Opinión

Una reflexión bioética en torno a la reproducción humana

Dios encomienda la tarea de poblar la tierra al hombre y a la mujer, dándoles la capacidad de transmitir la vida humana. Antropológicamente, el ambiente más adecuado para transmitir la vida es el matrimonio, donde encontramos el sentido de pertenencia y el sentido de permanencia. Todos tenemos derecho a conocer de dónde procedemos, el sentido de pertenencia nos dice: ésta es mi familia, éstos son mis padres, de aquí provengo; pero también el sentido de permanencia, pues el matrimonio, que es una institución natural, tiene entre sus características la indisolubilidad, es decir, que es para toda la vida, así el matrimonio asegura en el tiempo la educación de los hijos, entre otras cosas.

Con base a todo esto, debemos conocer nuestra sexualidad y la fisiología de nuestra fertilidad. La sexualidad humana, no es solamente una cuestión genital, abarca la totalidad de la persona, por eso la unión sexual conlleva la entrega total de ambos cónyuges, así uno de los fines propios del matrimonio es la dimensión unitiva. En esta complementariedad y entrega total de los cónyuges, por medio de la fertilidad se nos da la posibilidad de traer a la existencia a un nuevo ser humano, que es el otro de los fines propios del matrimonio: la dimensión procreativa.

Ahora bien, hoy muchos matrimonios se enfrentan a problemas de esterilidad o de infertilidad, para esto, tenemos que distinguir entre esterilidad que es la incapacidad para concebir e infertilidad que es la imposibilidad de llevar a término un embarazo a pesar de que se haya dado la fecundación.


La esterilidad y la infertilidad pueden tener causas genéticas, hormonales, infecciosas, inmunológicas, psicológicas… Cuando estas problemáticas tocan a la puerta de un matrimonio, surgen, al interno de éste, una serie de conflictos y cuestionamientos, es aquí donde, de repente, el matrimonio quiere tener un hijo a como dé lugar y se busca, en la mayoría de las veces, recurrir a técnicas artificiales de procreación. Algo que debemos tener muy claro es que estas técnicas no son métodos terapéuticos pues no curan las situaciones patológicas de la infertilidad. El paciente sigue con el mismo problema después de su utilización. Visto esto, es necesario hacer una reflexión bioética al respecto, puesto que la intención de curar la esterilidad no justifica el recurrir a cualquier medio para lograr la concepción; curar significa eliminar obstáculos y ayudar a los procesos naturales; no quiere decir sustituir la responsabilidad de la pareja en lo que es propio de ella.

La fecundación in vitro implica la muerte de seres humanos, pues su eficacia es relativamente baja. Aún en el caso de que se tomasen todas las precauciones para evitar la muerte de embriones humanos, esta técnica disocia el acto conyugal y los gestos destinados a la fecundación humana. Realizada fuera del cuerpo de los cónyuges por medio de terceras personas, se instaura un dominio de la técnica sobre el origen y el destino de la persona humana. El principio bioético por excelencia nos dice: “no todo lo técnicamente posible es moralmente admisible” y, en este sentido, las técnicas in vitro, tienen implicaciones éticas sumamente graves, sobre todo en lo referente a la pérdida de vidas humanas.

Ahora bien, alguien podría preguntarse: ¿y entonces qué hacemos?, hay una técnica, enfocada al tratamiento de la infertilidad, éticamente válida, y que se conoce como NaProTecnología (tecnología de la procreación natural), es una nueva ciencia para el cuidado natural de la reproducción de la mujer. Trata los problemas ginecológicos y reproductivos en una forma que coopera con los ciclos menstruales y de fertilidad, respeta la dignidad de la mujer, mantiene la integridad de las personas, es moralmente aceptable por todas las religiones, y apoya totalmente la institución de matrimonio.

Esta técnica se aplica para resolver problemas reproductivos como: abortos espontáneos frecuentes, síndrome del ovario poliquístico, endometriosis, anormalidades hormonales y sangrados anormales.

*Marco Antonio Gracia Triñaque es maestro del Consejo de Bioética y del equipo de la Dimensión de Vida de la CEM.

Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión, y no necesariamente representa el punto de vista de Desde la fe. 

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