Opinión

Concepción Cabrera, una transgresora

Me costó trabajo decirle “Nuestra Madre” a Concepción Cabrera de Armida. Como experta en escritoras mexicanas del siglo XIX, en bibliotecas y librerías de viejo saltaban sus escritos. Tuve que leerla. Concha rondaba mi casa. Mi madre, María Teresa, era apóstola de la Cruz y era dirigente en El Altillo. Mi hija, Milena, exigió estudiar con las Hijas del Espíritu Santo en el Colegio Vallarta de Ciudad Satélite.

“Tu Concha está loca”, llegué a decirle a mi mamá. Muy tranquila me contestó: “Sí. Es la Locura de Dios, lo dice san Agustín”. La leí, aprendí, tomé la Cruz del Apostolado, y Concha me empoderó para vivir mi fe, y acudir a mi Iglesia con plena conciencia de mi dignidad de Hija de Dios.

Mujer singular, esposa, amante de Cristo, ama de casa, madre, empresaria cultural (fundadora de una espiritualidad), Concha escribió profesionalmente unas 65,000 páginas. En su tiempo, las mujeres no escribían, y menos publicaban; debían encerrarse en casa o en el convento. Nada de aventuras ni de empresas personales, ni desafíos a las instituciones, menos a la Iglesia.

Es una transgresora, como Cristo, cuyo amor por la humanidad lo lleva a defender a la adúltera y a recibir al hijo pródigo. La sigo leyendo y me admira su profesionalismo. Su escritura mística en español de México pide un Instituto de Estudios Lingüísticos y Literarios que, como eco de la Voz de Dios, difunda la acción apostólica de una mexicana que educa sacerdotes; forma religiosas, monjas; instruye al laicado. Por una Iglesia que salga al encuentro de las mujeres, las pobres de Dios.

Lilia Granillo Doctora en Letras Espaolas por la UNAM y profesora titular del Departamento de Humanidades de la UAM-A.