Conociendo al Arzobispo de México Una nueva cosmovisión

Marilú Esponda

Luego de que el Seminario de Montezuma cerrara sus puertas, Carlos se trasladó al Seminario de Tula, Hidalgo, donde cursó el cuarto año de Teología, de 1972 a 1973. Su formación siguió a cargo de los padres jesuitas, pues la Compañía de Jesús, que instruía académicamente a los alumnos en aquel seminario al norte de Nuevo México, se comprometió a seguir al frente de la educación en el de Tula.

Durante sus estudios Filosofía, algunas de las teorías que más llamaron la atención de Carlos fueron las de Teilhard de Chardin, jesuita francés –autor de El fenómeno humano y El medio divino–, que antes del Concilio era un teólogo prohibido, quien centraba toda su cosmovisión y antropología en Cristo. No sólo casaba la fe con el mundo natural y la ciencia, sino que proponía un tipo de pensamiento optimista, evolutivo, encarnado, lo cual ayudó a Carlos a rebasar la concepción más ritualista y cultualista de la fe, y a descubrir al verdadero Dios creador.


Carlos Aguiar fue testigo del gobierno pastoral de Paulo VI, quien fue electo Papa el 21 de junio de 1963 y llevó a feliz término el Concilio Ecuménico Vaticano II, acontecimiento que transformó la vida de la Iglesia, que se presentó al mundo como depositaria de una verdad portadora de paz, amor y libertad, en actitud dialogante y con deseos de servir.

Siendo entonces estudiante, a Carlos le tocó la transformación social y política de la Iglesia, además de la crisis que la había llevado a un enorme descontrol. El Concilio Vaticano II trajo al mundo una enorme riqueza doctrinal con los documentos emitidos, que se estudiaban con ahínco en los seminarios de todo el mundo.

Durante esos años, nuevas realidades eclesiales subrayaron la llamada universal a la santidad, la santificación del trabajo, la vocación apostólica en el Bautismo y una nueva perspectiva de la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo.

Cerrar la brecha

Una riqueza de doctrina tradicional expuesta por jesuitas, combinada con nuevos estudiosos preconciliares y posconciliares, la mayoría provenientes de Roma, fueron ampliando los horizontes doctrinales de Carlos Aguiar.

Una de sus experiencias de vida más profundas se produjo al constatar el abismo entre lo que la Iglesia vivía y lo que la Iglesia estaba llamada a ser. Así, cerrar esa brecha, para que la Iglesia pueda cumplir su verdadera misión, fue una de sus principales motivaciones para abrazar definitivamente su vocación al sacerdocio.

“Antes de tomar la decisión definitiva de ser sacerdote –comenta el Arzobispo Primado de México– tuve una fuerte crisis. Veía una gran brecha, un grande abismo entre lo que la Iglesia vivía y lo que la Iglesia quería ser. Entonces dije: ‘¿Valdrá la pena ser sacerdote para que esta brecha sea cada vez menor, y para que la Iglesia llegue a hacer lo que ha de ser?’. Eso me motivó mucho”.

El 22 de abril de 1973, en la Catedral de Tepic, el Obispo Adolfo Suárez Rivera ordenó sacerdote a Carlos Aguiar Retes.

Su primer destino pastoral fue la vicaría de un templo ubicado en una colonia muy pobre: la capilla tenía techo de lámina y un gran patio interior de tierra. El padre Carlos quiso mejorar las condiciones del recinto. Su mamá y sus hermanas conseguían ropa y ponían un bazar todos los domingos. Tessy, Mayra y Analú iban a recoger las prendas de vestir con sus amigas y las mamás de sus amigas, la seleccionaban, les ponían precio según la calidad y las vendían. Resultó un éxito; de ahí obtuvieron muchos recursos para construir un salón parroquial y darle mejor presencia a la capilla.

Un día, tras terminar una reunión con sacerdotes, Don Adolfo Suárez mandó llamar a Carlos y a Manuel, y les informó que irían a estudiar a Roma.

–Pero sepan que este viaje no es ningún privilegio personal, sino una misión para el servicio cuando regresen a la Diócesis –les advirtió.

Tomado del libro: Una Iglesia para soñar


“Antes de tomar la decisión definitiva de ser sacerdote  tuve una fuerte crisis. Veía una gran brecha, un grande abismo entre lo que la Iglesia vive y lo que la iglesia quería ser”.
Card. Carlos Aguiar

 



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