Atrios y cámaras: el diálogo Iglesia-seguridad
La Iglesia tiene un capital social difícilmente igualado por otras instituciones que le posibilita operar como mediadora de confianza
Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).
En la construcción de seguridad y paz, cada gesto útil al reordenamiento de la convivencia merece atención, como la singular alianza entre la Iglesia católica y las instituciones de seguridad pública de la Ciudad de México.
No se trata de un pacto formal ni de un convenio administrativo, sino de una coincidencia en los símbolos y confianza, que abre una ruta de enorme significado comunitario.
La visita del Rector de la Basílica de Guadalupe, Monseñor Efraín Hernández Díaz, al Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano (C5) de la CDMX representa otro signo cargado de significados. El Templo Mariano es epicentro espiritual de la capital y uno de los lugares de mayor concentración humana en el continente.
El C5, por su parte, es epicentro tecnológico de la vigilancia. Con un crecimiento previsto de 36 por ciento este año, para sumar 30 mil 400 cámaras a las 83 mil 414 existentes.
Esa alianza es reveladora de la convergencia de voluntades: la fe y la seguridad, espiritualidad y algoritmo, consuelo y control. La construcción de paz en una mirada integral donde conviven las dimensiones tecnológica y moral.
Un antecedente de labor conjunta y coordinada es el programa “Sí al Desarme, Sí a la Paz” que ha encontrado en las parroquias no solo un espacio logístico, sino un aliado moral. Canjear las armas en un atrio parroquial envía un poderoso mensaje: la violencia, representada en un revólver o una pistola oxidada, se deposita en un lugar donde esos instrumentos carecen de sentido y la vida tiene un valor sagrado.
La Iglesia tiene un capital social difícilmente igualado por otras instituciones que le posibilita operar como mediadora de confianza, garante simbólica de un gesto auténtico de construcción de paz.
En las filas de espera para entregar armas no solo se alinean personas con pistolas heredadas o rifles guardados, también ciudadanos que confían en un entorno donde la promesa de paz está respaldada por una autoridad moral. Esta colaboración responde a una necesidad real: la paz se construye con símbolos capaces de tocar fibras profundas.
La seguridad no es un campo exclusivo del Estado, aunque este tenga el monopolio legítimo de la fuerza; es un bien común edificado con la suma de instituciones, valores y símbolos. O, dicho de otra manera: a Dios rezando y con la cámara vigilando.