Homilía en la fiesta de San Juan Diego y de la Inmaculada Concepción

Homilía pronunciada en la fiesta de San Juan Diego y solemnidad de la Inmaculada Concepción de María celebrada en la Capilla de Indios de la Villa de Guadalupe.
El Cardenal Carlos Aguiar en la fiesta de San Juan Diego
El Cardenal Carlos Aguiar en la fiesta de San Juan Diego

“Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas” (Sal. 97).

Así respondíamos a la Palabra de Dios en esta Liturgia de la Palabra. ¿En qué consiste un canto nuevo? ¿En qué consiste que sea nuevo? ¿Una nueva melodía? ¿Una nueva letra? El Salmo no se refiere a eso, pues afirma claramente: “porque el Señor ha hecho maravillas”.

En eso consiste el canto nuevo al que hace referencia la liturgia, y lo recuerda precisamente en este día en que la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de María, en vista de la Encarnación de su Hijo Jesús. Fue tan grande esa maravilla, que sobrepasó la expectativa del pueblo judío de aquel tiempo, que esperaba al Mesías, al profeta que, en nombre de Dios, le señalara el verdadero camino de salvación a su pueblo. La comunidad judía esperaba a un Mesías, a un hombre como nosotros. Y sí llegó un hombre como nosotros, pero era el Hijo de Dios Encarnado. Eso estuvo muy por encima de sus expectativas. Esa fue la razón por la que la mayoría del pueblo judío no creyó que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios vivo.


Ante las maravillas de Dios, nosotros también nos quedamos sin palabras, pero otras veces no las descubrimos ni las reconocemos en medio de nosotros. Sólo cuando descubrimos la mano de Dios a través de lo que hacemos, entonces, con nuestra vida y testimonio, cantamos un cántico nuevo. Eso es un canto nuevo.

¿Por qué estamos aquí reunidos? Porque también celebramos una maravilla que Dios hizo al venir la Virgen María a Mexico, y mostrarse como Nuestra Señora de Guadalupe a un indio; a un hombre que representaba a un pueblo despreciado, marginado, dejado de la mano de Dios en su contexto de la conquista y del derrumbamiento de algo en lo que ellos creían, porque pensaban que sus dioses habían sido derrotados por el Dios de los cristianos. Así captaban los indígenas en su tiempo esta situación.

Y María de Guadalupe le dice a Juan Diego: “Hijito mío, ¿por qué te preocupas? ¿Por qué estás triste? ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”. María fue la Madre de Jesús, el Hijo de Dios vivo, una gran maravilla. María de Guadalupe se presenta también como la Madre del indio San Juan Diego, una nueva maravilla.
Y en la persona de San Juan Diego, ¿quiénes estamos? Nosotros, porque seguimos teniendo esa experiencia de sentir a María de Guadalupe como nuestra Madre. Esa experiencia de sentir su cercanía, su maternidad y su ternura cuando la miramos en la imagen que nos dejó para que la recordáramos viva, con ese rostro de una joven Madre para nosotros.

El Acontecimiento Guadalupano fue una maravilla, así como el hecho de la Encarnación. Tenemos motivos para cantarle un canto nuevo, pero quizá hace falta que esas maravillas también se den en nosotros, como pueblo, en este tiempo.

Todos estamos preocupados por la inseguridad, la violencia y la falta de respeto a la dignidad humana, sea en el varón como en la mujer. Nos hace falta ver esta maravilla de que Dios intervenga en nosotros para ir transformando esta realidad socio-cultural. Dios nos llama hoy porque quiere que cantemos un canto nuevo, como expresión de que Él interviene en nosotros por medio de su Espíritu.

¿Qué nos hace falta, si creemos en Ella? Nos hace falta compartir lo que creemos en el ámbito de nuestras vidas. ¿Cuántas familias –que se supone son escuelas de amor– no viven violencia intrafamiliar? ¿Cuántos esposos se están separando a los cuatro o cinco años de casados, cuando debieran ser los momentos de gran felicidad de la complementariedad de dos sexos que fueron creados para ser imagen y semejanza de Dios, y mostrar así la presencia de Dios en nuestro mundo? Cuando la familia logra su misión, no puede quedarse sin transmitir su experiencia, y la tiene que dar a conocer a otros.

Nos tenemos que comunicar. ¿Qué significa eso? Gracias a Dios no veo aquí a ninguna persona chateando, porque estamos tratando de comunicarnos con el Señor. ¿Pero qué recibimos en esos mensajes que hoy la tecnología nos hace llegar en segundos? ¿Experiencias bonitas, hermosas, encantadoras, de experiencias de vida donde el Espíritu de Dios se manifiesta? ¿O solamente drama, tragedia, escándalos, muerte? ¿Ven por qué debemos compartir lo que vivimos?

Para eso son las Eucaristías. La asamblea eucarística es para encontrarnos como hermanos, para crecer como comunidad, para sentir que no estamos ni solos ni abandonados de Dios, sino acompañados por quienes nos manifestamos miembros de la comunidad de discípulos de Jesús.

Cantemos al Señor un canto nuevo, porque el Señor quiere hacer maravillas con nosotros. ¡Que así sea!