Santa Mentoría

Claves de San Agustín para mejorar tus relaciones

¿Cuál es la parte que me corresponde en el problema? Esta sería la pregunta que tendríamos que responder ante cualquier conflicto y sólo hasta que tengamos cierta claridad en la respuesta, luego de un análisis objetivo y fundamentado de la situación, deberíamos, si es necesario, emitir un juicio respecto a los demás involucrados.

Claro que todos tenemos derecho a la libre expresión y a tener una postura ante cualquier circunstancia, propia o ajena, sin embargo, podemos caer en un cinismo crónico cuando observamos todo desde nuestro supuesto lado del “bien” y, automáticamente, colocamos a los demás en el supuesto lado del “mal”. 

Una de las trampas más comunes en la que caemos cuando estamos frente a un conflicto es la hipersensibilidad ante lo que nos atañe y una falta de sensibilidad acerca de lo que vive el otro. Solemos cerrarnos y actuar a la defensiva ante cualquier suceso que impacte nuestro prestigio y lastime nuestro ego. 

Desde esta paranoia ante lo que sea que pueda “restarnos importancia”, vemos las situaciones de un modo unilateral, complicando aún más la conciliación y los acuerdos constructivos, además de profundizar el problema a partir de actitudes agresivas e irracionales.

San Agustín, un hombre cuyo sello principal fue la búsqueda incansable de la verdad, desde diversas corrientes de pensamiento hasta llegar a su conversión al cristianismo, es una gran referencia para tomar ejemplo de cómo actuar ante las diferencias que tenemos con los otros.

Ahí, en donde cada parte defiende su verdad hasta las últimas consecuencias, pasando por encima de la relación y, desafortunadamente, en muchas ocasiones, de la integridad de su contraparte, es en donde podemos tomar algunas enseñanzas de la genialidad de este santo y Doctor de la iglesia.

 

  • Intenta adquirir las virtudes que crees que les faltan a tus hermanos. Entonces ya no verás sus defectos, porque ya no los tendrás. 

Cuánto de lo que juzgamos en otros no es más que un reflejo de nosotros mismos. Una forma de evadir nuestras propias debilidades. No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos. Desde esta premisa nos será más sencillo entender qué tan viciada esta nuestra mirada ante una situación debido a nuestros propios prejuicios y temores. 

La única forma de liberarnos de la peor de las esclavitudes, que es el encierro en nosotros mismos, será abriendo nuestra mente para entender que cada persona es un observador distinto a nosotros y que la única forma de sobrellevar estas diferencias es basándonos en el respeto y la validación de las diferencias, aunque no las compartamos del todo.

 

  • Da lo que tienes para que merezcas recibir lo que te falta.

Además del don de la caridad, a veces necesitamos dar más de lo que pedimos en términos de actitudes. La congruencia entre mis acciones hacia los demás y mis expectativas del otro. 

Por ejemplo, cuando estoy en medio de un problema y quiero sentirme respaldado y amado, pero cuando se trata de otros doy lo mínimo necesario o nada en absoluto. Cuando espero el apoyo y reconocimiento de los demás, pero soy incapaz, por celos o inseguridades, de celebrar la felicidad ajena.

Las relaciones están basadas en una correspondencia firme que las sostiene, no desde un inventario escrupuloso entre lo que doy y recibo, sino desde el bien que hago en la vida de los demás y la inspiración que éste despierta en los otros para brindarnos bienes (materiales o espirituales) cuando estemos en una situación de necesidad.

 

  • La gente suele ser curiosa por conocer las vidas ajenas y desidiosa para corregir su propia vida. 

“Mirar la paja en el ojo ajeno” como lo dijo nuestro Señor Jesucristo. Todos, sin excepción, hemos caído, estamos ahí o caeremos en esto. Parece ser parte de nuestra naturaleza, sin embargo, una vez que vamos adquiriendo más consciencia de este vicio, es nuestra responsabilidad entrenar la mirada para dirigirla hacia nuestros propios defectos, antes de centrarnos en las deficiencias de los demás.

La invitación es, pues, a iniciar por resolver mis conflictos internos, aquellos que nublan mi visión y me impiden ver los problemas desde una mirada más misericordiosa y humilde. ¿Cómo podré resolver mis conflictos con otros si no he podido resolverlos conmigo mismo? El egoísmo, la crítica y murmuración, la falta de empatía, la apatía y la intolerancia con los que afronto mis asuntos y los del mundo. 

El cambio inicia en nosotros, en nuestra libertad y sobre todo en la voluntad con la que trabajemos día con día para lograrlo. Esto no quiere decir que viviremos libres de conflictos, pero seremos conscientes de que aun en los peores momentos no estamos solos y que con la gracia de Dios seremos capaces de cambiar nuestra mirada para observar las cosas de la manera en que Cristo nos enseñó y, por consiguiente, haciendo el menor daño posible, tanto a nosotros mismos, como a nuestros semejantes.

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