Trigo y cizaña

A la muerte de mi padre

Un padre vale más que cien maestros (George Herbert)

El domingo 11 de julio mi padre, Eduardo Hayen Chávez, entregó el alma a la misericordia de Dios. El Señor le escogió un día bello y significativo para morir. Era el día de san Benito y el cumpleaños de mi madre. Pudiera parecer un evento trágico para una celebración de cumpleaños, pero no lo creo así. Esa fecha quedará en la memoria de la familia como el día en que Dios nos agració con dos regalos: la mamá que nació para el mundo y el padre que nació para la vida eterna. Así que tenemos doble motivo para celebrar.

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Mi padre fue una bendición en mi familia. Correspondió generosamente a la primera misión que Dios le encomendó a través del matrimonio. El sacramento lo vivió siempre en el amor por “Coty”, mi madre. A veces, con su carácter fuerte y sus impulsos, pero siempre generoso, detallista y cariñoso con ella. Siempre unidos, siempre juntos, siempre apoyándose. “Serán los dos una sola carne”, palabras de Jesús que se cumplieron desde la boda de mis padres.

Don Eduardo dedicó mucho tiempo a sus hijos, especialmente cuando éramos pequeños y más lo necesitábamos. Fue un varón entregado a su familia, un hombre que con su trabajo nos dio estudios universitarios a los cuatro hijos; un padre que compartió nuestras luchas, alegrías y tristezas, siempre cercano. Recordaré siempre el día en que le dije que me iba al Seminario; lloró emocionado como un niño y siempre tuve su apoyo en mi vocación sacerdotal.

Con su asistencia a la misa dominical, mi padre supo inculcarme, silenciosamente, la fe y el amor a Dios. No recuerdo que faltara un solo domingo a la Eucaristía. ¡Qué gran lección para nosotros fue descubrir que detrás de nuestro padre terrenal se encuentra el Padre Celestial, el pastor de nuestra familia! Dios lo enseñó a entregarse a su vocación de esposo y padre. Su vida y su felicidad fue aprender con Jesús a decir, sin palabras, a su familia: “Tomen, esto es mi cuerpo”. De él aprendí que la vida se realiza y llega a su plenitud en el olvido de uno mismo para entregarla a la vocación a la que Dios nos ha llamado.

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Con el paso de los años mi papá fue perdiendo facultades físicas. En la última etapa de su vida, su memoria y su capacidad de expresión también empezaron a deteriorarse. El confinamiento por la pandemia fue, además, un detonante. Era el aviso de Dios que lo empezaba a preparar para el encuentro con Él. Los últimos meses de su vida el Señor nos permitió rodearlo de amor y cariño. Mi madre pudo mimarlo, atenderlo y abrazarlo, como ofreciendo el último homenaje al hombre que compartió con él 58 años de matrimonio. El domingo pasado tuvo una muerte dichosa, con todos los auxilios espirituales de la Iglesia y rodeado del amor de su esposa, hijos, nietos y yerno.

Durante la pandemia estuve llevándole los domingos a Nuestro Señor en la Eucaristía. Lo recibía con gran emoción. Hoy el velo del sacramento ha desaparecido para él porque ha traspasado las fronteras del mundo para introducirse en la eternidad, y ahí encontrar a Aquél que es la Resurrección y la Vida.

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Desde nuestro mundo terreno encomendamos a mi padre en nuestras oraciones para que sea arropado por la misericordia divina, en la esperanza de volver a encontrarlo, y juntos contemplar la Verdad y el Amor, en aquella vida que no termina. Querido papá, descansa en la paz de Dios. Tu familia y amigos te queremos entrañablemente.

El Pbro. Eduardo Hayen es un sacerdote de la Diócesis de Ciudad Juárez y director del periódico Presencia.

Los artículos de opinión son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

Artículo publicado originalmente en el blog del P. Eduardo Hayen

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