El amor de una madre a su hijo adoptivo expresado en una bella carta

"Lo biológico puede volverse polvo, puede acabar, sin embargo, el espíritu quedará por siempre" asegura una madre adoptiva a su hijo.
Carta de una madre a su hijo adoptivo
La adopción puede ser una gran bendición para muchos niños que nacieron sin esa oportunidad.

¡Hola, mi chiquito! ¿Cómo estás? Deseo que muy bien. Yo, gracias a Dios, con mis achaques, pero bien.

Sabes, en esta carta quiero decirte que eres el regalo más hermoso que Dios nos ha dado a tu papá y a mí. Me pregunto: ¿qué hicimos para merecer tan gran don? ¡Ja!,¡Ja!, como si todo lo que nos da fuera por merecerlo.

En fin, recuerdo el día en que le pedí a la Morenita que, por favor, ya no se hiciera del rogar y que nos mandara un regalito. Nunca imaginé que nos lo mandara así de grandote. A tus cuatro años, cuando te conocí, me robaste el corazón. Aquellos ojos que nos miraban con tanta ternura a tu abuelita y a mí. Aquella voz que cuando te dijeron: “Esta es tu mamá, ¿te quieres ir con ella?, contestaste: “Ti…Ti”.

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¡Oh! mi chiquito… cuántos momentos vividos: de felicidad, de tristeza, somos tan especiales, que sigo pensando que la cita bíblica que escribimos en los recuerdos de tu Bautismo, fue una gran inspiración divina. “No te preocupes, te tengo grabado en la palma de mi mano”. Isaías 49,16. ¿Recuerdas?

Te decía: somos como unas hormiguitas en las manos del Señor, con las cuáles Él se divierte; ya parece que nos deja caer y nada, nos lleva a gozar en el centro de su mano. Y cuando fuimos a que te dieran la visa (pasaporte), parecía que ya estábamos juntos con tu papá, y que nos dicen que no habíamos hecho los trámites de tu llegada correctamente, ¡casi logran alejarte de nosotros!; sin embargo, Dios puso en nuestro camino muchas personas buenas que ayudaron a mitigar nuestro dolor. Dolor esfumado con el aroma de los pétalos que aventabas en mi lecho el día de mi santo o cumpleaños… aquellos bracitos apretándome y escuchando de tus labios que era la mamá más linda. Gracias por tanta dicha, mi niño, mi futbolero, mi campeón.

Ahora, a tus casi catorce años, cuando cursas el 2º año de secundaria y que el Señor te ha llevado más cerca de Él, en la Apostólica donde aprendes tantas cosas que luego me enseñas, pienso y pienso ¡cuánto he sido amada por Dios!

Tú no estuviste nueve meses en mi vientre, pero has estado en la mente de Dios desde que te creó, y en mi deseo desde lo más íntimo de mi corazón. Has invadido todo mi ser. ¡Cuánta diferencia!, pues lo biológico puede volverse polvo, puede acabar, sin embargo, el espíritu quedará por siempre.

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Ahora sé que el amor de una madre puede soportar cualquier sufrimiento y encausar hacia la verdadera felicidad al hijo de su alma.

Mi niño, podría no terminar esta carta, pero tengo que hacerlo, pero antes quiero pedirte perdón, Sí…perdón, por aquella palabra que debí callar. Por aquella voz que debí bajar. Por aquel consejo que no supe dar. Por aquel coraje que debí menguar.

Mira, fue mi ignorancia la que me empujó a actuar así. Pero, sabes mi chiquito, no hay mayor gozo que saber perdonar y así, demostramos como Dios, saber amar.

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