Catedral de Santa María en Tokio. Foto: L'Osservatore Romano
9 febrero, 2020

Franciscus Xaverius y el cerezo

Conoce a historia de este misionero que evangelizó en Japón.

Franciscus Xaverius Sri Waluyo es un misionero que llegó hace dieciséis años a Japón, recién ordenado sacerdote en su tierra natal de Indonesia. Sigue resonando en su corazón lo vivido hace unos meses. El padre Waluyo acompañó a ochenta jóvenes de la Diócesis de Saitama al encuentro con el Papa en la Catedral de Santa María de Tokio. Además, fue muy hermoso que Leonardo, uno de los jóvenes, diera su testimonio al inicio del encuentro. Este chico es hijo de inmigrantes filipinos y ha experimentado el problema de la discriminación y el acoso escolar. Leonardo pidió a Francisco: «Por favor, dime, Santo Padre, ¿cómo debemos enfrentar los problemas de discriminación y acoso que se están extendiendo por todo el mundo?». Al final de su discurso, el obispo de Roma concluyó: «Nunca se desanimen ni dejen de lado sus sueños. Denles suficiente espacio, atrévanse a vislumbrar vastos horizontes y vean lo que le espera si aspiran a lograrlos juntos». 

«A menudo soy consciente de que soy ‘gaijin’ (extranjero) aquí en Japón». Por eso, Xaverius Waluyo se abre a cualquier actividad que le ayude a integrarse más. Ha tenido que superar la barrera del idioma, del clima, la comida y la cultura. Ama Indonesia, pero se siente feliz como misionero. Reconoce que los japoneses ponen todo en armonía con la naturaleza, ya que encuentran una presencia espiritual en todo. Además de párroco, es director de un centro de Educación Infantil. Allí tiene muchas posibilidades de anunciar el Evangelio tanto a los maestros como a los niños e incluso a sus padres. Los católicos son el 0,3% de la población, aunque son valorados por sus contribuciones a la sanidad y a la educación. En la Universidad del Sagrado Corazón estudió la emperatriz emérita Michiko.

Son diferentes las dificultades y desafíos para integrarse en el país siendo extranjero. A Waluyo le preocupan especialmente aquellos que tienen una familia, los que vienen a estudiar o los que se están formando. Por eso, mantiene una estrecha relación con tres comunidades indonesias con las que celebra la eucaristía: Yotsuya, Meguro y Oarai. «Es una bendición para mí y para la gente tener la misa en nuestro propio idioma. No todo el mundo puede entender bien el japonés a pesar de haber estado en este país durante muchos años». Los miembros de las comunidades son muy dinámicos. Hay muchos jóvenes que están llenos de energía, sueños, esperanzas y preocupaciones también. Nuestro misionero trata de ser sensible a sus necesidades, especialmente en el área de su vida espiritual.

Otro de los desafíos en medio de tanta actividad es cuidar su vida interior: «Cuanto más estoy conectado con mi ser interior, más estoy conectado con la guía espiritual de mi vida», confiesa convencido. De ahí que cuide cada noche un buen rato de adoración ante el Santísimo. Waluyo tiene siempre in mente la imagen del “Sakura” (cerezo en flor): nos hemos de renovar cada día, cuidando de las ramas antiguas y nuevas y ofrecer la belleza de la fe especialmente a los pobres que aquí toman el rostro de los ancianos y de los inmigrantes y al paciente trabajo de integración de extranjeros (especialmente de Filipinas, Vietnam e Indonesia) en las comunidades cristianas.

Por Fernando Cordero

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