El testimonio de este sacerdote te conmoverá hasta las lágrimas

Cuando el sacerdote terminó de contar cómo Dios lo salvó de morir, sólo se escuchaban algunos sollozos y después un aplauso interminable.
El padre Victor Torres, de la Arquidiócesis de México, orando ante un sirio
P. Víctor Torres, sacerdote de la Arquidiócesis de México/ Foto: Alfredo Márquez

Cuando el P. Víctor Torres terminó de dar su testimonio, el Card. Carlos Aguiar Retes, arzobispo de México, se acercó conmovido a darle un fuerte abrazo, mientras que el presbiterio completo rompió en un sonoro aplauso que se prolongó por varios minutos. Esto ocurrió en la reunión del clero de la Arquidiócesis de México, con motivo de la pasada fiesta del santo Cura de Ars.

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La enfermedad le arrebató a su madre

Muy poco tiempo después de perder a su madre y a su hermano en plena pandemia, el padre Víctor Torres debió enfrentar uno de los momentos más difíciles de su vida, cuando enfermó de Covid y, durante un largo tiempo, estuvo a punto de morir en varias ocasiones.

Aunque valora y agradece profundamente la labor de los doctores que lo atendieron en el hospital y durante su recuperación, está convencido de que, si hoy sigue con vida y ejerciendo su ministerio sacerdotal, es gracias a Dios y al poder de la oración. 

Hace algunos días, durante una reunión del Arzobispo Primado de México, Carlos Aguiar Retes, con su presbiterio, el padre Víctor contó su testimonio: “Yo solamente puedo decir que si yo estoy aquí, definitivamente es por el poder de la oración. Es Dios quien, con su infinita misericordia, con su infinito poder, me hizo levantarme; pero también lo que me hizo levantarme fue la oración de tanta gente”

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Los estragos del covid

En pocos meses, el padre Victor perdió a su madre y a su hermano, quien falleció por Covid-19.

Mientras vivía el luto de ambas pérdidas, se enteró de que él también estaba contagiado, y su estado de salud comenzó a agravarse; acudió al hospital, donde inmediatamente lo ingresaron y en muy poco tiempo lo intubaron por primera vez.

“En ese momento es cuando acudes a Él y cuando dices: ‘Señor, si no me intubo, de todos modos voy a morir; si me intubo, puede existir una posibilidad’. Entonces, dije ‘adelante’”.

“Esa intubación se prolongó mucho, obviamente no se siente nada, no se sufre nada, no se padece dolor (…) Pero había familia, angustiada día tras día, por no tener respuesta alguna. Una familia, amigos y comunidades”.

Por esos días, la oración se intensificó.

“Fue tanta la oración de las comunidades donde he servido como sacerdote, de colegios, conventos, de muchos lugares del país e incluso de fuera del país donde, sin conocerme, oraban constantemente por mí”.

Tiempo después, salió del hospital, pero no estaba completamente recuperado. Era que se habían terminado los recursos económicos para mantenerlo internado.

“No me lo podían decir, lo supe tiempo después (…) yo pensaba que me sacaban del hospital para morir en casa, al verme en esa situación era lo que yo esperaba”.

Continuó con oxigenación y, durante ese tiempo, en dos ocasiones estuvo a punto de morir, a tal grado que una doctora decidió suspenderle las hemodiálisis que necesitaba, convencida de que ya no había nada más que hacer y sólo le estaba prolongando el sufrimiento.

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“Debo confesarme contigo”

Pero una vez más, se manifestó el poder de Dios y, contra todo pronóstico, su hígado comenzó a responder.

“Padre -le dijo esa doctora tiempo después-, tengo que confesarme contigo. Cuando yo dije que ya no tenían que darte hemodiálisis, yo pensaba que en dos o tres días me iban a dar noticia de que tú habías muerto, porque yo sabía que necesitabas las hemodiálisis, pero después de verte sufriendo tanto tiempo, dije ‘ya no. Que ya no sufra más’”.

“Mientras yo creí que quitándote las hemodiálisis ibas a morir, comenzaste a recuperarte de una manera extraordinaria”.

Periódicamente, el padre Víctor volvía al hospital para continuar su tratamiento. Primero, lo hacía en ambulancia; después, en silla de ruedas, hasta que un día llegó por su propio pie.

“Cuando los doctores me veían que yo llegaba caminando, empezaban a llorar. Hombres de ciencia lloraban y me decían, ‘no puede ser. Usted es el único paciente que hizo que nosotros cinco nos rindiéramos ante la ciencia y que fuéramos capaces de decir ‘ahora, Señor, te toca a Tí’”.

“Padre -le dijeron emocionados-, nos puso a orar, cosa que nosotros nunca hicimos por un paciente, y pusimos a nuestras familias a orar, porque sabíamos de su condición. Usted, hasta dormido en la intubación, estaba haciendo un apostolado, estaba haciendo que un paciente orara y confiara en Dios”.

Como recién ordenado

Ahora, el hígado del sacerdote funciona al 77 por ciento, y sigue mejorando, al grado que el transplante ya no es necesario. Además, avanza su capacidad pulmonar, lo que le ha permitido volver a ejercer el ministerio sacerdotal en la Parroquia del Perpetuo Socorro de la Ciudad de México.

“¡Estoy como niño, estoy como recién ordenado! (…) ¿Qué le digo a un recién ordenado? Ay, Dios mío, si pudieran sentir la alegría que siento yo de poder celebrar la Eucaristía, de poder bautizar, de poder confesar, de poder hacer una presentación de un niño al templo, de poder bendecir a las personas y a los objetos cuando te los ponen en la mano.

“Si pudieran sentir esa alegría que siento yo, esto es lo que les diría: siéntanlo, vívanlo, disfrútenlo, porque si ustedes lo viven, si lo sienten y lo disfrutan, entonces la gente podrá disfrutar y podrá gozar. ¡Bendito sea Dios! Porque su poder es grande, y su Misericordia muchísimo más”.

 

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