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COLUMNA

Compromiso social de la fe

Claudia la represora

La falta de indignación presidencial ante el asesinato del alcalde de Uruapan detonó una oleada de protestas ciudadanas contra la inseguridad, la corrupción y la respuesta represiva del gobierno federal.

7 enero, 2026
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Comisionado de la Doctrina de la Fe en la Arquidiócesis Primada de México y miembro de la Comisión Teológica Internacional (CTI). Es director del Observatorio Nacional de la Conferencia del Episcopado Mexicano y fue rector de la Universidad Pontificia de México, cargo que ocupó durante tres trienios. 

Con una total insensibilidad hacia los problemas reales del país, la actual presidente de México ha llegado al colmo de no manifestar su indignación ante el asesinato más notable de su sexenio, el de Carlos Manzo, el presidente municipal de Uruapan que enfrentaba decididamente a los criminales en Michoacán, ni manifestar de manera inmediata sus condolencias a su familia, la esposa y los dos pequeños que son las verdaderas víctimas.

Al contrario, se expresó con indiferencia y tratando de hacer sentir que la víctima era ella por las críticas generalizadas y justificadas por las grandes fallas en el control del crimen organizado que sigue causando muertes por todos lados y por el fracaso del programa de seguridad para todos los ciudadanos. Los delincuentes siguen imponiendo la ley de la selva.

Este grave asesinato político ha despertado una serie de manifestaciones por todo el país con la clara intención de protestar contra la inseguridad, la extorsión, la inacción gubernamental y la corrupción cada vez más manifiesta al interior del gobierno de la mal llamada cuarta transformación.

La presencia de jóvenes y una decidida participación de ciudadanos de todas las edades han salido a las calles el 15 de noviembre siendo notable la concurrencia en la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y Morelia junto a otras 50 poblaciones. Manifestaciones genuinas de los ciudadanos que la señora presidente comenzó a desacreditar desde unos días antes diciendo que se trataba de una provocación de “la derecha” nacional e internacional contra su gobierno, organizada por oscuros “conservadores” que están contra la política social.

Ante la gran participación de la gente en estas manifestaciones apareció el rostro represor de este gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum: convirtieron en un laberinto la entrada al Zócalo de la Ciudad de México con lo que se obstaculizó el acceso a mucha gente y echando mano de los clásicos reventadores de las marchas provocaron una violencia inicial que asustó a miles de manifestantes para que al final, ante los que perseveraron, se diera la orden a la policía de atacar indiscriminadamente a quienes se manifestaban pacíficamente.

Han dado un paso más: no solo han llegado ilegalmente al poder, no solo han destruido las instituciones que garantizaban la democracia, ahora han mostrado que están dispuestos al uso de las fuerzas represoras contra la voluntad ciudadana.


Autor

Comisionado de la Doctrina de la Fe en la Arquidiócesis Primada de México y miembro de la Comisión Teológica Internacional (CTI). Es director del Observatorio Nacional de la Conferencia del Episcopado Mexicano y fue rector de la Universidad Pontificia de México, cargo que ocupó durante tres trienios.