Opinión

¿Qué nos toca a la Iglesia para tener un país sin violencia?

“Oren todos los días por estas personas que tienen lastimados los corazones”, expresó Norelia Hernández al velar el cuerpo de su hijo.

Los primeros días de junio han sido para la familia de Norberto y la familia de Hugo Leonardo Avendaño, el otro joven universitario asesinado, una vorágine de sentimientos y emociones.

Son casos que constatan que la espiral de violencia se ha apoderado de nuestro México. La violencia está engendrando más violencia, esto es innegable.

En el Congreso de Cáritas Internationalis, efectuado del 23 al 28 de mayo y que reunió a presidentes y directores de las Cáritas Nacionales de más de 160 países, al conocer los congresistas que soy mexicano, la referencia inmediata era a un país con violencia, inseguridad y muerte, esto incluso sobre Venezuela, país al que se ubica en crisis política y económica. Honduras es referido por la pobreza y sus migrantes.

La violencia y la inseguridad tienen orígenes multifactoriales, pero acontecimientos como las muertes de Norberto y Leonardo, y otros no mediatizados, muestran que los factores detonantes de violencia e inseguridad siguen vigentes.

Es innegable que la situación sigue empeorando cada día, por lo que cuanto más tarden las soluciones de fondo, más difícil se vuelve la salida y la auténtica paz.

Se requieren acciones legislativas que marquen la ruta para resolver causas. Urge que el Estado busque verdaderos procesos de transformación.

Se necesita responsabilidad ciudadana, que no se quede en discusiones de redes sociales, sino que contribuya con acciones desde diferentes ámbitos sociales, así como urgirles a los diferentes niveles de gobiernos que asuman su responsabilidad.

No se puede postergar más una verdadera Reforma Educativa que, más allá de Sindicatos o Coordinadoras o de disquisiciones sobre lo educativo y lo laboral, resuelva la necesidad real de promoción de valores y cultura.

Como Iglesia ofrecemos el cumplimiento de nuestra misión espiritual mediante la evangelización. El Evangelio contiene el germen de paz que tanto se necesita.

Todo bautizado debe participar en el esfuerzo que contribuya en verdad a una vida en paz en sus familias, comunidades y barrios, en la vida política y social, en la Iglesia.

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