos en una emergencia que requiere una fuerte defensa en favor de los derechos fundamentales tales como el derecho a la vida, a la educación y los derechos de los papás para elegir la que deseen para sus hijos.

Pero estamos también en un momento decisivo para centrar todos nuestros esfuerzos en educar el corazón de nuestros hijos. No se trata solo de conocimientos, educar el corazón implica al amor como motor que guía hacia la libertad a través de la adquisición de valores. Quizá la pandemia es la oportunidad de poder mirar lo importante y lo primero. Educar el corazón es construir el futuro.

“Todo ser humano es a la vez trigo y cizaña. Así constatamos la presencia del odio y del amor a lo largo de nuestra vida. Dependerá de la capacidad para distinguir el bien del mal, y de la decisión para optar o no por el amor. Por esta razón es un grave error considerar a un sector de la población como los malos y otros como los buenos. Con distintos procesos todos vamos creciendo, a veces como trigo y otras veces como cizaña”.( Emmo. Sr. Cardenal Carlos Aguiar Homilía 19 de julio 2020).

El 2020 está muy lejos de ser el proyecto de vida que nos habíamos trazado, quizá el corazón duele porque debemos convertirnos en trigo, descubriendo a Jesús en cada prójimo, y reconociéndolo como el Señor de la Historia que siempre hace lo que nos conviene.

*Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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