Las lecciones de vida de Martín Valverde: cuando la música se vuelve oración
El camino del cantautor católico Martín Valverde ha sido un puente entre la música y la espiritualidad.
Martín Valverde, nacido en San José, Costa Rica, el 19 de enero de 1963, ha construido una trayectoria que él mismo define más como apostolado que como carrera artística. Su camino ha sido un puente entre la música y la espiritualidad, iniciado en 1981 tras un encuentro personal con Jesús que marcó para siempre su vida.
“En terminología jesuita… mi primera experiencia fundante fue mi encuentro con Jesús”, recuerda. Tenía 17 años. Ya era músico, pero en su casa —como en tantas otras— decir “voy a ser músico” no sonaba a proyecto de vida, sino a una aventura incierta.
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En entrevista con Desde la fe, el cantautor comparte una serie de lecciones que han ido moldeando su camino, experiencias en las que el principal protagonista ha sido Jesús y que han definido su vocación.
Casi 45 años después, evoca con humor ese inicio marcado por la pregunta clásica del tío en Navidad: “¿y qué vas a estudiar?”, seguida del incrédulo “no, no, en serio”, al escuchar la respuesta: música.
Con el tiempo comprendió que su camino no nació de una decisión estratégica, sino de una fuerza interior difícil de explicar. Así descubrió que aquello que estaba encontrando en la fe podía comunicarlo con lo que ya llevaba puesto: la guitarra al hombro.
Primera lección: “Nadie te ama como yo”
Cuando aparece la canción inevitable —Nadie te ama como yo— la entrevista se transforma en una escena profundamente conmovedora. Martín Valverde recuerda con exactitud la fecha y el lugar: 9 de febrero de 1990, en Chihuahua, durante una cena-concierto a beneficio para la construcción de un edificio de la Iglesia.
Casi al finalizar, vio a un hombre levantarse, rodear una mesa y abrazar a su hijo. Aquella escena tocó una herida personal en su relación con su propio padre y lo llevó a una oración intensa, no planeada. Invitó a los asistentes a orar mientras cantaba, con los ojos cerrados, una canción improvisada sobre el perdón, fruto de su encuentro con el Espíritu Santo.
Al abrir los ojos, la imagen fue inolvidable: siete meseros lloraban “a moco tendido”. Con su característico humor, resume el momento así: “O aquí Dios hizo algo serio o la propina estuvo de la patada”.
Un amigo había grabado el concierto. Al pedirle que pusiera el final, Martín comenzó a pausar el video y a anotar, como quien transcribe algo recibido completo. Aquella transcripción se convertiría en Nadie te ama como yo.
Segunda lección: esperanza y sanación
Hay dos temas con los que suele vincular su vida y su música: la esperanza y la sanación.
“No sabemos esperar, y confundimos expectativa con esperanza”, afirma. Para él, la esperanza tiene una conjugación clara y hermosa: se llama Jesús, “porque no le podemos poner otro nombre”.
Sobre la sanación, explica que su objetivo no es solo que el público lo escuche, sino que, mientras canta, la persona se escuche a sí misma. “Ahí es cuando Dios dice: ‘yo tengo el bisturí… tú síguele; pásame nada más la anestesia’”. La anestesia —dice— es la música: lo que desarma, baja defensas y abre un espacio interior donde algo puede suceder.
Por eso rechaza la etiqueta de “música católica” como género. Se define, más bien, como alguien que canta desde su identidad: “No soy un adherido… soy un católico que canta música”. A los nuevos músicos les aconseja no perder la esencia, el “ojo del tigre”, la formación y el sentido de apostolado, más allá de los “likes” y las plataformas.
Tercera lección: el silencio
Es uno de sus temas predilectos. Cuando habla del silencio no lo hace como una idea bonita, sino como una práctica concreta. En la partitura —explica— existe una nota escrita que se llama “silencio”. Sirve para dar color. “Dios muchas veces escribe esa nota en tu partitura”.
Su recomendación es clara: regalarse tiempo, porque el silencio “es una escuela”. Cuenta que no puede comenzar el día sin al menos media hora de silencio, una disciplina que conecta con una observación pastoral actual: muchas búsquedas contemporáneas de meditación son, en el fondo, búsquedas de interioridad, algo que la Iglesia también ha cultivado a lo largo de su historia.
En ese silencio hay un nombre en el cual concentrarse: Jesús.
“El amor existe, Dios se hace canción, Dios te ama. No es un concepto ni una frase de camiseta. No te tiene lástima. Es amor a punto de cruz. Pero la historia más importante es esta: Dios te ama”.
Cuarta lección: el dolor sin maquillaje
El momento más delicado llega cuando habla de la muerte de su hijo menor, Jorge Pablo, fallecido el 22 de junio de 2024, a los 31 años, tras una vida marcada por la parálisis cerebral y un complejo proceso de salud, incluida la leucemia.
Martín Valverde lleva el dolor al terreno de la fe. El duelo sin Dios —dice— se vuelve “concéntrico” y hunde; con Dios, se vuelve “elíptico”: el dolor regresa, pero también hay respiros, y se aprende a caminar.
Propone entonces cambiar la pregunta: pasar del “¿por qué?” al “¿para qué?”. Y ofrece un consejo concreto: pedir ayuda, no caminar solo, buscar acompañamiento. En una palabra: vivir.
La entrevista cierra con una frase que funciona como envío para quien escucha:
“No te pido que creas en Dios. Te estoy recordando que es Dios el que cree en ti y te ama. Déjate amar; lo demás se va a agregar”.

