Santa Mentoría

3 virtudes para saber callar y hablar como Dios manda

Qué difícil es guardarnos nuestros juicios, críticas y presunciones. Qué fácil es caer en conversaciones inútiles con las cuales no ganamos nada, y, sin embargo, sí podemos perder mucho. Todo lo que hablamos genera una nueva realidad, no por decreto, sino por el impacto (ya sea positivo o negativo) que tiene en nosotros y en los demás.

Es por ello que el silencio es clave en nuestro camino a la santidad. Pues por nuestra boca podríamos condenarnos cuando no somos conscientes del arma letal que nuestra lengua puede llegar a ser.

“También la lengua es un fuego: es un mundo de maldad puesto en nuestros miembros, que contamina todo el cuerpo, y encendida por el mismo infierno, hace arder todo el ciclo de la vida humana”.  (Santiago 3, 6-7)

Basado en algunas ideas provenientes del capítulo XXIV “Del modo de gobernar la lengua”, del libro “El Combate Espiritual” de Lorenzo Scupoli, te propongo ejercitar 3 virtudes que te ayudarán a evitar conversaciones tóxicas e infructíferas.

  1. Modestia

Cuando se trate de hablar de uno mismo, busquemos ser moderados, hablemos lo necesario y siempre cuestionemos nuestra intención detrás de nuestras palabras. ¿Qué espero ganar después de esta conversación?

Si mi respuesta señala algunas motivaciones como la vanagloria, la admiración y aprobación de los demás, o el reforzamiento de mi ego, podemos estar seguros de que lejos de ganar algo, perderemos autenticidad y paz interior, pues nuestras emociones oscilarán entre la expectativa y la frustración causada por la respuesta de nuestros interlocutores.

  1. Benevolencia

Para hablar de otros tendríamos que ser capaces de ver su corazón. Generalmente, sólo alcanzamos a hacer juicios rápidos y superficiales sobre lo que creemos saber de los demás.

Es así que es altamente probable que estemos ligeramente o muy equivocados respecto a la percepción que tenemos de las personas. Para errar lo menos posible, permitámonos hablar sólo de aquello que exalte las virtudes del otro y evitemos a toda costa hablar de aquello que pueda dañar su imagen y su vida, aún y cuando tengamos evidencias que sustenten nuestros juicios.

“Juzgar pertenece a Dios. Él ve el corazón humano, el hombre no ve más que la cara”. -San Francisco de Sales.

  1. Prudencia

“Examina bien todo lo que quisieras decir antes que del corazón pase a la lengua”. Hagamos del silencio nuestro aliado, el espacio en el que nuestra mente puede detenerse unos instantes para hacer un balance objetivo de las ganancias y pérdidas que nos reportarán nuestros comentarios.

Pero no sólo le demos cabida a la razón, también permitamos que nuestro espíritu juegue un rol importante en nuestra decisión de hablar o de callar. Que el motor de nuestra lengua sea nuestro deseo de agradarle a Dios, más allá de nuestra necesidad de enaltecernos ante los demás o bien de protegernos de nuestras propias inseguridades.

No hay palabras inocentes y en nuestras conversaciones se esconde mucho de lo que somos, pero también mucho de nuestro porvenir, pues a partir de lo que declaramos, vamos también moldeando el tipo de persona en quien poco a poco nos iremos convirtiendo.

 

Más notas del autor: Sígamos los pasos de San Pedro.

 

*Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad de sus autores.

 

 

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