Opinión

Tuve cáncer, ahora acompaño a personas que lo padecen

De pronto, la voz del otro lado de la bocina se quebró, y haciendo un gran esfuerzo, me confesó: “Roberto, estoy asustado, estoy enojado y estoy… la verdad no sé ni siquiera como explicarlo, me acaban de decir que tengo cáncer y tengo mucho miedo, en verdad, mucho miedo”.

Me encontraba al teléfono con una persona a quien acababa de conocer hace 3 minutos, pero su voz y su corazón me fueron tan cercanos como si llevara casi una década conociéndolo.

Aquella tarde me pidieron, como un favor especial, que tomara la llamada para escuchar y animar a un hermano que tenía pocos días de que le hubieran diagnosticado un tumor maligno. Me lo pedían porque conocían mi historia con la enfermedad, sabían que hacía poco también yo había sido diagnosticado, y que seguramente por ello podríamos conectar en un nivel más profundo en esta vivencia del dolor.

A medida que pasaban los minutos y este hermano me abría de par en par su alma, yo me sentía más y más comprometido en decirle esa palabra sanadora, ese consejo iluminador o esa frase que le diera la paz definitiva, como si mi misión fuera arrebatarle las sombras de la incertidumbre y mágicamente darle la luz que él y su familia necesitaban. Pero al cabo de un largo rato, de algunos consejos, dos que tres lecturas y algunas frases motivacionales, concluimos la llamada con un: “Cualquier cosa que necesites, aquí estoy”.

Al colgar, sólo atiné a elevar mis ojos al cielo y musitar una oración: “Lo que no dije y él necesitaba, ponlo en su corazón Señor”.

Pensarás hermano lector, que lo siguiente es el relato de como unos días después, este hombre me llamó para decirme que esa plática le había ayudado mucho, sin embargo, no quiero llamar tu atención sobre las resoluciones, sino sobre las condiciones del llamado que Dios nos hace a la misión.

La misión es un llamado a una aventura que transforma lo más profundo del ser humano, un llamado que se esconde detrás de las circunstancias más increíbles de la vida. El cáncer se convirtió en una invitación a transformar mi vida en todos sentidos: Tuve que aprender a comer, a moverme, a descansar, tuve que cuidar mis emociones y aprender a usar conscientemente mi cerebro y al mismo tiempo, aprender a mirar a un Dios que ama en el silencio, que acompaña en las cosas que duelen y que tiende alrededor del enfermo una comunidad de amor y de oración que jamás lo abandona.

Cada día desde que me diagnosticaron, cada lágrima, cada quimioterapia, cada operación y cada recaída, fue formando una historia que renglón a renglón se estaba convirtiendo en la herramienta más potente para mi propia misión. Hoy puedo entender mejor que nunca las palabras de Pablo cuando habla en la segunda carta a los Corintios: “Con mucho gusto, pues, me preciaré de mis debilidades, para que me cubra la fuerza de Cristo. Por eso acepto con gusto lo que me toca sufrir por Cristo: enfermedades, humillaciones, necesidades, persecuciones y angustias. Pues si me siento débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10). No tengamos miedo de salir al encuentro del hermano, desde nuestras debilidades, nuestras dolencias y desde las cosas que no nos han salido bien. Salgamos a la aventura de una misión que nos transforma y transforma a aquellos que tocamos con nuestras cicatrices, nuestras lágrimas y nuestros errores.

Jamás pensé que luego de todos esos años de culpas y miedos, hoy pudiera decir que mi vida está dedicada totalmente al acompañamiento a los enfermos, que diariamente platico con personas que están trabajando en su proyecto de salud y que puedo acompañarlos con las herramientas que me han salvado la vida.

Misionero, cuando vayas a llevar el mensaje de puerta en puerta, no lleves argumentos y frases subrayadas, lleva la Palabra hecha vida en los renglones torcidos de tu historia. Podría llegarte a pasar como a mí, que luego de pasados unos días me llamaron y me dijeron: “La plática que tuvimos la otra tarde, me ayudó mucho, gracias”.

*Es conferencista, terapeuta y escritor dedicado al trabajo con los enfermos, especialmente en procesos oncológicos. Autor de “¡Dios! ¿Dónde estabas?” y “La resistencia de los rotos”.

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