Opinión

La indigna ‘muerte digna’ de Vincent Lambert

¿Qué da valor a una vida humana?, ¿qué hace que una persona sea considerada valiosa?

En estos tiempos en los que mucha gente lo juzga todo en términos de productividad, utilidad, frutos contantes y sonantes, se suele considerar que alguien vale en tanto es útil para algo, cumple alguna función, o produce algún beneficio.

En el momento en que una persona ya no ‘rinde’ lo que se espera de ella, cuando es juzgada por lo que hace ‘ganar’ (beneficios) o ‘perder’ (tiempo, dinero), entonces corre el gran riesgo de ser catalogada como inconveniente, un lastre del que hay que deshacerse para avanzar. Se vuelve descartable.

Cada vez más países están legislando para que sea lícito terminar con una vida humana, por el simple hecho de que incomode a alguien, se trate de un bebé en el seno de su madre, de un enfermo terminal o de un anciano del que su familia no se quiere ocupar. En Europa está sucediendo que los viejitos enfermos se niegan a ser llevados al hospital, porque ya saben que allí lo que les espera no es que los curen sino que les apliquen la eutanasia, supuesta ayuda ‘piadosa’ para que ‘no sufran’ y mueran ‘con dignidad’.

Pero que esta práctica sea legal no la hace moral (en el auténtico sentido de la palabra), aunque los gobiernos se empeñen en afirmar y publicitar lo contrario.

Al momento de escribir estas líneas, circula en redes sociales y medios de comunicación la noticia de la muerte de Vincent Lambert, un francés que a los 32 años sufrió un accidente que lo dejó en coma y llevaba así 10 años. Le suprimieron el suministro de alimento y agua, es decir, lo dejaron morir de hambre y de sed, porque su esposa y su sobrino lograron ganar la batalla legal contra los papás de Vincent, que defendían el derecho de su hijo a seguir viviendo.

La esposa alegaba que mantenerlo vivo era ‘encarnizamiento terapéutico’, lo cual es falso, pues ese término se refiere a aplicar a un paciente costosos, dolorosos o inútiles tratamientos y medicamentos cuando no se tiene esperanza de mejoría. Pero Vincent no estaba medicado ni conectado a un respirador. Lo único que no podía hacer era comer, por lo que, como muchos otros pacientes, requería de una sonda por la que se alimentara e hidratara. Retirársela le causó la muerte. Fue lo que ordenaron las autoridades.

Su caso ha provocado un feroz debate.

Los que están a favor de que muriera, han tildado a los papás de Vincent de ‘ultracatólicos’ e ‘irracionales’ por empeñarse en mantenerlo vivo aunque fuera un ‘vegetal’. Quienes se opusieron a dejarle morir afirman que quien fue creado a imagen y semejanza de Dios, no puede ser considerado ‘vegetal’. No es una planta, es un ser humano con alma, y aunque su cuerpo no responda, ¿quién puede saber lo que sucede en su interior?

Ha habido incontables casos de pacientes que despiertan del coma y afirman haberse dado cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor. Cabe citar dos ejemplos de personas que sufrieron accidentes, por cierto a la misma edad de Vincent: 32 años.

Miguel Parrondo, español, pasó 15 años en coma. Él mismo cuenta que su doctor le dijo a su papá que no había nada que hacer y le propuso desconectarlo, pero como su papá es muy católico dijo: ‘sólo Dios puede quitar la vida’ y se negó. Dice Miguel, ‘si no fuera por la fe de mi papá, yo no habría vivido para contarlo’.

Otro caso: Munira Abdulla, de los Emiratos Árabes Unidos, sufrió un accidente en el que logró proteger a su niño de 4 años, pero ella quedó en coma. Los doctores la declararon en ‘estado vegetativo’ y quisieron desconectarla, pero su hijo se negó. Y tras 27 años de estar en coma, en 2018 ella despertó.

Se equivocaron los médicos que pronosticaban que Miguel y Munira no despertarían. Lamentablemente en el caso de Vincent los médicos se aseguraron de que no despiertara.

El Papa Francisco nos pide: ‘Oremos por los enfermos que son abandonados hasta dejarlos morir. Una sociedad es humana si protege la vida, toda vida, desde el inicio hasta su fin natural, sin decidir quién es digno o no de vivir.’