El Papa Francisco en su viaje apostólico a Mauricio. Foto: L'Osservatore Romano
22 septiembre, 2019

La fuerza de un pueblo que pide ser confirmado en la fe

31º viaje internacional del Papa Francisco: Mozambique, Madagascar y Mauricio.

Hay un aspecto del viaje de Francisco a Mozambique, Madagascar y Mauricio que lo une con todos los demás viajes de los Papas, sin que esto reduzca mínimamente su importancia, porque, por el contrario, la fortalece. Es la unión del pueblo de Dios que espera al Papa, un aspecto central del ministerio petrino que quizás ni siquiera las imágenes puedan transmitir. Es aquella inmensa cantidad de personas (retratadas en sus rostros, en sus miradas, en sus gestos) que hablan de la expectativa, de la alegría, de la fuerza de un encuentro. Es el milagro de un pueblo congregado a lo largo de kilómetros de camino, reunido en las explanadas, acampando a la intemperie, en medio del polvo, solo para ver pasar al Papa, cruzar los ojos y concentrar en un instante su historia personal y colectiva, para ser visto y bendecido; es el poderoso testimonio de lo que es la Iglesia. Cientos de miles de personas vinieron para ser uno, para expresar su fe con alegría, y para ser confirmados por el sucesor de Pedro. Cientos de miles de personas encarnan cada una la presencia visible de Dios, quien también espera ser visto en cada una de estas miradas. Cientos de miles de personas que, a su vez, devuelven al sucesor de Pedro y a la Iglesia toda la fuerza del pueblo de Dios.

En este encuentro de miradas, de debilidades y de fe está el misterio de la Iglesia que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, y también está el misterio del munus petrino, que lo hace firme a pesar de las dificultades que siempre atravesó y atraviesa. El Papa Francisco habló de ello durante la conferencia de prensa en el avión cuando, respondiendo a una pregunta sobre las tentaciones cismáticas, dijo que no tenía miedo y que confiaba en la oración; cuando habló de la fe de los pueblos mozambiqueño, malgache y mauriciano; cuando explicó lo que hizo que el cristianismo se extendiera y creciera: no el proselitismo, sino el ser reconocido por el amor, por el hecho de ser uno. Jesús habló de ello durante la Última Cena, dirigiéndose a Pedro en la dramática situación de aquellas horas que precedieron a su muerte y resurrección, y después de la fiesta de la multitud en Jerusalén que lo había acogido como rey. Lo hizo explicando que la fuerza de Pedro y de sus sucesores, que la preserva de las puertas del infierno, radica en la oración por Pedro que el mismo Jesús confió a Dios Padre.

Como explicaba san Juan Pablo II, las palabras de Jesús (Lucas 22,31-32) «se refieren sin duda a la dimensión escatológica del Reino, cuando los Apóstoles serán llamados a “juzgar a las doce tribus de Israel” (Lucas 22,30). Pero también tienen valor para su fase actual, para el tiempo de la Iglesia aquí en la tierra. Y este es un tiempo de prueba[…]». Esas palabras sirven «también para inducirnos a ver a la luz de la gracia la elección, la misión y el poder mismo de Pedro. Lo que Jesús le promete y le confía viene del cielo, y pertenece -debe pertenecer- al Reino de los Cielos» (Audiencia general, miércoles 2 de diciembre de 1992).

Por Paolo Ruffini


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