El Papa Francisco en la Plaza España. Foto: Vatican Media
15 diciembre, 2019

La oración a la Inmaculada en la plaza de España

Necesitamos ser liberados de la corrupción del corazón

“¡Cuánto necesitamos ser liberados de la corrupción del corazón, que es el peligro más grave!» Es la oración dirigida por el Papa a la Inmaculada durante el tradicional acto de veneración del domingo 8 de diciembre en la romana plaza de España”.

Oh María Inmaculada,
nos reunimos a tu alrededor una vez más.
Cuanto más avanzamos en la vida
más aumenta nuestra gratitud a Dios por habernos dado como madre a nosotros, que somos pecadores.

A Ti, que eres inmaculada.
Entre todos los seres humanos, tú eres la única
preservada del pecado, como madre de Jesús Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Pero este privilegio singular tuyo
te ha sido dado por el bien de todos nosotros, tus hijos.
De hecho, mirándote vemos la victoria de Cristo,
la victoria del amor de Dios sobre el mal:
donde abundaba el pecado, es decir, en el corazón humano,
ha sobreabundado la gracia,
por la mansa potencia de la Sangre de Jesús.

Tú, Madre, nos recuerdas que somos pecadores,
pero ya no somos esclavos del pecado.
Tu Hijo, con su Sacrificio,
ha roto el dominio del mal, ha ganado el mundo.
Esto habla a todas las generaciones sobre tu corazón
límpido como el cielo donde el viento ha disipado toda nube.

Y así tú nos recuerdas que no es lo mismo
ser pecadores y ser corruptos: es muy diferente.
Una cosa es caer, pero después, arrepentidos,
volver a levantarse con la ayuda de la misericordia de Dios.

Otra cosa es la connivencia hipócrita con el mal,
la corrupción del corazón, que por fuera se muestra impecable,
pero por dentro está lleno de malas intenciones y de egoísmos mezquinos.

Tu pureza límpida nos llama a la serenidad,
a la transparencia, a la sencillez.

¡Cuánto necesitamos ser liberados de la corrupción del corazón, que es el peligro más grave!
Esto nos parece imposible, somos tan adictos,
y en cambio, está al alcance de la mano. Basta con levantar la mirada a tu sonrisa de Madre, a tu belleza sin contaminar,
para sentir nuevamente que no estamos hechos para el mal,
sino para el bien, para el amor, para Dios.

Por eso, oh Virgen María,
hoy yo te encomiendo a todos aquellos que, en esta ciudad
y en todo el mundo, están oprimidos por la desconfianza,
por el desánimo a causa del pecado;
cuántos piensan que para ellos ya no hay esperanza,
que sus culpas son demasiadas y demasiado grandes,
y que Dios no tiene tiempo que perder con ellos.

Te los encomiendo, porque tú no solo eres madre
y como tal nunca dejas de amar a tus hijos,
sino que eres también la Inmaculada, la llena de gracia,
y puedes reflejar desde dentro de las tinieblas más espesas
un rayo de la luz de Cristo Resucitado.

Él, y solo Él, rompe las cadenas del mal,
libera de las dependencias más ávidas, disuelve de los lazos más criminales,
enternece los corazones más endurecidos.
Y si esto sucede dentro de las personas,
¡cómo cambia el rostro de la ciudad!
En los pequeños gestos y en las grandes decisiones,
los círculos viciosos se hacen poco a poco virtuosos,
la calidad de la vida se hace mejor
y el clima social, más respirable.

Te agradecemos, Madre Inmaculada,
por recordarnos que, por el amor de Jesucristo,
nosotros ya no somos esclavos del pecado,
sino libres, libres de amar, de querernos,
de ayudarnos como hermanos, aun siendo diferentes entre nosotros,
gracias a Dios diferentes entre nosotros.

Gracias, porque con tu candor nos alientas
a no avergonzarnos del bien, sino del mal:
nos ayudas a tener lejos de nosotros al maligno,
que con el engaño nos atrae hacia él, a espirales de muerte;
nos das la dulce memoria de que somos hijos de Dios,
Padre de inmensa bondad,
eterna fuente de vida, de belleza y de amor. Amén.

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