Historias de ángeles

Daniel, el niño que hizo su Primera Comunión estando “muerto”

Yo soy el Pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed. (Juan 6,35)

Me considero muy afortunada de convivir, desde hace más de 30 años, con algunos de los hijos predilectos de Dios: los valientes niños con cáncer, que con su valentía, humildad, aceptación y amor, me fueron acercado a Dios.

Estoy muy agradecida y orgullosa de las maravillosas personas que forman parte  y son el corazón de la Asociación Sueños de Ángel A.C. Nuestro objetivo es dar apoyo emocional, espiritual y material a los niños enfermos y a sus familias.


Trabajamos en equipo con otras asociaciones que tienen los mismos valores y el mismo amor por  los niños, entre ellas está AMANC. Fue ahí donde viví una de las experiencias espirituales que más han dejado huella en mi alma y con gusto se las comparto, sabiendo que los actos de fe son un regalo personal para el corazón de quienes los viven.

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La historia de Daniel

El 21 de marzo de este 2021 recibí la llamada de Marisa, quien es presidenta de AMANC (Albergue donde viven los niños con cáncer durante su tratamiento). Marisa, más que presidenta, es un ángel que se dedica a dar y buscar lo mejor para estos pequeñines.

Era domingo por la tarde, y al oír su voz, supe que algo o alguien no estaba bien. Con mucha tristeza me dijo que Danielito, un pequeño de 12 años, estaba en sus últimas horas. Hablamos  del dolor de sus padres al ver a otro de sus hijos morir.

Así es, 15 días antes, su otro hijo de 6 años, Pablito, había fallecido a causa del mismo tipo de cáncer retinoblastoma. Recuerdo a doña Sara, la mamá de estos dos  angelitos, sentada en el hospital en medio de las dos camitas de sus hijos. Sólo Dios puede dar esa fortaleza; su amor los sostiene y ayuda a enfrentar el dolor.

Sabiendo que la presencia de algún sacerdote daría consuelo a la familia, Marisa me preguntó si podía conseguir uno para darle la unción de los enfermos a Danielito. Le comenté que últimamente era muy difícil conseguir un sacerdote debido a la pandemia, sobre todo siendo domingo, ya que la mayoría celebran las Misas vespertinas.

Me puse en oración para que Dios me guiara con el sacerdote indicado, y así fue. Recordé que el P. Christian Barba, un sacerdote joven, con muchos deseos de ayudar, se encontraba de paso en Mérida para ir a ver a su familia en Aguascalientes. Venía de Cozumel donde actualmente atiende la iglesia de San José del Mar.

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Al padre Christian Barba lo conocí en los talleres de Totus Tuus que cada año se dan aquí en Mérida. Aquel día lo llamé y le pedí el inmenso favor de ir a ver a Dani y a su familia. Él se encontraba en una comida, pero accedió de buena gana.

En el camino le fui platicando de lo alegres que eran Danielito y su hermanito Pablito; le mostré fotos de su última posada navideña, donde participaron en todas las actividades, bailaron y cantaron, enseñándonos a vivir y a disfrutar cada momento; su alegría era nuestra alegría.

Llegamos al albergue donde ya nos estaban esperando. Después de presentarnos, pasamos al cuarto donde se hospeda la familia. En la camita estaba Dani. El padre Christian preguntó si ya había hecho su Primera Comunión y Confirmación. La mamá dijo que no, ya que por la enfermedad tuvo que dejar de ir a la doctrina, pero era algo que el niño anhela inmensamente. Tanto Dani como Pablito asistían al catecismo, pero debido a la pandemia y al avance de su enfermedad,  ya no pudieron seguir.

El sacerdote les dijo que si ellos querían, y Dany también, él podía regresar para celebrarle su Primera Comunión y así cumplir su sueño. De esta manera llegaría al cielo con las mejores  galas.

Me acerqué a Dany y le pregunté al oído si quería hacer su Primera Comunión. Aunque no podía hablar, sus grandes ojos me miraron, sonrió y con la cabeza asintió. El padre Christian le dio la Unción de los Enfermos y una bendición a la familia.

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Quedamos en volver lo más pronto posible con lo necesario para tan importante ceremonia en la camita de Dani: Recibir a Jesús-Eucaristía.

Una hora después regresamos con todo lo necesario para tan bello momento. Tocamos la puerta y el papá nos abrió. Con la voz quebrada nos dijo que Dani acababa de fallecer. El padre Christian no se sorprendió, sólo preguntó cuánto tiempo había pasado. El papa dijo que apenas unos minutos, el sacerdote les dijo que si ellos aún lo deseaban se podía hacer la ceremonia, “porque aún hay un hilo entre la vida y la muerte”, dijo el sacerdote.

Ellos querían que el sueño de Daniel se cumpliera, así que sin dudarlo, fuimos a la habitación. Ya estaba vestido, con su guayabera blanca. Su cuerpo aún permanecía cálido y flexible, parecía dormido.

El padre Christian me pidió que sostuviera su cabecita para que cuando le diera la Comunión, pudiera recibirla en su boquita ligeramente abierta; yo deseaba sentirlo muy cerca de mí, sabía que era la despedida. Tomé una de sus manitas y la puse sobre mi mano izquierda, mientras que con la derecha sostenía su cabeza.

Durante la ceremonia, cuando el padre Christian exclamó con su voz fuerte y firme: “¡El Cuerpo y la Sangre de Cristo!”, sentí una caricia en mi mano izquierda, un ligero apretón que me dejó sorprendida. Inmerecidamente estaba viviendo el milagro del amor.

Dios le había permitido a Daniel recibir la Comunión con vida y consiente. Fueron los segundos  más importantes en mi vida, ya que este hecho trasformó mi alma. Comprendí lo grandioso que es recibir al mismísimo Jesús en la Eucaristía.

En relación con el apretón o caricia que recibí de Daniel, sé que científicamente hablando esto podría tener una explicación, al pensar que el rictus o rigidez estaría empezando, pero hay actos de fe que prefiero no analizar y saber que fue un acto de amor de Jesús para que valorara su presencia real en la Eucaristía.

Yo creía que ese momento era sólo para mí, pero mientras me dirigía a llevar al padre Christian a donde se estaba hospedando, mientras manejaba en silencio pues no podía hablar, el padre me agradeció el haberlo invitarlo a esa ceremonia y me platico anécdotas de la importancia de administrar la unción de enfermos aunque eso implique para los sacerdotes dejar de hacer lo que están haciendo en ese momento.

De pronto, el padre me hizo esta pregunta: “¿No tienes nada qué compartirme?”. Me estacioné, y antes de que yo pronunciara una palabra, me dijo:  “Yo lo vi. Vi que te dio un apretoncito con su manita”. Después me preguntó: “¿Y viste su mirada? Sus ojos se llenaron de luz”.

Ambos callamos y seguimos en silencio el camino, sabiendo que ese día seria inolvidable en nuestras vidas.

Agradezco al padre Christian el permitirme compartir este testimonio que, en lo personal, nos llenó de luz y esperanza, confirmando el infinito amor que Dios tiene por todos nosotros.

*La autora es fundadora de la asociación Sueños de Ángel. Algunos de los artículos que aparecen en Desde la fe fueron publicados en su libro “El camino de los ángeles” y son reproducidos en este sitio con su autorización. 

Los artículos de opinión son responsabilidad de la autora y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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