Opinión

¿Por qué a Jesús de Nazaret lo llamaron maestro?

ME PREGUNTO SOBRE las diferencias que distinguen a un instructor, un profesor y un maestro, y me respondo –yo solito, y acaso me equivoque- con la brevedad y rapidez que debe mostrar quien no tiene otra cosa qué hacer que terminar de estar ocioso…

¿TAL VEZ SERÁ QUE un instructor es ocasional (te enseña a manejar un aparato, a seguir las instrucciones o a lograr una habilidad pasajera), un profesor te lleva adelante en alguna disciplina científica (astronomía o botánica, historia o psicología) y un maestro es quien te habilita para que abras tu inteligencia, para que asumas ideales y valores, para que puedas cruzar el ancho mar de tu existencia con provecho para ti y para los demás?…

A JESÚS DE NAZARET le llamaron “Maestro” y la carga propia de este concepto ciertamente queda muy por debajo de los talones a quien manejó la sencillez y la profundidad de quien afirma que no se enciende una vela para ponerla debajo de la mesa (Mt 5, 15), y que –a la vez- supo escapar de las trampas y argucias que le plantearon sus enemigos, como cuando aseveró: “Den al César lo es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21)…

LO QUE HACE FALTA a un instructor para serlo de calidad es entender los conceptos, identificar las piezas, conservar un orden, repetir si es necesario, y su tarea concluye alcanzando los objetivos precisos; además de lo anterior, a un profesor le concierne establecer el campo propio de su materia, los antecedentes y las posibilidades, visualizar los riesgos para reducirlos al máximo y abrirse a las posibilidades para seguir avanzando: ¡qué buenos profesores los que hacen crecer el conocimiento de sus alumnos y logran que la ciencia avance!…

QUIERO PENSAR QUE para lograr ser un maestro hecho y derecho, es necesaria una genética existencial que te lleve siempre a tener ojos y oídos abiertos a la verdad y la belleza, que te lleve a una peregrinación sin fin por los vericuetos de la vida con honestidad y respeto, que te mantenga en alerta para evitar todo daño imprudente y para fomentar el crecimiento de cada corazón humano…

Y NO ME ESTOY REFIRIENDO al músculo cardiaco sino a la conciencia del hombre, y aprovecho para preguntar a algún cirujano que haya entre mis lectores si acaso cuando abren el pecho de un fulano para repararle las arterias, ahí aparece algún indicio que revele si el sujeto es africano o nórdico, si acaso ahí dice algo de su nacionalidad o sus antecedentes penales, o tal vez ahí se mire si es licenciado, marino o charlatán…

ASÍ COMO JESÚS, cada buen maestro va descubriendo lo que hay en el corazón de quien le escucha y le habla, de quien en el trato y la relación va entretejiendo una existencia del todo invaluable e irrepetible; y aquí hago una pausa percatándome que los maestros no lo son ni en la virtualidad, ni en la casualidad, ni en la distancia, sino en el trato y la cercanía, pues solo así se da y se comunica vida…

LOS PROGRAMAS ESCOLARES y los itinerarios académicos tienen su valía y eficacia, lo mismo que un instructivo o una guía para manejar tal máquina o adquirir tal habilidad, pero los caminos y procesos que se establecen entre un maestro y su discípulo escapan –casi siempre- a toda esquematización y calendarización, van más allá de una destreza y se enfocan a una actitud, no se quedan en lo meramente práctico o útil sino que terminan por desembocar dándole un sentido a la existencia, marcando de infinito lo pasajero y casi tocando con el dedo lo inalcanzable…

MAYO HA TRAIDO –como todos los meses- sus propias cuitas y dificultades así como sus ventajas e ilusiones, y justo para esta mitad del mes (¡felicidades, maestros!) me sugirieron referirme a quienes tienen la tarea social de atender en escuelas y universidades a tantos niños y jóvenes en calidad de alumnos, en ambiente de enseñanza-aprendizaje, y lo hago con la esperanza de que se vayan constituyendo en maestros y no solo en instructores o profesores…

DE IGUAL MODO me dirijo a quienes más allá de aulas y tareas, tienen la noble misión de infundir valores e ideales porque de alguna manera ya son ¡maestros!; y ahí incluyo –por supuesto- a los albañiles y los médicos, a las maestras-amas-de-casa y a los maestros-amigos-de-siempre, a los maestros que enseñan a vivir y a los maestros que enseñan a morir: ¡exacto!, no te vayas a morir sin antes haber sido maestro para alguien…

 

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El padre Eduardo Lozano es sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México.

 

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