Desde la familia

Trabajo silencioso y efectivo a favor de la vida

“¿Qué vamos hacer para detener la legalización del aborto en México?”, escribió molesta una activista pro vida en uno de los muchos chats que existen para los temas de vida y familia, a propósito de la aprobación del aborto en Veracruz.

Enseguida llegaron un montón de respuestas. Algunas eran de reproche por no haber hecho todo lo necesario para evitarlo, otras eran de reclamo, argumentando que no existe la unidad necesaria entre los diferentes grupos para detener los avances pro abortistas, y otras muchas, sugiriendo estrategias nuevas para la “lucha pro vida”.

En un breve tiempo ha habido grandes avances de la cultura de la muerte, que ya ha logrado hacer legal el aborto en cuatro estados de la República, sin respetar incluso las Constituciones de los Estados, y siguen dando grandes pasos para continuar legalizándolo en más entidades.


Creo firmemente que somos muchos más los mexicanos que respetamos la vida desde la concepción; sin embargo algo estamos haciendo mal, muy mal, porque más que la instauración de estas leyes que podrían convertirse en letra muerta por no ser utilizadas, es alarmante el número de mujeres que van simpatizando con este engañoso movimiento anti vida, que les hace creer que están luchando por sus derechos y su bienestar, y disfrazan un crimen con palabras que suenan inofensivas: interrupción legal del embarazo, derecho a decidir.

La acción, tanto de movimientos como de organizaciones y redes que trabajan con ahínco en la defensa de los derechos fundamentales y en la denuncia de las leyes anti vida, es primordial en el campo legal, político y social, con líderes que representen el sentir y la voluntad de una gran mayoría.

Pero quizá nos hemos olvidado que más que una lucha política, lo que estamos viviendo es una lucha cultural, y mientras en chats y redes sociales nos ostentamos como los defensores de los derechos fundamentales y hacemos presión a las autoridades exhibiendo su buena o mala conducta, los que trabajan por la cultura de la muerte -entre ellos los abortistas- se acercan a aquellas víctimas de la cultura del descarte de la que tanto habla el Papa Francisco: van a las comunidades,  escuchan y convencen a cientos de mujeres maltratadas, en situación de pobreza, abusadas por sus maridos o sus propios familiares; se acercan a las madres solteras, a los adolescentes naturalmente rebeldes, a los excluidos,  a quienes quizá tienen hambre de comida, pero también  de justicia o se ser escuchados.

Y no es que les den soluciones. No. Les ofrecen el mal en una envoltura de supuestos “derechos” y les dan los motivos para expresar un coraje que no les lleva a ninguna solución, pero les atrae porque se sienten acompañados.

El trabajo silencioso y constante de grupos como los Centros de Ayuda para la Mujer, que van al encuentro de aquellas jóvenes que acuden a los abortorios, y una a una les ofrecen una palabra de aliento, una alternativa de vida para su hijo y un apoyo incondicional durante el embarazo, ha logrado salvar a miles de niños y ha devuelto la esperanza a miles de mujeres.

Y así podemos encontrar muchos ejemplos más de quienes, sin ostentarse en las redes ni desanimarse por los supuestos avances del enemigo, trabajan sin desfallecer por el prójimo y construyendo la civilización del amor.

“Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios”. Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma 2015.

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

*Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad de sus autores.

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