Mons. Aguilar partió a la Casa de Dios, con un bello equipaje en el corazón

En su época de seminarista, monseñor Roberto Aguilar Zapien descubrió una gran lección, misma que aplicó a lo largo de toda su vida.
Falleció Mons. Roberto Aguilar, Canónigo Emérito del Cabildo Metropolitano.
Falleció Mons. Roberto Aguilar, Canónigo Emérito del Cabildo Metropolitano.

Este 2 de febrero, a los 99 de edad, falleció monseñor Roberto Aguilar Zapien, Canónigo Emérito del Cabildo Metropolitano, cuya vida fue un completo agradecimiento a Dios por todo lo vivido, pero más aún por saber que la vida era un regalo de Él.

A monseñor Roberto Aguilar le era inconcebible hablar de cosas de la vida que le hubieran gustado y de cosas que no. Sin embargo, eso no era obstáculo para que recordara con especial cariño diversas experiencias de la vida. “Cosas que, por lo pequeñas -solía decir-, se pueden llevar siempre en el corazón”.

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El camino sacerdotal

Monseñor Roberto Aguilar tomó la decisión ingresar al Seminario y entregar su vida a Dios cuando tenía unos 12 o 13 años, sin que su familia fuera de las más católicas de la época, y sin que hubiera ocurrido un impactante milagro en su vida que lo llevara por ese camino.

Lo que sucedió fue que cierta ocasión, mientras platicaba en la mesa con su madre y sus hermanos, se le ocurrió hacerle a ella una pregunta, como pudo haberle hecho cualquier otra: “¿Mamá, cómo será ser sacerdote?”.

Su madre, desde luego, no supo la respuesta. Sin embargo, le comentó que su papá tenía un pariente que trabajaba en la Catedral Metropolitana, quien probablemente podría responderle. De inmediato fue a buscarlo, y tras platicar un rato sobre el parentesco que los unía, el hombre le preguntó por qué había ido. “¡Porque quiero ser sacerdote!”, respondió sin más.  El hombre, que resultó ser su tío, lo llevó de inmediato al Seminario de Tlalpan.

Fue entonces que conoció el Seminario. Aquel día vio como andaban jugando los seminaristas y se acercó a platicar con ellos. Enseguida lo acompañaron a ver al Rector, quien le preguntó si quería ser sacerdote. Él ahora respondió que no estaba seguro, porque no sabía que era eso y tampoco qué se necesitaba para serlo.

“Pues has venido precisamente al lugar donde se hacen los sacerdotes”, le dijo el Rector. Y así, sin mayor explicación, decidió ingresar al Seminario, sin saber que lo extraordinario de la vida estaba por revelársele.

Monseñor Roberto Aguilar en compañía de José Roberto (estudiante de Teología) y el padre Jesús Riaño.

Lo extraordinario de la vida

Ya como seminarista, monseñor Roberto Aguilar empezó a ver que tenía mucha facilidad para establecer buenas amistades: maestros y compañeros eran por igual sus grandes amigos, y con nadie tuvo nunca algún conflicto. Pero de las cosas de aquella época que más solía recordar con especial cariño y agrado, era el día en que el Rector le pidió que lo acompañara a Acapulco en las vacaciones del año siguiente.

Luego de que el Rector le extendiera aquella invitación, él lo comentó con sus papás, quienes le preguntaron cómo le haría para poder realizar ese viaje. A lo que él  contestó: “Pues mejor díganme ustedes cómo le hago, porque eso cuesta dinero”.

Como faltaba todo un año para dicho viaje, a manera de solución sus papás le recomendaron ahorrar todo el dinero que le fueran dando. Él se propuso entonces juntar peso por peso. Y así fue como logró reunir lo necesario para realizar dicho viaje.

Pero no lo hizo sólo una vez, sino durante todo el tiempo de su formación: ahorraba todo el año, y cuando llegaban las vacaciones, ya tenía el viaje pagado. Así lo hacía todo el tiempo, y esta fue una gran enseñanza, porque se comenzó a dar cuenta de que lo extraordinario de la vida estaba en lo ordinario, como él mismo solía decir. Además, dicha enseñanza no se quedó sólo en los viajes, si no que le sirvió para todo.

“No he necesitado de cosas aparatosas -aseguró en una entrevista en 2019-, no me han ocurrido milagros que platicar y ni siquiera quiero tenerlos. Lo extraordinario de la vida es el milagro de estar vivo, que soy sacerdote y que lo disfruto al máximo. Lo extraordinario de la vida es también el milagro de que nunca he dejado de tener plena conciencia de que Dios me ama, y de que yo quiero amarlo todos los días que me queden de vida”.

Monseñor Roberto Aguilar tiene un consejo para las nuevas vocaciones, como José Roberto, estudiante de Teología.

Un consejo a los sacerdotes jóvenes

Monseñor Roberto Aguilar aseguró en aquella entrevista que desde que Dios lo llamó al ministerio sacerdotal, nunca deseó ser otra cosa. “Lo digo sin aspavientos -señaló-: nunca en la vida he sentido otro atractivo que este: ser sacerdote y amar a Dios”.

Por tal razón, en aquel entonces monseñor Roberto Aguilar Zapien envió una felicitación especial a quienes fueron, son y serán elegidos por el Señor para el ministerio sacerdotal.

“Lo que tengo que decirles -señaló-, se resume en esto: hagan siempre lo que Él les pida. Vivan la vida del Señor; pídanle que nunca los abandone, y Él se los concederá. Eso es lo que yo le pido para mí mismo”.