Historias de Fe
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¿Dónde hallar lo extraordinario de la vida? Obispo de 96 años lo explica

En su época de seminarista, monseñor Roberto Aguilar descubrió una lección que ha aplicado toda su vida.
Monseñor Roberto Aguilar, Obispo Emérito de la Arquidiócesis de México.
Monseñor Roberto Aguilar, Obispo Emérito de la Arquidiócesis de México.

A sus 96 años, monseñor Roberto Aguilar Zapien, Obispo Emérito de la Arquidiócesis de México, agradece a Dios absolutamente todo lo que ha vivido, “porque la vida entera es un regalo de Él”. Bajo esta visión, le es inconcebible hablar de cosas que le hayan gustado y de cosas que no; pero eso no quita que recuerde muy  bien varias experiencias gratas de la vida, que por lo pequeñas se pueden llevar siempre en el corazón.

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Monseñor Roberto Aguilar tomó la decisión ingresar al seminario y entregar su vida a Dios cuando tenía unos 12 o 13 años, sin que su familia fuera de las más católicas de la época, y sin que hubiera ocurrido un impactante milagro en su vida que lo llevara por ese camino.


Lo que ocurrió fue que cierta ocasión, mientras platicaba en la mesa con su madre y sus hermanos, se le ocurrió hacerle a ella una pregunta, como pudo haberle hecho cualquier otra: “¿Mamá, cómo será ser sacerdote?”.

Su madre, desde luego, no supo la respuesta; sin embargo, le comentó que su papá tenía un pariente que trabajaba en la Catedral Metropolitana, quien probablemente podría contestarle. De inmediato fue a buscarlo, y tras platicar un rato sobre el parentesco que los unía, el hombre le preguntó por qué había ido. “¡Porque quiero ser sacerdote!”, soltó sin más esa respuesta.  El hombre, que resultó ser su tío, lo llevó de inmediato al Seminario de Tlalpan.

“Conocí el lugar -refiere monseñor Roberto Aguilar-, vi cómo andaban jugando los seminaristas y platiqué con ellos. Luego fuimos a ver al Rector, quien me preguntó si quería ser sacerdote. Le dije la verdad: que no sabía qué era eso, y que tampoco sabía que se necesitaba para serlo. ‘Pues viniste precisamente al lugar donde se hacen los sacerdotes’, me contestó”. Así, sin mayor referencia, decidió que ingresaría al Seminario, sin saber que lo extraordinario de la vida estaba por revelársele.

Monseñor Roberto Aguilar en compañía de José Roberto (estudiante de Teología) y el padre Jesús Riaño.

Lo extraordinario de la vida

Ya como seminarista, monseñor Roberto Aguilar empezó a ver que tenía mucha facilidad para establecer buenas amistades; maestros y compañeros eran por igual sus grandes amigos, y con nadie tuvo nunca algún conflicto. Pero de las cosas que más recuerda, es el día en que el rector le pidió que lo acompañara a Acapulco en las vacaciones del año siguiente.

“Al volver a casa, lo comenté con mis papás. ‘¿Pero cómo le vas a hacer?’, me preguntaron. ‘Pues mejor díganme ustedes cómo le hago, porque eso cuesta dinero’. A manera de solución, sus papás le recomendaron algo: “Todavía queda un año -le dijeron-. ¿Qué te parece si todo lo que vamos a irte dando, lo vas guardando y con eso te vas a Acapulco el fin de año?”.

Y eso fue lo que hizo, juntó peso por peso todo el dinero que le dieron y se fue a Acapulco. Pero no sólo una vez, sino todo el tiempo de su formación: ahorraba todo el año, y cuando llegaban las vacaciones, ya tenía el viaje pagado. Así lo hacía todo el tiempo, y esta fue una gran enseñanza: “Me di cuenta entonces de que lo extraordinario de la vida estaba en lo ordinario”.

Pero dicha enseñanza no se quedó sólo en los viajes, si no que le ha servido para todo. “No he necesitado de cosas aparatosas, no me han ocurrido milagros que platicar y ni siquiera quiero tenerlos. Lo extraordinario de la vida es el milagro de estar vivo, que soy sacerdote y que lo disfruto al máximo. Es también el milagro de que nunca he dejado de tener plena conciencia de que Dios me ama, y de que yo quiero amarlo todos los días que me queden de vida”.

Monseñor Roberto Aguilar tiene un consejo para las nuevas vocaciones, como José Roberto, estudiante de Teología.

Un consejo a los sacerdotes jóvenes

Monseñor Roberto Aguilar asegura que desde que Dios lo llamó al ministerio sacerdotal, nunca deseó ser otra cosa. “Lo digo sin aspavientos: nunca en la vida he sentido otro atractivo que este: ser sacerdote y amar a Dios”.

Por tal razón, monseñor Roberto Aguilar Zapien felicita a quienes en la actualidad han sido escogidos por el Señor para el ministerio sacerdotal, y voluntariamente lo han aceptado. “Lo que tengo que decirles -señala-, se resume en esto: hagan siempre lo que Él les pida. Vivan la vida del Señor; pídanle que nunca los abandone, y Él se los concederá. Eso es lo que yo le pido para mí mismo, lo que he vivido y lo que necesito seguir viviendo”.

 

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