Desde la familia

Todos somos culpables

“Las cosas hubieran sido diferentes sin las agresiones de mi papá y si mi familia se hubiera preocupado por mí”, dijo la adolescente de 15 años miembro de un cartel, al relatar el brutal asesinato que cometió y por el que estaba privada de su libertad, en un video que fue presentado en un noticiero nocturno.

Su testimonio es parte de un estudio que presenta la fundación Reinserta sobre los niños y niñas reclutados por la delincuencia organizada. Habla de que alrededor de 30,000 pequeños que víctimas de la violencia intrafamiliar, el abandono de los papás, la pobreza extrema, o la falta de educación, han encontrado en la delincuencia organizada la seguridad que no les dieron sus padres y una manera de sobrevivir, de recibir mucho dinero, pero sobre todo de suplir la necesidad de pertenencia que debió brindarle su familia.

Se trata de más de 30,000 niños y niñas que, víctimas de las circunstancias, ahora son entrenados para ser victimarios, eliminando cualquier sentimiento que pudiera despertar su conciencia y el natural discernimiento del bien y el mal.


Pero también están todos aquellos menores que día a día son reportados como desaparecidos: más de 14,200 hasta el mes de julio, según lo informó la Secretaría de Gobernación. Quizá muchos de ellos robados para explotarlos en la trata de personas y la pornografía infantil, temas por de más dolorosos y de los que se habla mucho y se hace poco.

Si a estos tristes datos agregamos los menores que han quedado huérfanos debido al Covid, (México tiene el primer lugar) y todos aquellos que han desertado de la escuela desde que inició la pandemia, podremos darnos cuenta del incierto futuro para toda una generación de niños y niñas que hoy debieran estar disfrutando de la protección de su familia, del estado y de la sociedad y que difícilmente podrán incorporarse a una vida productiva y a un mañana prometedor y feliz.

Ciertamente hay organizaciones civiles y pastorales que se dedican a atender a estos pequeños que en su incipiente vida han sufrido tanto sin entender por qué, aferrándose a la primera mano que les ofrece una oportunidad y un poco de atención. Pero ningún cristiano debería permanecer, como muchas veces lo hacemos, indiferente a las cifras que nos gritan que actuemos, o lo que es peor, despreciando a los niños victimarios, en situación de calle, o que se ganan la vida en los semáforos, y olvidándonos de los que están desaparecidos.

Es impresionante (y de ninguna manera despreciable o carente de valor) cómo se ha extendido la cultura de la adopción de mascotas. Es una labor que ha impactado y reducido visiblemente la situación de animalitos abandonados o maltratados; pero quizá debiéramos recordar las palabras del Evangelio de San Mateo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Y podemos hacer tanto…

No solo se trata de cosas materiales y alimentos, se trata de brindar esperanza a quienes nada esperan ya de los demás, incluye desde una sonrisa y una palabra amable, hasta el compromiso familiar de orar y velar por cada niño necesitado. Familias con sentido comunitario que se preocupen por otra familia en situación de violencia o necesidad porque “si tú estás bien yo estaré bien”. Familias con sentido comunitario que puedan becar y apoyar a un niño o niña para que continúe sus estudios, o visiten a las familias en situación de pobreza, hasta quienes brinden escuela de padres para romper la cadena de violencia de víctima – victimario.

Cualquier acción por mínima que parezca, siempre es necesaria y aliviará aunque sea un poco el dolor del prójimo.

Ante las descarnadas cifras de niños y niñas sicarios, abandonados, adictos, analfabetas o violentados, pensemos nuestra indolencia, también nos hace culpables.

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

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