La santidad de los laicos: una vocación cotidiana iluminada por los santos de enero
Durante mucho tiempo se pensó que la santidad estaba reservada a sacerdotes y religiosos, pero el Concilio Vaticano II recordó que todos los bautizados están llamados a la plenitud de la vida cristiana.
Durante mucho tiempo, la santidad fue entendida como un ideal reservado casi exclusivamente a sacerdotes, religiosos y religiosas. Esta percepción, aunque comprensible por la visibilidad de estas vocaciones, oscureció una verdad esencial del Evangelio: Dios llama a todos los bautizados a la santidad. El Concilio Vaticano II recuperó con claridad esta enseñanza al afirmar que “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (Lumen gentium, 40). En este horizonte, la santidad de los laicos no es una santidad de segunda categoría, sino una forma plena y auténtica de seguir a Cristo.
La vocación propia del laico consiste en buscar el Reino de Dios en medio de las realidades temporales, ordenándolas según el designio divino. La familia, el trabajo, la participación social y política, la cultura y la economía se convierten así en el lugar concreto donde el Evangelio puede y debe encarnarse. La santidad laical no se construye al margen del mundo, sino en él, transformándolo desde dentro con la fuerza silenciosa del amor cristiano.
El mes de enero, inicio del año civil y tiempo de propósitos renovados, nos ofrece un elenco significativo de santos que iluminan este camino. Entre ellos destaca Santa Inés, celebrada el 21 de enero. Joven laica del siglo IV, Inés vivió su consagración a Cristo en medio de una sociedad marcada por la violencia y la persecución. Su testimonio resulta especialmente elocuente para los laicos de hoy, pues muestra que la santidad no depende de estructuras externas ni de roles eclesiales específicos, sino de una fe profundamente arraigada y vivida con coherencia. En una edad en la que muchos buscan afirmarse a través del poder o el placer, Inés eligió la fidelidad al Evangelio, incluso a costa de su propia vida.
Santa Inés recuerda que la santidad laical también implica valentía y coherencia, especialmente cuando la fe cristiana entra en tensión con los valores dominantes de la sociedad. Su ejemplo interpela a los laicos a no vivir una fe privatizada o reducida al ámbito del culto, sino a dar testimonio público, respetuoso pero firme, de Cristo en la vida cotidiana.
Otro santo de enero, San Antonio Abad (17 de enero), aunque no fue laico en el sentido estricto, ofrece una enseñanza de gran valor para todos los bautizados. Su vida de retiro y aislamiento del mundo no representa una huida del mundo, sino una llamada permanente a la conversión del corazón. En un contexto cultural marcado por el consumismo y la superficialidad, San Antonio recuerda a los laicos que la santidad exige un combate espiritual constante, un discernimiento lúcido y una libertad interior frente a todo aquello que esclaviza.
La santidad laical se alimenta de esta misma dinámica: vivir en el mundo sin dejarse dominar por él. Esto implica aprender a ordenar los deseos, a usar los bienes con responsabilidad y a poner en el centro la relación con Dios. En este sentido, la espiritualidad laical no es menos exigente que la religiosa; simplemente se vive desde otros escenarios.
El calendario de enero también nos presenta a San Francisco de Sales (24 de enero), obispo y doctor de la Iglesia, cuya enseñanza resulta especialmente cercana a los laicos. San Francisco insistió en que la devoción auténtica es posible en cualquier estado de vida y que sería un error pensar que la santidad es incompatible con las ocupaciones ordinarias. Para él, la vida espiritual debía adaptarse a la condición concreta de cada persona, no al revés. Esta visión resulta hoy de enorme actualidad, pues anima a los laicos a vivir una espiritualidad encarnada, realista y profundamente evangélica.
Desde esta perspectiva, la santidad laical se manifiesta en gestos aparentemente sencillos: la fidelidad en el matrimonio, la educación responsable de los hijos, la honestidad en el trabajo, la preocupación por los más pobres, el compromiso por la justicia y la paz. No se trata de realizar acciones extraordinarias, sino de hacer lo ordinario con un amor extraordinario, dejando que la gracia transforme cada ámbito de la vida.
Los santos de enero, con sus diversas historias y carismas, muestran que no existe un único modelo de santidad. Cada uno respondió a la llamada de Dios desde su propia realidad histórica y personal. Esto mismo sucede con los laicos de hoy: cada vida, cada profesión, cada situación familiar puede convertirse en un camino de santificación si se vive en comunión con Cristo.
Al comenzar un nuevo año, la Iglesia nos invita a mirar a estos testigos no como figuras lejanas o inalcanzables, sino como compañeros de camino. Ellos nos recuerdan que la santidad no es un ideal abstracto, sino una posibilidad real, ofrecida a todos por la gracia del Bautismo. Así, el mes de enero se convierte no solo en un inicio cronológico, sino en una oportunidad espiritual para renovar el compromiso de vivir, como laicos, la alegría exigente del Evangelio en medio del mundo.
El Diácono Adolfo Prieto es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Iberoamericana; tiene una segunda licenciatura en Ciencias Religiosas por la Universidad Pontificia de México y la Universidad La Salle; una maestría por en Ciencias de la Familia por el Instituto Juan Pablo II de la Universidad Anáhuac y otra en Teología por la Universidad Lumen Gentium. Actualmente cursa un doctorado en Teología Espiritual.
Durante mucho tiempo, la santidad fue entendida como un ideal reservado casi exclusivamente a sacerdotes, religiosos y religiosas. Esta percepción, aunque comprensible por la visibilidad de estas vocaciones, oscureció una verdad esencial del Evangelio: Dios llama a todos los bautizados a la santidad. El Concilio Vaticano II recuperó con claridad esta enseñanza al afirmar que “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (Lumen gentium, 40). En este horizonte, la santidad de los laicos no es una santidad de segunda categoría, sino una forma plena y auténtica de seguir a Cristo.
La vocación propia del laico consiste en buscar el Reino de Dios en medio de las realidades temporales, ordenándolas según el designio divino. La familia, el trabajo, la participación social y política, la cultura y la economía se convierten así en el lugar concreto donde el Evangelio puede y debe encarnarse. La santidad laical no se construye al margen del mundo, sino en él, transformándolo desde dentro con la fuerza silenciosa del amor cristiano.
El mes de enero, inicio del año civil y tiempo de propósitos renovados, nos ofrece un elenco significativo de santos que iluminan este camino. Entre ellos destaca Santa Inés, celebrada el 21 de enero. Joven laica del siglo IV, Inés vivió su consagración a Cristo en medio de una sociedad marcada por la violencia y la persecución. Su testimonio resulta especialmente elocuente para los laicos de hoy, pues muestra que la santidad no depende de estructuras externas ni de roles eclesiales específicos, sino de una fe profundamente arraigada y vivida con coherencia. En una edad en la que muchos buscan afirmarse a través del poder o el placer, Inés eligió la fidelidad al Evangelio, incluso a costa de su propia vida.
Santa Inés recuerda que la santidad laical también implica valentía y coherencia, especialmente cuando la fe cristiana entra en tensión con los valores dominantes de la sociedad. Su ejemplo interpela a los laicos a no vivir una fe privatizada o reducida al ámbito del culto, sino a dar testimonio público, respetuoso pero firme, de Cristo en la vida cotidiana.
Otro santo de enero, San Antonio Abad (17 de enero), aunque no fue laico en el sentido estricto, ofrece una enseñanza de gran valor para todos los bautizados. Su vida de retiro y aislamiento del mundo no representa una huida del mundo, sino una llamada permanente a la conversión del corazón. En un contexto cultural marcado por el consumismo y la superficialidad, San Antonio recuerda a los laicos que la santidad exige un combate espiritual constante, un discernimiento lúcido y una libertad interior frente a todo aquello que esclaviza.
La santidad laical se alimenta de esta misma dinámica: vivir en el mundo sin dejarse dominar por él. Esto implica aprender a ordenar los deseos, a usar los bienes con responsabilidad y a poner en el centro la relación con Dios. En este sentido, la espiritualidad laical no es menos exigente que la religiosa; simplemente se vive desde otros escenarios.
El calendario de enero también nos presenta a San Francisco de Sales (24 de enero), obispo y doctor de la Iglesia, cuya enseñanza resulta especialmente cercana a los laicos. San Francisco insistió en que la devoción auténtica es posible en cualquier estado de vida y que sería un error pensar que la santidad es incompatible con las ocupaciones ordinarias. Para él, la vida espiritual debía adaptarse a la condición concreta de cada persona, no al revés. Esta visión resulta hoy de enorme actualidad, pues anima a los laicos a vivir una espiritualidad encarnada, realista y profundamente evangélica.
Desde esta perspectiva, la santidad laical se manifiesta en gestos aparentemente sencillos: la fidelidad en el matrimonio, la educación responsable de los hijos, la honestidad en el trabajo, la preocupación por los más pobres, el compromiso por la justicia y la paz. No se trata de realizar acciones extraordinarias, sino de hacer lo ordinario con un amor extraordinario, dejando que la gracia transforme cada ámbito de la vida.
Los santos de enero, con sus diversas historias y carismas, muestran que no existe un único modelo de santidad. Cada uno respondió a la llamada de Dios desde su propia realidad histórica y personal. Esto mismo sucede con los laicos de hoy: cada vida, cada profesión, cada situación familiar puede convertirse en un camino de santificación si se vive en comunión con Cristo.
Al comenzar un nuevo año, la Iglesia nos invita a mirar a estos testigos no como figuras lejanas o inalcanzables, sino como compañeros de camino. Ellos nos recuerdan que la santidad no es un ideal abstracto, sino una posibilidad real, ofrecida a todos por la gracia del Bautismo. Así, el mes de enero se convierte no solo en un inicio cronológico, sino en una oportunidad espiritual para renovar el compromiso de vivir, como laicos, la alegría exigente del Evangelio en medio del mundo.

