Desde la familia

Hablar de la familia ha sido siempre mi pasión, quizá porque tuve la fortuna de nacer en una que me recibió con gran alegría a pesar de ser la séptima, quizá porque tuve unos padres que me hicieron saber amada y siempre hablaban de lo importante de “ser familia”.

Así que mi sueño fue siempre tener una familia con siete hijos, y Dios me lo concedió; mi esposo y yo hemos vivido intensamente la alegría de una familia numerosa que además ahora se multiplica, pero también las responsabilidades, sacrificios y esfuerzos que implica el compromiso de criar, educar y enseñar a volar a los hijos.

La manera en que mi esposo y yo desempeñamos nuestros roles de papá y mamá fueron muy diferentes al modo en que los vivieron nuestros padres, y nada tienen que ver con la forma en que hoy los asumen nuestros hijos que ya tienen sus propias familias. Pero el sentido profundo de la familia y su función abierta a la vida, que acoge, ama, educa y transmite la fe, ha permanecido a través de las generaciones.


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También a lo largo de mi vida he visto a matrimonios que se han derrumbado por la infidelidad, a mujeres que quedaron viudas, o bien, que recurrieron al divorcio para poner fin a la violencia de la que eran objeto, y a un buen número de madres solteras, que a pesar de las condiciones adversas, se han esforzado día con día y han logrado mantener y educar a sus hijos.

Ante estas dolorosas circunstancias, ajenas en la mayoría de los casos a la voluntad de quienes la han vivido, ¿han dejado de ser familia o son familias que viven realidades diferentes?

El encuentro con las familias del Papa Francisco en Chiapas en el 2016, fue una lección de misericordia e inclusión para todos aquellos que amamos, creemos y trabajamos por la Familia, cuando se presentaron ante Su Santidad familias que viven en diferentes situaciones, pero que mantienen viva la fe y la esperanza.

“Prefiero una familia herida, que intenta todos los días conjugar el amor, a una familia y sociedad enferma por el encierro o la comodidad del miedo a amar” (…) “Prefiero una familia con rostro cansado por la entrega a una familia con rostros maquillados, que no han sabido de ternura y compasión”, dijo el Papa.

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Cuando los cristianos no somos sensibles a las necesidades de nuestros hermanos, ellos buscan otros caminos y los grupos feministas se convierten en un lugar de acogida para todas estas mujeres que, no obstante el excesivo esfuerzo que implica sacar adelante el hogar, no son comprendidas ni apoyadas.

Quienes hemos permanecido muchos años unidos en familia sabemos que no ha sido por méritos propios sino por la gracia de Dios que se manifiesta especialmente en los momentos difíciles y nos ha dado los instrumentos necesarios para hacer nuestra parte y nos invita a ir al encuentro de otras familias.

En la reconstrucción del mundo que nos duele, a algunos nos toca, más allá de juzgar, trabajar para que la Familia cumpla con su misión como célula de la sociedad.

La parábola del buen samaritano es un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino. La parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común. (Punto 67, Fratelli Tutti).

Jesús, en su pasión nos hizo sus hermanos y nos dio a María como Madre, nos hizo su familia.

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

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