Opinión

Angelus Dominical: en busca de Dios

EN UN EXCESO DE CONFIANZA  pero sin arrogancia ni jactándome de cosa alguna -¡menos de ser geógrafo!- hoy quiero referirme a algunos cerros y montes que rodean la CDMX; “¿Y a qué viene el tema?”, podrás preguntar y no me detengo en responderte, más bien te comparto algunos recuerdos y otros datos pescados al vuelo…

LA MAYOR CUMBRE en las cercanías de esta urbe es el Ajusco (3,937 m); y fue por el año 1978 que con mis compañeros seminaristas nos trepamos sin poder llegar hasta la cima: el tiempo no lo permitió y las fuerzas e impericia de varios de nosotros nos dictaron prudencia; de todos modos disfrutamos el horizonte, la vista, el frío, el cansancio, la fogata, y –por encima incluso de los alimentos- la celebración de la Santa Misa…

EL CERRO MÁS VISITADO y conocido en el Valle de México sin duda es el Tepeyac que apenas se eleva unos 20 metros sobre la altura promedio de la CDMX (2,240 m); seguramente fue el primer cerro que subí una y otra y otra vez, pues desde mi más tierna infancia ahí nos llevaban papá y mamá en plan de devoción y paseo: ¡qué divertido era treparse por donde se podía!…

EL CERRO DEL PEÑÓN de los Baños es otra de las pequeñas elevaciones orográficas del entorno, y hasta donde tengo entendido no hay acceso al público, pues sirve de sede para antenas y radares del aeropuerto de la CDMX; su nombre prehispánico es Tepetzingo, (“Cerro chiquito”) y ahora verás un contraste…

EN EL PEÑÓN VIEJO, entre Aztahuacán y Acatitla, fue donde Hernán Cortés instaló su campamento para comenzar el asedio a Tenochtitlán; su nombre en náhuatl –Tepepolco (“Cerro grande”)- parecería una tomada de pelo, pero el paisaje y la toponimia de entonces no dieron para darle otro apelativo mejor a ese islote que acaso sobresale unos 100 metros sobre el paisaje…

ME PARECE QUE en altura seguirían el Yuhualizqui (2,410 m) y el Cerro de la Estrella (2, 460 m); del primero te diré que durante siglos ha sido cantera de tezontle para el Valle de México, lo mismo para el Templo Mayor que para edificios virreinales (es el cerro que ves en San Lorenzo Tezonco y no sobra decir que está prohibido el acceso); y del segundo basta mencionar el Vía Crucis de Iztapalapa para que sepas de cuál se trata…

LA LISTA SEGUIRÍA con otros volcanes extintos de la serranía de Santa Catarina y acaso volveríamos al norte con el Cerro del Chiquihuite (2,730 m) en colindancia con el municipio de Tlalnepantla, y luego bajar al suroeste hasta el Cerro de San Miguel (3,786 m) en la zona del Desierto de los Leones, que le anda pisando los talones al Ajusco ya mencionado al inicio, ¡újale!, ya me cansé…

EL TEMA NACIÓ en conversación con un egregio presbítero justo delante del Cerro del Chiquihuite, pues comentaba que las montañas, cerros o elevaciones orográficas siempre han sido lugar de encuentro entre Dios y los hombres, por ejemplo: el Sinaí y el Tabor (bíblicos), el Fuji (Japón), el Kilimanjaro (Tanzania), el Ararat (Turquía), el Monte Athos y el Olimpo (Grecia), o Machu Pichu (Perú), y un largo etcétera… S

IN ENTRAR EN MÁS detalles notemos que subir un cerro siempre cuesta trabajo y que no es el lugar más idóneo para vivir (¿te acuerdas de la puntada de San Pedro con su “hagamos tres chozas” y que relata el evangelista Mateo?), sin embargo toda altura es lugar privilegiado para una panorámica, para tener control del entorno, para acercarse al cielo, para sentir que tocamos las estrellas, para evocar los éxitos, para renovar ideales, para sentirnos menos chiquitos, para ¡encontrarnos con Dios!…

UNA PIRÁMIDE O UNA CATEDRAL que se elevan por encima de la ciudad siguen siendo imitación de cumbres, anhelo y búsqueda de Dios, siguen significando el ansia de trascendencia, el deseo de eternidad, ¡ah!, la búsqueda de lo que no se acaba…

SI PUEDES SUBIR a cualquier cerro ya experimentarás algo de lo dicho, y si no tienes la posibilidad de ascender siquiera a la azotea de tu domicilio, pues métete en tu habitación o acude al templo más cercano, y en lo secreto de tu corazón ponte en oración con tu Padre del cielo, que finalmente esa es la mejor altura desde donde podemos vivir y contemplar todo nuestro entorno (Mt 6,6)…

¡UF!, ¡UF!, Y MÁS ¡UF!, que de momento no sabía yo a dónde me iba a conducir todo ese rollo de cerros y montes; termino recomendándote que no te vayas a construir ninguna torre como en Babel, que ahí todo fue confusión…