La restauración de los niños Dios en el Centro Histórico de CDMX: “Una tradición que perdura con fe”
En el Centro Histórico de la Ciudad de México, la restauración de los niños Dios es un oficio especializado que conserva imágenes religiosas con alto valor histórico, devocional y familiar.
El niño Dios llegó envuelto en una cobija vieja, con un brazo roto y la pintura cuarteada por los años. Había pasado por las manos de abuelos, tías y madrinas durante más de un siglo. Ahora, una mujer lo entregaba con cuidado, y sin duda con miedo, a un restaurador del Centro Histórico de la Ciudad de México. “A veces hay que ser un poco rudo para poder sanar”, advertía él, mientras lo colocaba sobre la mesa de trabajo.
Esa escena se repite cada enero en la calle Talavera, donde familias enteras llegan cargando algo más que una imagen religiosa: traen consigo recuerdos, promesas y una fe heredada. Para muchos, ese niño Dios no es una figura: es parte de la familia.
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El “médico” de los niños Dios
Desde hace 26 años, Omar Ortega se dedica a la restauración de niños Dios. Aprendió el oficio de su tío, un artesano con más de medio siglo de experiencia, reparando y restaurando imágenes religiosas, un arte que ya sólo pocos lo hacen.
“La primera imagen que restauré fue un niño Dios”, recuerda. Desde entonces, su mayor satisfacción ha sido ver la confianza con la que las personas ponen en sus manos aquello que más quieren. “Vienen con mucha fe y esperanza para que su niño, ya sea de madera, resina, yeso o bronce, quede lo mejor posible”.
A su taller han llegado piezas de enorme valor, no por su precio, sino por su historia. “Hay veces que traen niños Dios con más de 100 años en la familia. Han estado en distintas casas, en distintas salas, pero siempre con las mismas personas. Eso pesa”.
Historias de devoción que no se explican
Cada imagen llega acompañada de relatos íntimos: oraciones escuchadas, favores concedidos y promesas cumplidas. Algunas historias, incluso, descolocan al propio restaurador.
“Una vez nos contaron de un niño que, al sacarlo de su nicho para arrullarlo, tenía los pies raspados”, cuenta Omar. “Yo mismo vi sus deditos: estaban raspaditos, como si hubiera caminado”.
También ha escuchado relatos de niños Dios a los que se les caen solos los zapatitos, pequeñas travesuras que las familias narran con asombro y ternura. Omar no juzga ni explica: escucha, observa y continúa su trabajo.
Recuerda especialmente un niño Dios de madera, con más de un siglo en la misma familia. “Estaba tallado a mano, era una pieza única. Hoy casi todos se hacen con molde; ya no hay otro igual. Eso lo vuelve irrepetible”.
Restaurar sin delicadeza… para cuidar mejor lo sagrado
Omar compara su oficio con el de un médico. “Para sanar, a veces hay que ser un poco rudo”. Para la restauración del niño Dios es necesario retirar por completo su vestimenta, colocarlo de cabeza, recostarlo o moverlo con firmeza. En el taller se mezcla el olor a pintura, el polvo de yeso y el silencio tenso de los dueños que observan.
“Con frecuencia nos piden que lo cuidemos mucho. Los traen con cobijas, bufandas y hasta zapatitos de invierno”, explica. “Pero para hacer bien el trabajo hay que quitar todo eso y maniobrar la imagen. Eso impacta”.
Ese momento revela el profundo cariño y devoción que muchas personas sienten por sus niños Dios. “Los cuidan como si fueran niños reales. Ahí se nota que los tratan como a sus hijos”, dice. “Pero nosotros necesitamos maniobrarlos para dejarlos en las mejores condiciones”.
Cuando el proceso termina, la reacción suele ser de alivio y gratitud. “Ven el resultado, agradecen. Llegan con mucha devoción al niño Dios, porque realmente lo quieren”.
El proceso de restauración paso a paso
Las imágenes pueden estar hechas de yeso, madera, resina, cerámica o barro. Las partes más frágiles suelen ser los dedos y la nariz, sobre todo en figuras pequeñas. Muchas veces llegan en cachitos. Primero, Omar vuelve a unir las piezas y devuelve la forma; luego, capa a capa, regresa la forma y el color perdido. Al final, con una brocha fina, traza cejas, labios y mirada.
“Eso es lo que podemos hacer para dejarlos lo mejor posible”, aclara Omar. “No siempre quedan exactos; por lo general, las manos y los pies son lo más complicado”.
No obstante, el tiempo de trabajo varía, pues “depende del daño y del material, pero por lo regular un niño Dios puede quedar listo entre una hora y media y tres horas”.
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Una tradición religiosa que atraviesa el tiempo
Tras más de dos décadas de trabajo, Omar asegura que la devoción al niño Dios sigue viva, aunque cambie con las nuevas generaciones. “Muchos jóvenes se alejan, pero la tradición familiar permanece. Y llega un momento en que regresan, porque ese Niño era de la mamá, de la abuelita, de alguien que amaron”.
Cuando el trabajo termina, el taller guarda silencio. La familia recibe la imagen, la observa, la besa o la vuelve a vestir con cuidado. A veces hay lágrimas.
En Talavera, en el Centro Histórico, no solo se restauran figuras: se remiendan memorias, se prolonga la fe y se confirma que lo sagrado se cuida con amor y respeto.
Manos, color y mirada
Cada restauración es distinta. Hay Niños de yeso, madera, resina, cerámica o barro. Los más delicados suelen ser los dedos y la nariz; en figuras pequeñas, cualquier error se nota.
A veces llegan literalmente en cachitos. Omar comienza por unir las piezas, devolver la forma. Luego, capa a capa, regresa el color a la piel gastada por los años. Al final, con la brocha más fina, traza cejas, labios y mirada.
“Eso es lo que podemos hacer para dejarlos lo mejor posible”, aclara. “No siempre quedan exactos; las manos y los pies suelen llevar más modificación”.
El tiempo también varía. “No hay un promedio. Depende del daño, del material, de la antigüedad. Pero por lo general, un Niño puede quedar listo entre una hora y media y tres horas”.
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Lo que se repara no es solo una figura
Tras más de dos décadas de trabajo, Omar asegura que la devoción al Niño Dios sigue viva, aunque cambie de forma. “Muchos jóvenes se alejan, pero la tradición de los abuelos permanece. Y llega un momento en que regresan, porque ese Niño era de la mamá, de la abuelita, de alguien que amaron”.
Cuando el trabajo termina, el silencio se impone. La familia recibe la imagen, la mira, a veces la besa, otras la vuelve a vestir con cuidado. En Talavera no solo se restauran figuras. Se remiendan memorias, se alarga la fe de las familias y se confirma que lo sagrado, como todo lo que se ama, se cuida con manos firmes, respeto profundo y mucho amor.


