San Felipe de Jesús, una vida consagrada a la misión

San Felipe de Jesús, además de ser reconocido como protomártir mexicano, debería también ser valorado como uno de nuestros primeros misioneros mexicanos.
Imagen de San Felipe de Jesús
Imagen de San Felipe de Jesús

En el marco de la festividad de San Felipe de Jesús y habiendo sido misionero en países de Oriente como Corea del Sur y China por dos décadas (2002-2021), quiero compartir con ustedes algunos rasgos de la vida de este gran Santo, desde una perspectiva misionera.

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Sin pretender forzar la historia, me atrevería a decir que, por haber nacido en el México del lejano 1572 y al haber dado testimonio de su fe con la propia vida entre los no cristianos, San Felipe de Jesús, además de ser reconocido como protomártir mexicano, debería también ser valorado como uno de nuestros primeros misioneros mexicanos.


Sería falso decir que este reconocimiento se le debe conceder porque, a pesar de ser hijo de padres españoles, pariente de Fray Bartolomé de las Casas y contar con un futuro relativamente promisorio, decidió dejarlo todo para ir a predicar el Evangelio a los no cristianos del lejano Oriente pues la historia nos dice que, en 1593, a la edad de 21 años, decidió marcharse a Filipinas en busca de aventuras propias de ese tiempo.

Lo cierto es que fue solo hasta pasado algún tiempo cuando, en medio de la soledad y el vacío espiritual, experimentó una tremenda crisis existencial y la consecuente necesidad de Dios. Fue en ese contexto que inicio su discernimiento vocacional con la comunidad franciscana, recién establecida en Manila.

Una vez ingresado en la Orden dejó de ser Felipe de las Casas para asumirse ante Dios y los hermanos como Felipe de Jesús. Pasado el tiempo, y una vez concluida su formación, el 12 de julio de 1596 se embarcó de regreso a México para ser ordenado sacerdote, pues en Filipinas no había obispo.

El tiempo que le llevaría la travesía marítima de Manila a Acapulco, duraría más de siete meses; sin embargo, ese viaje pronto se vio interrumpido por una gran tempestad y el barco en el que viajaba nuestro Santo naufragó y fue arrastrado hasta las costas de Japón.

Puesto a salvo, San Felipe de Jesús se refugió en la comunidad franciscana establecida en Japón, que en ese tiempo se encontraba bajo persecución. Esa situación, podemos afirmar, fortaleció la vocación misionera del joven franciscano, que ante la falta de palabras recurrió al testimonio de vida para predicar el Evangelio.

La consolidación de su vocación misionera se dio cuando el ejército apresó a todos los frailes y él, aunque pudo ser liberado por su condición de náufrago, decidió correr la misma suerte que sus compañeros. Así, el 30 de diciembre de 1596, comenzaron el camino del martirio forzados a recorrer el sinuoso y gélido camino de Tokyo a Nagasaki.

Finalmente, el 5 de febrero de 1597, San Felipe de Jesús, junto con otros 25 cristianos — ocho religiosos franciscanos y 17 laicos—, sujetado con argollas de hierro a una cruz fue atravesado con lanzas en las colinas que descansan frente a las costas de Nagasaki y, según el martirologio romano, mientras era martirizado, nunca renegó de su fe y con firmeza solo
repetía el nombre de Jesús.

La misión por excelencia consiste en predicar el Evangelio, no solo con palabras sino también, y sobre todo, con el testimonio de vida e incluso con el ofrecimiento de esta misma como autentificación de la fe, tal como lo hizo San Felipe de Jesús.

*Es te artículo fue escrito por el P. Rigoberto Colunga Hernández, MG Director de Formación Integral de la Universidad Intercontinental (UIC).