3 cuestiones básicas para promover la cultura de la vida

Ante los fallos de la SCJN sobre el aborto, tenemos que promover una cultura de la vida.

Pbro. Dr. Mario Ángel Flores Ramos, Sacerdote de la Arquidiócesis de México, y Pbro. M. en C. Eduardo J. Corral Merino, Sacerdote de la Arquidiócesis de Morelia.

 

Frente al momento jurídico y social que vivimos, a los nuevos fallos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, más que nunca tenemos que redoblar el anuncio del Evangelio, con el fin de promover una cultura de la vida.


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Ante la confusión, las ideologías, el relativismo, el positivismo jurídico así como la cultura de la muerte y del descarte, estamos llamados a anunciar los grandes y valiosos contenidos de nuestra fe, con caridad, sencillez, auténtico ardor y un claro servicio a la verdad. Ofrecemos, tres:

Dios nos ha creado

A su imagen y semejanza, para ser partícipes de Su Proyecto de El libro del Génesis, con sus relatos literarios, nos revela que Dios ha puesto en manos del ser humano la Creación. Hemos sido creados, todos, a partir de su Soplo Divino. Nos llama a enriquecer la creación, no a ser déspotas dominadores, sino para aprender a servir, a través de ella, a Dios y al prójimo.

Es urgente comprender que nosotros tenemos límites, que estamos llamados a reconocernos creaturas, imperfectos, falibles.

El más grande error de la persona de hoy, es vivir “como si Dios no existiera”. El humanismo ateo, coloca a la persona como centro, medida y fin, de sí mismo, de ahí, el enfocarse sólo en “su proyecto”, en “su cuerpo”, “en el libre desarrollo de su personalidad”, absolutizando el yo, así como “el aquí y el ahora”.

Jesucristo, Hijo de Dios Vivo, nos enseña a vivir en relación de filiación, aceptando el amor infinito del Dios Creador. Jesucristo, por ello, como señala el Conciliio Vaticano II, manifiesta al ser humano lo que éste es y la grandeza de su propia vocación (Cfr. Gaudium et spes No. 22). Todo ser humano tiene hambre de infinito, anhelo de eternidad. La trascendencia es parte inherente de su ser.

Tenemos dignidad

Cada persona es única e irrepetible, desde la concepción hasta la muerte natural. Es un ser, un don de Dios, pues nadie se da la vida a sí mismo. Somos hijos de Dios.

Nuestro valor es óntico, por ser y estar, no por alguna de nuestras cualidades secundarias. ¡Se es persona! Todo ser humano es un espíritu encarnado, que con su entendimiento y libertad está llamado a transformar la realidad, haciéndose cargo de sí y de los demás. No vivimos para nosotros mismos, sino que somos un don para los demás. Vivimos para adecuarnos y servir al mundo, no al revés. Para ello estamos habilitados con sentidos externos (gusto, tacto, olfato, vista, oído) y con sentidos internos (razón, afectos, memoria, imaginación y sentido común).

Cada ser humano es un proyecto inacabado, con múltiples cualidades materiales y espirituales, individuales y sociales, llamados a reconocernos en nuestra naturaleza, siempre abierta a cultivarse -por ello somos seres culturales-, en relación con los demás seres humanos, la creación y por supuesto, el Creador. A partir del ser que recibimos, cada ser humano está llamado a integrarse en una realidad mucho más amplia: una familia, una comunidad, una Nación, una escuela, una empresa, el mercado, la sociedad civil, una Iglesia, el Estado, la comunidad global, la “Casa Común”, como la llama el Papa Francisco.

Cada ser humano, por se digno, posee derechos y deberes inalienables, que se reconocen por parte del Estado, no se otorgan por él. La dignidad de cada ser humano, entonces, se deriva de su naturaleza y de su calidad de ser hijo de Dios, así como de haber sido redimido por Cristo y llamado a la felicidad eterna. También por nuestra dignidad, comprendemos que recibimos influencias, condicionamientos del exterior, pero gracias a nuestra conciencia, sabemos que nunca nos pueden determinar.

Nuestra vocación es la vida en el amor

El amor, no es sólo un instinto, una pulsión. Surge de ahí, pero es un don y una tarea, un encuentro y compromiso que implica el pleno ejercicio de nuestro entendimiento y voluntad.

La Alegría del Amor – Amoris laetitia-, es un estado de realización, de encuentro y trascendencia, que nos permite ampliar el corazón y la mente, acogiendo y sirviendo a los otros con la finalidad de expandir la riqueza de todo lo humano que está inserto en lo Divino. Somos seres sexuados en todo nuestro ser, no sólo en la fisiología y en la genitalidad.  A través del ser varón o mujer, se entra en relación con los demás, como un ser para la comunión. Estamos llamado a trascender, a hacernos cargo de otros, rompiendo las cadenas del egoísmo, de la autorreferencialidad, de la conciencia aislada (Cfr. Evangelii Gaudium, No. 2).

Gracias a la capacidad reproductiva, así como a otras muchas cualidades humanas (el trabajo, la educación, la creatividad, la solidaridad, el servicio), logramos vivir en la comunión, haciéndonos copartícipes del gran don de la vida. Tenemos como principal expresión el amor por los demás y por ello debemos preocuparnos, no sólo por asistirlos en sus necesidades básicas, sino, fundamentalmente, por promover todos los cambios que hagan posible un desarrollo humano, integral, solidario y sustentable, de todo el hombre y de todos los hombres; un humanismo existencial trascendente.

En síntesis…

En síntesis, estamos llamados a reconocer nuestra enorme dignidad, que es don y tarea, dentro del Proyecto de Redención de Dios. Vivamos y anunciemos el mandamiento del amor con decisión, generosidad y caridad. Es tiempo de ver el todo del anuncio Evangélico, que nos llama a cuidar la vida desde la gestación hasta implantar toda una cultura del cuidado y respeto de toda la existencia humana. Es tiempo de servicio y testimonio, no de confrontación.

La fuerte llamada a la fraternidad que nos ha hecho el Papa Francisco en su reciente y tercera encíclica social, Fratelli Tutti, implica aceptar la mirada compasiva y misericordiosa de Dios sobre cada uno de nosotros, y también, a servir y a contagiar esa misma mirada a todos los seres humanos. Veamos el todo, y no sólo la parte, la unidad y no sólo el conflicto; veamos la Realidad del Proyecto de Dios, y no sólo los desastres o errores humanos.

 

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