Opinión

Rosita

Rosita se parece a una estampa de uno de esos cuentos infantiles que intentan retratar la bondad de una ancianita; siempre amable, siempre sonriente, que camina con dificultad utilizando para sostenerse una vieja silla de ruedas.

Todos los vecinos la conocemos, y durante años invariablemente la podíamos ver en la parroquia vendiendo gelatinas después de Misa de ocho, o sentada en el quicio de la tienda hasta que lograba terminar la venta del día; pero con el paso del tiempo, le permitieron trabajar como “cerillito” en el mismo establecimiento.


Cuando inició la amenaza de la pandemia, la encontré en la calle visiblemente preocupada porque se le había terminado el medicamento para el dolor, y en el hospital de beneficencia al que acude le informaron que no sabían cuando lo volverían a tener en existencia… fue así que me enteré que Rosita padece cáncer en los huesos.

Desde entonces han pasado cuatro meses de encierro, y fue hasta la semana pasada que la volví a ver, ahora más desmejorada, más triste; ya no le permiten ser “cerillo” y está nuevamente en el quicio de la tienda, vendiendo sus gelatinas para subsistir, esperando hasta terminar la venta.

No sé y me avergüenza, pensar el tiempo que ella ha estado expuesta a un contagio en la calle, mientras yo me refugio en la comodidad de mi casa. ¿Cuántas “Rositas” ancianas, indefensas, silenciosas y enfermas deben luchar y salir a pesar de todo,  para procurarse el día a día?

La vulnerabilidad de los ancianos es muy grande no sólo por la amenaza de la pandemia, también muchos de ellos carecen de una familia o sufren las amenazas del olvido, del abandono y la indiferencia de los suyos, de la comunidad y del sistema que no les proporciona los servicios que requieren para su salud y bienestar. Se escuchan muchas voces de protesta, pero son pocas las que se levantan en favor de los ancianos, que merecen vivir y morir con dignidad y han sido cimiento de nuestra sociedad.

El sufrimiento y el dolor sorprendieron al mundo, y sin discriminar han llegado a nuestras vidas y a nuestras familias; muchos hemos padecido desde la incertidumbre de la enfermedad hasta la pérdida de nuestros seres queridos, y seguimos a veces firmes, a veces tambaleantes, pero nuestra fe y nuestra visión como cristianos debe dar un sentido diferente a estos tiempos de prueba.

Vivíamos tan tranquilos en nuestro confort… y hoy tenemos la oportunidad dar, y de vivir más allá de los apegos naturales, la virtud de la misericordia, en especial con Rosita, y con todos los ancianos que necesitan nuestra ayuda y nuestro cariño. Dice el Papa Francisco que “un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo”

“El sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos” ( Papa Francisco, cuaresma 2015).

*Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

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