Opinión

Al padre Benjamín Bravo, con el corazón agradecido

En el Instituto de la Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC) tuvimos la fortuna de que el padre Benjamín Bravo fuera nuestro capellán. La relación que formamos con él  fue de mucha cercanía desde el principio. Él era párroco en San Sebastián (Chimalistac), parroquia situada a sólo unas calles de nuestro lugar de trabajo, lo que facilitó esta cercanía.

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Desde el trabajo cotidiano no era fácil darse cuenta del nivel teológico del padre Benjamín -al menos no en toda su amplitud-, porque él, al elaborar sus propuestas teológicas, no asumía ese papel del intelectual que aparta a las personas. Ante todo, era un presbítero cercano a quienes trabajamos en IMDOSOC.


Desde el inicio nos invitó a participar de la vida parroquial en Chimalistac, ya sea para crecer en nuestra vida de fe en comunidad, o para disponer de algún servicio religioso. Pero siempre dando muestra de una de sus características más esenciales: la búsqueda del bien para los demás.

El padre Benjamín fue un teólogo que hizo de la pastoral un lugar de investigación y de profundización científica, algo que llevó a cabo con extraordinaria creatividad, como quien se deja modelar por el Espíritu Santo. Por tal motivo, fue reconocido tanto por obispos, como por sacerdotes diocesanos y religiosos, como un pionero de la Pastoral Urbana en México y América Latina.

Personalmente, me di cuenta de la importancia de sus aportaciones teológicas en un aula, cuando me pidió lo supliera en algunas clases que daba entonces en el Instituto de Formación Teológica Intercongregacional de México. Pude ver que en sus alumnos había dejado de manera muy clara su propuesta pastoral en las urbes desde las diversas realidades. El padre Benjamín fue un “cura callejero”, que entendía muy bien que la Iglesia también está fuera de los templos.

Asimismo, pude percatarme de que era un teólogo que dialogaba perfectamente con las ciencias sociales. Esto ocurrió en un seminario interdisciplinario, al que asistió el doctor Alfredo Nateras, destacado psicólogo social e investigador de la UAM -especialista en juventudes urbanas y migrantes-, y cuya referencia que él tenía de IMDOSOC era justamente el padre Benjamín.

Sin duda, el padre Benjamín se dejó guiar por el Espíritu Santo, y unió a Él su enorme creatividad, siempre en armonía con la Santa Sede. Supo leer Gaudium et Spes y el Magisterio Latinoamericano de la Iglesia para proyectarlo sobre la pastoral de la ciudad.

De hecho, su teología pastoral y eclesiología guardan un marcado paralelismo con las propuestas del Papa Francisco, sobre todo en el sentido de hacer una Iglesia en salida. También son dignas de considerar sus aportaciones en materia de eclesiología, especialmente a partir del documento de Aparecida; su marcado interés por la Pastoral Juvenil Urbana y su impulso a la conformación de una iglesia doméstica.

En IMDOSOC era común que durante la Eucaristía nos preguntara sobre los proyectos semanales o los resultados de las actividades realizadas. Hacía de la homilía una reflexión comunitaria. En su idea de Iglesia, los laicos no fuimos considerados sujetos pasivos, sino verdaderos participantes de la asamblea.

Quienes integramos IMDOSOC damos gracias a Dios por su conocimiento y espiritualidad compartida;  por todos los años de acompañamiento que nos brindó este “sacerdote callejero”, quien comprendió bien nuestra identidad de laicos en comunión con los consagrados y la jerarquía católica.

Nuestro capellán entendió -o más bien, nos ayudó a entender- que somos laicas y laicos en la búsqueda de una formación de la conciencia personal y social, para construir una realidad justa a la luz del Evangelio.

¡Muchas gracias, padre Benjamín!

 

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