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Homilía del Arzobispo Aguiar: ¿Qué significa permanecer alerta?

En Adviento, la Palabra de Dios genera esperanza, dijo el Arzobispo Carlos Aguiar en la Misa del Primer Domingo de Adviento 2020.
Arzobispo Carlos Aguiar Retes en la Basílica de Guadalupe. Foto: Cortesía INBG
Arzobispo Carlos Aguiar Retes en la Basílica de Guadalupe. Foto: Cortesía INBG

“Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre… Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”.

Al iniciar un nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento, la Palabra de Dios recuerda la relación filial de Dios con nosotros los humanos, que siempre debe estar en nuestra mente y en nuestro corazón: “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor”.


Nuestro Creador, quien nos ha dado la vida, es alguien que nos ama entrañablemente como un buen Padre, que está atento al desarrollo y al comportamiento de sus hijos para redimirlos; es decir, para rescatarlos cuando se encuentran en peligro, cuando han extraviado el camino, cuando su conducta se ha desviado, y en lugar de corresponder al amor, se han entregado al odio y la violencia contra sus hermanos.

Además, afirma el Profeta: “nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. Entonces, si estamos en sus manos y somos hechura de Dios, por qué no obramos el bien como Él lo hace, por qué permite que obremos mal y en contra de su voluntad y de sus proyectos. Incluso el Profeta va más allá al lanzar la pregunta con sabor a reclamación: “¿Por qué, Señor,  has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?”.

También nosotros, cuántas veces hemos considerado ante las injusticias y crímenes horrendos, que Dios parece impasible, indiferente, y que tarda en intervenir. Dichos acontecimientos cuestionan especialmente al hombre que los sufre y con frecuencia se pregunta: ¿Dónde está Dios? La impaciencia y desesperación humana en esos casos elevan ruegos como lo hace el profeta Isaías: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”. En una palabra, se desea en esas circunstancias que Dios actúe y resuelva favorablemente las injusticias provocadas por el mismo hombre. Pero no sucede así, Dios no parece intervenir para corregir y castigar al hombre criminal, ni a las organizaciones delincuenciales.

La explicación es muy sencilla, Dios nos ha creado para el amor, pero para lograr el aprendizaje y alcanzar la experiencia de amar, es indispensable la libertad. Si Dios interviniera cada vez, penalizando una mala acción, entonces nuestra experiencia de Dios sería de temor, por el miedo actuaríamos conforme a la normatividad, así jamás alcanzaríamos la experiencia de amar; y seríamos incapaces de la eternidad, ya que ésta consiste en compartir la vida divina que es el amor.

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¿Cuál es el camino para afrontar las tragedias, los dramas, y cualquier desastre? Seguir el ejemplo de Jesucristo, que precisamente vino al mundo para redimirnos, para rescatarnos de esas situaciones, para que no quedemos en la orfandad y la desesperanza. Él asumió la injusta sentencia de muerte en la cruz, con plena confianza en Dios, su Padre, quien envió al Espíritu Santo para fortalecerlo en el sufrimiento y muerte, y para devolverlo a la vida, resucitándolo de entre los muertos.

Es evidente que en Cristo vemos el caso extremo del sufrimiento que lleva a la muerte, pero hay muchas formas menores de sufrimiento que padecemos en esta vida, y en ellas, quien sigue el ejemplo de Cristo, recibe la fortaleza y la sabiduría para superarlas y salir adelante, logrando más convicción y experiencia del amor de Dios, nuestro Padre.

A este propósito entendemos la recomendación de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: “Velen y estén preparados, porque… no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.

En estas palabras está una indicación final muy contundente: “permanezcan alerta”. ¿Qué significa esta recomendación? Permanecer alerta significa tomar conciencia de la naturaleza pasajera de la vida terrena. Nuestra vida es transitoria, y tiene la finalidad de prepararnos para la vida eterna. No debemos perder de vista nuestro destino, por ello Jesús advierte que recordemos siempre, que no sabemos a qué hora terminará nuestro viaje.

¿Qué debemos hacer? San Pablo ofrece su experiencia y recomienda la gratitud de los dones que vamos recibiendo de Jesucristo al escuchar su palabra, al conocerlo, y al seguirlo fielmente: “Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por Él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento… Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es, quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.

En este tiempo del Adviento, para prepararnos a la Navidad, la Palabra de Dios ofrecerá con insistencia elementos para generar la esperanza. Hoy se ha centrado en el amor que Dios tiene por todas sus creaturas, en el destino final que nos ha preparado, y en la fidelidad absoluta para cumplir sus promesas. Pero especialmente en este tiempo de pandemia, que ha generalizado e intensificado las partidas inesperadas de tantos seres queridos, encontramos un gran consuelo en recordar que han partido a la casa del Padre, y que el dolor y el sufrimiento experimentados son transitorios y su final es la vida eterna.

Nuestra Madre, María de Guadalupe así lo vivió, acompañando a su Hijo en la Cruz, y recibió ella primero, la gran noticia de su resurrección. Nuestro Pueblo de México hace 5 siglos sufría la gran desolación generada por la conquista, y entonces vino ella a visitarnos, como un faro de luz y de esperanza, y se ha quedado con nosotros para acompañarnos y consolarnos durante estos siglos, como una madre pendiente de sus hijos, y ahora en este tiempo de pandemia permanece alerta, para recordarnos que, con su Hijo Jesús, resucitaremos también nosotros a la vida eterna.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

 

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