El moderno buen samaritano
Una imagen dice más que mil palabras. Pero una acción de misericordia vale más que mil imágenes
Una viñeta de “El Roto”, publicada en EL PAÍS de España (28/1/2026) me ha dejado sin aliento. Sigo a este dibujante desde hace años. Sus viñetas son durísimas, con pocos elementos gráficos y textos punzantes.
La que me ha movido a escribir esta columna muestra a un hombre tirado en el suelo. Bueno, es una silueta oscura en la que se advierte lo que la prensa amarilla llama “un charco de sangre”. Tras de él, de cara al lector, un tipo vestido de pantalones cortos blande su celular. Y el texto dice: El buen samaritano vio un hombre herido, le hizo una foto y la subió a las redes.
Me es difícil describir lo que sentí. Una sensación de pesadumbre, desde luego. Una imposibilidad de fingir ni risa ni indiferencia. Luego pensé: el buen samaritano contemporáneo no asiste al herido, no lo conforta, no intenta cuidarlo mientras llegan los servicios de emergencia; lo sube a las redes y da por cumplida su labor de ayuda.
Alguna vez leí que mientras más programas de cocina ve una persona, menos se mete a cocinar. Da por un hecho que ya sabe, que ya cocinó con el chef de vanguardia, que ya supo la combinatoria del platillo con el cual va a agradar los paladares de sus seres queridos.
Si esto es así –no creo que sea una regla general, pero sucede—lo mismo pasa hoy con la misericordia, con la ayuda al necesitado, con el valor de acercarse y tocar las llagas de quien está postrado. Tomarle una foto, denunciar su situación y quitárselo de encima, echando fardos pesados a los demás…, o a nadie.
La parábola de Jesús mediante la cual nos enseña quién es mi prójimo implica tomarlo entre las manos, dar lo propio para curarlo, interesarse por él, inmiscuirse en su vida. Cierto: una imagen dice más que mil palabras. Pero una acción de misericordia vale más que mil imágenes.

