Iglesia en México
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Homilía del Arzobispo Carlos Aguiar en el IV Domingo de Cuaresma

La Misa dominical en Basílica de Guadalupe se realizó sin la presencia de fieles en el lugar debido al coronavirus COVID-19.
La Misa se llevó a puerta cerrada ante la contingencia por coronavirus. Foto: DLF.
La Misa se llevó a puerta cerrada ante la contingencia por coronavirus. Foto: DLF.

¿Maestro, quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres? (Jn 9,2).

Los discípulos de Jesús, siguiendo la tradición recibida de sus antepasados para interpretar como castigos divinos las enfermedades congénitas, los vicios, y las tragedias, le plantean a Jesús la pregunta: ¿Maestro, quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?

Ante esta escena evangélica podemos preguntarnos hoy, quién pecó para que estemos padeciendo semejante pandemia. La respuesta de Jesús es contundente y nos ilumina el momento que vivimos. Jesús respondió: Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios (Jn 9,3).

Lee: Comentario al Evangelio, ¿qué podemos aprender de la curación del ciego? 

En efecto, ante situaciones dramáticas, críticas, trágicas, casi siempre surge la inquietud de saber quién fue responsable de lo sucedido. Jesús indica que más bien debemos preguntarnos, qué quiere Dios de nosotros ante los acontecimientos.

Continuando con la escena del Evangelio, hemos escuchado que: Jesús escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: Ve a lavarte en la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con vista (Jn 9, 6-7).

A la luz del Evangelio podremos descubrir, que el estilo de vida de la sociedad globalmente hablando, está más orientado en atender el cuerpo y dar satisfacción a sus tendencias, que desarrollar el espíritu que da vida al cuerpo. Y en esa inercia, pierde  importancia y sentido lo que hacen los demás, la persona del otro no me interesa; estamos así transitando a un individualismo subjetivista que convierte al otro en un objeto, me interesa el otro solamente si lo necesito para lograr mis objetivos. Entonces, ¿qué quiere comunicarnos Dios mediante los acontecimientos de la pandemia?

Debemos preocuparnos por alimentar no solo el cuerpo y atenderlo, sino también por alimentar el espíritu, abrirnos a la trascendencia, a la mirada del más allá, crecer y desarrollar mi experiencia de Dios, Padre de misericordia, que ha creado este planeta, para que sea nuestra casa común, que ha dejado en nuestras manos la responsabilidad de cuidarlo, respetando sus leyes naturales para su conservación, y que ha creado al ser humano para que aprenda a ejercitarse en el amor, entendido como amor gratuito y generoso, con quienes me rodean y convivo, para que generemos una sociedad fraterna y justa, que procura la paz y el bienestar común.

Hemos perdido el horizonte del destino para el cual fuimos creados. Nos preocupamos solamente del presente inmediato sin tener en cuenta el futuro. Estamos ciegos al no reconocer nuestra vocación a la trascendencia, nuestro destino a la vida eterna.

Al final del Texto cuando se encuentra Jesús con el ciego, a quien le devolvió la vista, Jesús le dice: Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean y los que ven queden ciegos (Jn 9, 39)

Con esta afirmación Jesús se presenta enviado por Dios Padre para dar a conocer al verdadero Dios, por quien se vive, y la finalidad de habernos creado, dándonos un espíritu eterno para compartir, como hijos, la vida divina en la Casa de Dios Padre.

Por eso, necesitamos encontrarnos con Jesucristo, para que nos ayude a ver y descubramos lo que debemos hacer, cómo debemos actuar e intervenir en esta pandemia. Así descubriremos que nos necesitamos, y debemos actuar solidariamente mirando el bien no solo personal, sino también de la sociedad en sus distintas expresiones: barrio, colonia, ciudad, país, mundo.

Hagamos realidad las palabras que el Apóstol San Pablo expresó en la segunda lectura: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la justicia, y la verdad. Busquen lo que es agradable al Señor y no tomen parte en las obras estériles de los que son tinieblas (Ef 5,8-11). San Pablo terminaba diciendo: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz (Ef 5,14).

Agradezco a Televisa, El Heraldo de México, Grupo Multimedios, Univisión, Azteca noticias, y muchas redes digitales que han dispuesto sus plataformas de comunicación para seguir alimentando nuestro espíritu en estas circunstancias, que impiden a los fieles asistir y participar físicamente en nuestras habituales celebraciones eucarísticas de los domingos. El Señor les recompense abundantemente, y sea en provecho de todos los que virtualmente están participando en esta celebración.

Ahora los invito a ponernos de pie para poner en manos de Nuestra Madre, María de Guadalupe nuestras súplicas y oraciones. Primero en un breve momento de silencio y luego juntos en oración.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,

escucha nuestras oraciones, atiende nuestras súplicas,

acompáñanos, protégenos, cuídanos.

Bajo tu amparo nos quedamos Señora y Madre Nuestra,

te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

Amén

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