Opinión

¿Un día sin nosotras?

Tan sólo escuchar la frase de ‘un día sin nosotras‘ me suena irracional e inimaginable, porque no se puede así, como por arte de magia, desaparecer a más de la mitad de la población. ¿Y luego, qué sigue?

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Queriendo comprender el sentido profundo de la invitación al paro nacional del próximo 9 de marzo, me parece una invitación a la reflexión, a hacernos preguntas sobre lo que está pasando en nuestro País y nos compete a todos y a todas, también a mí. Sabemos lo que significa parar ante una señal de tránsito de detención obligatoria y, si no paramos, nos ponemos en riesgo total. Entonces, parar significa corregir el rumbo.

Ante las actitudes milenarias de ambición, poder y dominación, las demandas milenarias de libertad, justicia e igualdad continúan siendo el objetivo. Las mujeres fuimos excluidas de la ciudadanía, de la educación, del trabajo y sin capacidad de elegir. Me pregunto: ¿quién o quienes nos excluyeron y continúan excluyéndonos?  La invitación al paro es algo así como cuando escuchamos: “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.   

Pienso en la cantidad de mujeres que se atrevieron a cambiar el rumbo de la historia por encima de lo establecido. El camino ha supuesto sufrimiento, persecución y muerte. Mujeres valientes, también con miedos, pero decididas y llenas de esperanza para conseguir una sociedad más humana y justa para todos.

Las Conferencias Internacionales de la Mujer[1] han tenido como objetivo primordial, la igualdad de género, la eliminación de la discriminación por motivos de género y la plena participación de las mujeres en el desarrollo. Y la Declaración Universal de los Derechos Humanos[2] afirma que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos, que nadie estará sometido ni a esclavitud, ni a servidumbre, y tiene derecho a la libre elección de su trabajo, a un nivel de vida adecuado que le asegure la salud y el bienestar.

Pese a esto, no ha sido así. Cuando una mujer sobresale, levanta la voz para hablar de sus derechos, para expresar sus deseos, cuando es exitosa, independiente y crítica, es mal interpretada, criticada, perseguida, reprimida, acosada, incluso hasta llegar al feminicidio, ese acto de violencia extrema contra las mujeres por el hecho de ser mujeres.  ¡Nos están matando!  Es el clamor de madres, hijas, hermanas, compañeras, amigas… ¡Hago mío ese clamor! La indignación es grande, el dolor nos llega hasta las entrañas.

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En estos días leemos y escuchamos: “MÉXICO, EL PAÍS FEMINICIDA”, pues cada dos horas y media en México asesinan a una mujer” ¿Quién o quienes nos están matando?

El subsecretario de Derechos Humanos de Gobernación, Alejandro Encinas, en la introducción a la ley general de acceso a las mujeres a una vida libre de violencia que recientemente publicó la CONAVIM afirma: “el Estado Mexicano tiene una deuda pendiente con las mujeres para garantizar el pleno respeto a sus derechos humanos y una vida libre de violencia”.

Es ahora, aquí y ahora, que exigimos que el Estado haga su trabajo y garantice la seguridad y el respeto a nuestros derechos humanos.  ¿Qué pasa por la mente del feminicida que le lleva a descargar su ira de esa manera tan brutal?  Ya son miles de Jessicas, Maras, Paolas, Abriles, Ingrids, Fátimas…

También es urgente y necesario ir al interior de nuestras familias. Todavía en muchos hogares mexicanos los niños y las niñas siguen patrones de comportamientos específicos donde la configuración de identidad y roles resulta incuestionable: a las mujeres corresponde obedecer, cuidar a los hijos y el trabajo de la casa, es decir, para ellas es la subordinación en sentido amplio. A los varones les sirven las mujeres, porque son los hombres de la casa; a ellos corresponde el poder, el control y la fuerza sin sentimientos, esos son debilidad y corresponden a las mujeres.

En esos hogares se naturaliza la desigualdad, se perpetúa la creencia que las mujeres están confinadas al espacio privado bajo el mando de algún hombre.[3]

¿Cómo desaprender la mentalidad y prácticas que nos fueron impuestas? Integrar la perspectiva de género y de derechos humanos conduce a una revolución intelectual y cultural, por ello está implicando grandes esfuerzos, no sin altas dosis de sufrimiento y opresión. Nos permite analizar y comprender las  desigualdades socialmente construidas, características que definen a las mujeres y a los hombres de manera específica, las posibilidades vitales, el sentido de la vida, expectativas y oportunidades, las complejas y diversas relaciones sociales que se dan entre ambos géneros.[4]

Necesitamos salir del estado de opresión, silencio y violencia en que hemos vivido, romper con las cargas sociales y afectivas, soltar la culpa y el miedo ancestrales, reconocer y afirmar nuestro liderazgo, visibilizar nuestras conquistas y continuar con nuestras legítimas protestas, denunciando desigualdades y privilegios solo para unos. NADIE NOS VA A RARAR, YA NO PODEMOS CALLAR.  Esa necesita ser nuestra consigna social, familiar, laboral y también eclesial. Ante grandes males, grandes soluciones.

Como seguidora de Jesús quisiera señalar algo de lo que Él vivió. El Evangelio muestra las repetidas ocasiones donde Jesús recriminó la hipocresía social construida por los varones. Como en otras sociedades era impensable una mujer con autonomía, pues era considerada siempre propiedad del varón, además de ser frívola, sensual, perezosa, chismosa, desordenada; fuera del hogar, las mujeres no existían.[5] Algo similar a nuestra actual realidad ¿Cómo es que continúan esas actitudes y maneras de ser?  Jesús rompió esquemas, visibilizó la desigualdad y actuó diferente. Sólo tuvo hacia las mujeres respeto, compasión y simpatía desconocidas.

Fueron mujeres quienes demostraron la más amorosa lealtad al pie de la Cruz, María Magdalena se convirtió en apóstol de apóstoles y es la testigo por excelencia de la Resurrección.  Desde el Antiguo Testamento hay referentes que avalaban el poder profético de las mujeres, que han estado presentes y activas desde el inicio de las comunidades cristianas primitivas. En la predicación de Pablo, fueron un elemento de apoyo económico y psicológico muy importante. Y ahora el Papa Francisco nos dice: “todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”

Es mi deseo que el paro nacional de este próximo 9 de marzo cumpla su propósito esencial, necesitamos recuperar el rostro original de esta Creación Divina. Propongo que sea un tiempo para revisar nuestro corazón, porque del corazón salen los malos deseos, pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, las mentiras, los falsos testimonios, las blasfemias…” (Mt 15, 18-19)

Creo firmemente que, en la medida que comprendamos que en el mundo todas y todos somos necesarios, que las diferencias no son sinónimo de amenaza y que el desarrollo social, económico y espiritual requiere de todas y todos, cada quién con sus dones y competencias, empezaremos a transformar, a reconocer la dignidad y, por ende, compartiremos los mismos derechos y las mismas responsabilidades.

Que Dios siga contando con nosotras para su proyecto liberador, que juntos, hombres y mujeres, sigamos entretejiendo sueños y realidades nuevas.

Hasta que la igualdad se haga costumbre. ¿SI NO SOMOS NOSOTRAS, QUIÉNES?  ¿SI NO ES AHORA, CUÁNDO?

POR ESTAS RAZONES, APOYO Y ME SUMO AL PARO.

 

*La autora es Hermana Oblata del Santísimo Redentor y coordinadora de Red Rahamim, el capítulo mexicano de Talitha Kum, iniciativa internacional de la vida religiosa femenina contra la trata de personas.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

 

[1] 1975 en México, 1980 en Copenhague, 1985 Nairobi y 1995  Beijing

[2] Declaración Universal de los Derechos Humanos. 10 de dic de 1948. Art 1,4,23 y 25

[3] De teóricos y teorías  – La construcción de la masculinidad, pág. 27 – el varón es criado con la idea que hay dos tipos de personas: las que sirven y las que son servidas, respetadas, admiradas y obedecidas.

[4] Género, la perspectiva de Género de Marcela Lagarde

[5] Jesús, aproximación histórica de José Antonio Pagola – Cap. 8 Amigo de la Mujer

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