Opinión

¿Dios está en contra de la riqueza?

Para este número del semanario de Desde la fe, que habla sobre uno de los puntos en los cuales trabajará de una manera especial la Megamisión en la Arquidiócesis de México, me invitaron a colaborar preguntándome acerca de la pobreza y la riqueza, ¿quien actúa rectamente recibirá bienes en esta tierra?, de lo cuál, yo mismo derivo otras preguntas: ¿los pobres son buenos?, a Dios ¿le agradan los ricos?

Al respecto, quisiera responder con una experiencia que tuve en los tiempos del Seminario, allá por la década de los 90.

Al final del curso escolar, era costumbre misionar en alguna de las parroquias de la ciudad, vivíamos con la gente del lugar, que amablemente nos hospedaba, y visitábamos las casas de la comunidad, anunciando el Evangelio a través de diversas actividades.

Recuerdo muy bien una comunidad. En el sector en que me tocó estar, vivía una adulta mayor en condiciones sumamente frágiles, tenía como fachada de su casa tan solo unas piedras; como puerta, una tabla sujetada con un alambre, que cerraba por el peso al arrastrarla y no por la inexistente cerradura. En el inventario de su casita, los únicos valores económicos eran una vieja y pequeña televisión, así como una parrilla que, junto con una temblorosa mesa, formaban la cocina y un comedor.

Para su mala suerte, le robaron esas únicas pertenencias. Lo más probable es que haya sido su vecino (quien sin ser yo adivino, puedo imaginar que vendió por unos pesos esos enseres para obtener un par de cigarros de mariguana, que era lo que se vendía en la misma cuadra).

Al enterarme de ese triste suceso pensé: Este vecino no es pobre, es miserable. Porque robar a uno de los seres más indefensos de la escala social, no sólo es un delito, sino un acto cobarde de alguien que me cuesta pensar que es humano.

Por otro lado, he de reconocer que conozco a personas a quienes la vida ha sonreído económicamente, personas que no sólo cuentan con lo necesario para vivir, sino que habiéndoles otorgado la vida más oportunidades para su desarrollo o el de su empresa, saben que tienen una responsabilidad con la sociedad, y han ocupado una parte primordial de su tiempo y recursos, para hacer este mundo más solidario y más justo.

Aunque en honor a la verdad, también me doy cuenta, por las noticias y los medios de comunicación, que hay personas que han utilizado su cargo, su puesto, para amasar grandes cantidades de dinero, utilizando el erario público para vivir de una manera ostentosa y desperdiciada, haciendo su fortuna, tal cual, de la pobreza de miles de personas.

Por lo tanto, no quiero afirmar que las personas que viven en situación de pobreza, son todos buenos, pero tampoco llego a sostener que todos los que tienen dinero lo obtuvieron por su honestidad y lucha por la justicia.

Con estos ejemplos citados, regreso al Evangelio a recordar tan sólo algunos personajes: una viuda que entrando donde estaban las alcancías del templo, es puesta como ejemplo por el mismo Jesús, porque al poner dos moneditas de muy pequeño valor ofrendó más que todos los demás, ya que ella no dio lo que le sobraba, sino lo que tenía para vivir, lo indispensable para sí. (Mc. 12,41-44)

Recuerdo además a Zaqueo, un hombre rico a quien Jesús le pide ir a alojarse en su casa. Este hombre, que era de baja estatura, quedó tan contento por la visita que recibió, que dio a los pobres la mitad de sus bienes y prometió restituir cuatro veces más a quien hubiera defraudado. (cf. Lc. 19,1-10)

En conclusión, una persona puede ser buena o mala, independientemente de los bienes que posea, porque hay ricos que hacen el bien con su fortuna (aunque sean pocos) y hay personas que viven en situación de pobreza, que en lugar de esforzarse por salir de esa realidad, escogen un camino de delincuencia, de crimen y maldad; pero también hay personas que teniendo recursos, viven austeramente y ayudan a los demás, que constituyen fundaciones y entregan su vida y tiempo a los más necesitados.

Así como hay personas que día con día nos levantamos a trabajar para llevar una vida honesta y, aunque limitada económicamente, el Señor constituye nuestra mayor riqueza.

*El autor es Presidente de Cáritas Arquidiócesis de México.