Opinión

Adicciones en tiempos de COVID-19

Después de más de seis meses de confinamiento, de acuerdo con el Instituto para la Atención y Prevención de las Adicciones (IAPA), el consumo del alcohol se ha incrementado en un 35.8%, mientras que los Centros de Integración Juvenil (CIJ) se han dado a la tarea de impartir conferencias en línea para atender y brindar ayuda al creciente número de jóvenes que presentan problemas de depresión, ansiedad y adicción a diversas drogas, como el alcohol y el “cristal”.

Lo cierto es que la adicción a las drogas legales (alcohol y el tabaco) e ilegales es un tema doloroso que afecta no sólo al consumidor, también a su familia, a su comunidad y a la sociedad misma.


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El largo tiempo de aislamiento en el que hemos permanecido, ha permitido y propiciado el reencuentro con la familia nuclear, valorar su papel insustituible y su función acogedora, pero también irremediablemente ha enfrentado a muchos con sus carencias, problemáticas e incluso patologías que consciente o inconscientemente pudieron evadir, pasando la mayor parte del tiempo fuera de casa por motivos de trabajo, de escuela o de diferentes actividades. O incluso dando a los amigos el tiempo que debiera corresponder a la convivencia con los hijos, los padres o los hermanos.

Enfrentar la realidad puede ser brutal cuando no se quiere o no se está preparado para afrontarla y no se encuentran las respuestas adecuadas ni la ayuda necesaria para salir adelante. El uso de las drogas, considerando entre éstas al alcohol, se puede convertir en un instrumento de evasión y al mismo tiempo de aumento de la problemática existente.

Las adicciones son una enfermedad difícil de curar y difícil de combatir en una sociedad que incita al consumo del tabaco y el alcohol, donde cualquiera a través de las redes consigue con facilidad tachas, o cristal, o cocaína y se pretende incluso el uso “lúdico” de la mariguana.

No obstante, salvo casos excepcionales, la naturaleza misma de la familia como el ámbito en el que la persona es aceptada y acogida por el simple hecho de ser él o ser ella: esposa o esposo, padre o madre, hijo o hija; con esa incondicionalidad que da el amor filial y que nos hace un individuo único, insustituible e irrepetible; le da también la fuerza necesaria para reinventarse, reconstruirse y revalorarse dando la oportunidad a cada uno de sus miembros,  la seguridad personal y el respeto por si mismo.

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Siempre será más grande el poder sanador de la familia que acoge al enfermo y sin perder la esperanza busca la ayuda necesaria para juntos salir adelante.

En este tiempo de crisis es necesario que las familias que lo requieran sepan que no están solas ni aisladas en una problemática que, aunque difícil y desgastante, es común y muchas personas, instituciones y organizaciones están dispuestas a brindarles la ayuda necesaria.

La labor realizada desde 1935 por Alcohólicos Anónimos es invaluable, el testimonio de sus integrantes que “solo por hoy” van venciendo la enfermedad de la adicción al alcohol o a las drogas, ha logrado rescatar a miles y miles de personas en el mundo.

Los Centros de Integración Juvenil (CIJ) con su sistema de prevención y atención temprana, han logrado permear y brindar ayuda emocional y médica a jóvenes de toda la República.

La Iglesia que como madre no puede permanecer indiferente al dolor de sus familias, realiza a través de la Pastoral Social de las diferentes Diócesis una labor de apoyo, orientación y servicio para quienes lo requieran.

No olvidemos que la familia es la base de la sociedad y es necesario fortalecerla y apoyarla si queremos una sociedad más sana y con mejor futuro. Según la calidad de las familias será la calidad de los ciudadanos.

“La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría alrededor nuestro, precisamos que toda familia viva feliz.”

Madre Teresa de Calcuta.

 

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