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4 pretextos comunes para no confesarse (y cómo responder)

Los pretextos nunca faltan y por ello es común escuchar de algunas personas una serie de argumentos que vale la pena revisar y responder.
El Papa Francisco confesando. Foto: Vatican Media
El Papa Francisco confesando. Foto: Vatican Media

El Sacramento de la Reconciliación es un hermoso regalo de Dios que no debemos perdernos. Sin embargo, muchas veces  afloran los pretextos para no confesarse y es común escuchar de algunas personas una serie de argumentos que vale la pena revisar y responder:

1. No tengo pecados

Cuando alguien afirma esto, y no es la Virgen María, cabría preguntarle qué entiende por ‘pecado’; quizá cree que pecar es hacer algo gordo como matar a alguien o robar un banco, pero no sólo es así. Pecar es decirle ‘no’ a Dios, a lo único que te pide que es amar.

Jesús nos dejó sólo un mandamiento: Ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 15, 12) y advirtió también que el pecado no sólo abarca las obras, sino las intenciones del corazón (ver Mt 5, 21-28), así que, cada vez que piensas pestes de alguien, deseas su mal, envidias, juzgas, albergas rencor, estás pecando.

Leer: ¿Por qué el secreto de Confesión es inviolable?

También se peca de palabra: por ejemplo cuando mientes, criticas, difamas a otros; de obra: cuando haces algo por rencor, ira, egoísmo o para dañar;  y de omisión: cuando no haces un bien que podrías haber hecho. ¿Te das cuenta? ¡Es facilísimo pecar!, ¿quién no ha dicho una mentira?, ¿quién no ha sentido rencor? Dice San Juan: “Si decimos: ‘No tenemos pecado’, nos engañamos” (1Jn 1,8).

2. ¿Por qué decirle mis pecados a otro pecador?

Por dos razones. La primera, porque a quien le dices tus pecados es a Dios. El sacerdote es sólo un mediador para que tú puedas recibir el perdón de Dios, y la efectividad de este Sacramento no depende de la santidad del sacerdote.

La segunda, porque fue Jesucristo el que instituyó el Sacramento de la Reconciliación, cuando les dio a Sus apóstoles el poder de perdonar pecados en Su nombre (ver Jn 20,22-23; Mt 16,19 y 2Cor 5,18) y para que pudieran perdonarlos ¡tenían que oírlos! y obviamente delegar este poder a sus sucesores a través de los siglos. Jesús instituyó este Sacramento para tu bien.

3. Tuve una mala experiencia y ya no quiero volverme a confesar

¿Nunca has tenido un incidente desagradable durante la comida? Y no por eso has dejado de comer. Es cierto que no todos los sacerdotes tienen el carisma de ser buenos confesores, pero afortunadamente son muchos los que tienen la paciencia, sabiduría y tacto que se requieren.

No dejes que una mala experiencia te prive de disfrutar un Sacramento en verdad consolador. Pídele a algunos católicos que conozcas que te recomienden a un sacerdote que sepan que es buen confesor, ve con él y verás la diferencia. ¡Date una oportunidad!

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4. No necesito confesarme; le pido perdón a Dios en mi interior y basta

El Sacramento de la Reconciliación te da muchas cosas que no puedes obtener por ti mismo:

A) Decir lo que hiciste. No es lo mismo pensar que hiciste mal y olvidarlo, que decírselo a alguien. Eso te hace reconocerlo, asumirlo y buscar cambiar (Como cuando en las juntas de Alcohólicos Anónimos alguien se levanta y dice su nombre y reconoce que es alcohólico: comienza su sanación).

B) Desahogarte. Hay cosas que has hecho que no puedes contarle a nadie. Es un alivio poderlas decir al sacerdote y saber que él no las dirá a nadie, bajo pena de excomunión.

C) Recibir consejo. Por su gracia sacerdotal, experiencia y todo lo que ha oído, un buen confesor te ilumina, te da ideas para superar tu pecado que a ti no se te hubieran ocurrido.

D) Recibir el perdón de Dios. ¡Es maravilloso que Dios condescienda a permitir que un hombre perdone lo que le hacemos a Él! Escuchar las palabras de la absolución y recibir la bendición es sentir de manera palpable que el Señor nos perdona.

E) Recibir una gracia especial para superar tu pecado. El Señor derrama sobre ti toda Su gracia y Su ternura y te da una fuerza especial para que no caigas de nuevo en aquello que te hizo caer.

¡Es algo extraordinario que te pierdes si no te confiesas!

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