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COLUMNA

Columna invitada

Decálogo del Empresario

Una propuesta de decálogo del empresario cristiano como una orientación elemental para las empresas.

11 junio, 2026
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“Dios es empresario” y “Los tres pilares de la Empresa” son mis artículos anteriores. Esta es la tercera y última parte de mis entregas con respecto a la visión cristiana de la Empresa; se trata de una propuesta de decálogo del empresario cristiano como una orientación elemental para las empresas. El Decálogo es breve, elemental, pero exigente. Espero que les sirva:

Primero: Parte de una ética empresarial a cuyos imperativos se someten los intereses, las motivaciones y las decisiones. Por eso cada decisión económica es también una decisión moral.

Segundo: considera tu empresa no sólo como propiedad, sino como encargo recibido de Dios. 

Tercero: la persona siempre está por encima del capital

Cuarto: busca la ganancia, sí, pero nunca a costa de la justicia

Quinto: paga salarios que permitan vivir con dignidad, y no sólo sobrevivir. 

Sexto: Construye relaciones, no sólo contratos con las personas.

Séptimo: rechaza la corrupción, incluso cuando sea una corrupción sistemática. 

Octavo: cuida la legalidad, aun cuando la ilegalidad parezca mucho más rentable. 

Noveno: recuerda que tu empresa moldea a la sociedad tanto como tus productos. 

Décimo:  no olvides que el balance final de la vida no se cierra en esta tierra, sino en el cielo. 

México no se va a reconstruir solo con discursos ni con ideologías, se va a reconstruir (o se perderá) en los talleres, en las fábricas, en las oficinas, en los consejos de administración, en esa ética cotidiana de quienes toman decisiones económicas cada día. Quien es empresario o empresaria no son salvadores del país, pero sí son responsables de una parte decisiva de su destino. 

Y cuando un empresario decide ser justo, aunque le cueste; honesto, aunque pierda; humano, aunque no esté de moda; está haciendo algo profundamente cristiano. Está preparando, sin saberlo, el camino del Señor en la economía real. 

Porque al final, como lo recordaba el Cardenal John Henry Newman, no importará tanto cuánto éxito tuviste, cuánto dinero ganaste, sino si cumplimos o no la misión concreta para la que Dios nos puso en este mundo. 

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